NosotrAs: La aorta de un proyecto con alma
Entre pinos y montañas, emprender también puede ser una forma de construir libertad, cuidar la tierra y crear espacios donde otras personas se sientan en casa
Escribo desde la sierra de Arteaga; huelen a pino mis manos y a café la mañana, mi piel está fresca por el viento de la montaña y entre la brisa se asoma la certeza de que la vida cobra otro sentido cuando aprendes a escuchar el ritmo de la tierra. Habitar este bosque no es una postal romántica de revista; es un idilio diario con la naturaleza viva, un aprendizaje constante donde la paciencia, el esfuerzo físico y la contemplación se vuelven una misma cosa.
Durante años creí que crecer como mujer significaba correr al ritmo caótico de la ciudad, encajar en moldes ajenos o buscar el éxito en espacios fríos de concreto. Un día la montaña me habló y, en ese instante, supe que verdaderamente nací el día en que descubrí para qué estaba aquí. Construir Tureygua no ha sido solo levantar cabañas, cuidar el huerto o coordinar un restaurantito pintoresco; ha sido labrar mi propia libertad, reconectar con lo esencial y crear un santuario donde el alma pueda por fin respirar.
Emprender en medio de la nada implica poner el cuerpo, la sangre y el corazón. Implica aprender de oficios, coordinar trabajos de construcción, sostener la logística diaria y entender que el cuidado de la tierra y la atención a nuestros huéspedes no son tareas menores, sino la propia aorta de cualquier proyecto sustentable. No se trata solo de ofrecer un refugio entre los pinos o una cena cálida a la luz de las velas; se trata de resignificar el trabajo de acogida, la gastronomía local y el encuentro humano como actos de creación cultural y memoria compartida.
Hospedar a otros no se reduce a rentar un simple espacio; más bien, hablamos de abrir las puertas de la propia vida. Cada persona que llega a la montaña carga un morral lleno de búsquedas. Poder ofrecerles un fuego encendido, una cama cálida y una sonrisa honesta es una forma de sanación mutua. Convertir esta esquinita boscosa en un refugio vivo es, en el fondo, la confirmación absoluta de que el verdadero lujo de nuestros días radica en la sinergia humana y en la paz de sentirse en casa.
Históricamente, a las mujeres nos tocó procurar y mantener los espacios de otros; hoy nos toca soñarlos, invadirlos, conquistarlos, habitarlos, poseerlos, compartirlos y transformarlos desde nuestra propia visión y autonomía. Ver florecer un proyecto en la naturaleza desde las manos de las mujeres y en alianza con mentes maravillosas es la prueba de que se puede emprender sin mutilar la ternura, de que la magia se cocrea diariamente y de que la vida es demasiado bonita como para no vivirla al cien por ciento.
La Sierra de Arteaga me enseñó que no venimos a dominar ni a explotar la tierra, sino a bailar una danza eterna con ella. Desde este rincón entre pinos, cielo y estrellas, sigo eligiendo todos los días esta vida despierta, sencilla, apasionada y libre.
@juanibex