NosotrAs: La báscula como frontera, notas sobre la cuerpa, el plato y el mandato

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La cuerpa es el lugar primordial donde se inscriben las diferencias y las jerarquías de género.

NosotrAs: La báscula como frontera, notas sobre la cuerpa, el plato y el mandato

Crecí entendiendo que habitar mi cuerpo equivalía a vivir una negociación perpetua. Antes de comprender la gravedad o la física, aprendí a medir el espacio que ocupaba en kilos, en centímetros de muslo, en la cantidad de comida servida sobre el plato. La relación con el propio cuerpo rara vez empieza desde la neutralidad; nace en el espejo ajeno, atravesada por una mirada clínica, estética y punitiva que moldea nuestra subjetividad.

El peso no es una cifra abstracta, sino una categoría política. Naomi Wolf (2020) advierte que la obsesión por la delgadez no responde a un estándar estético, sino a un mandato de sumisión: una cultura obsesionada con la pequeñez femenina es una cultura que busca neutralizar su presencia y energía. Poner la cuerpa a dieta constante es, en el fondo, disciplinar el deseo y constreñir el espacio que nos está permitido tomar en lo público.

Esta violencia sobre la carne opera mediante pedagogías sutiles. Silvia Federici (2010) demuestra cómo la transición al capitalismo exigió la expropiación y el control estricto sobre la cuerpa de las mujeres, convirtiéndolo en un territorio regulado por dinámicas externas de producción y reproducción. Lo que hoy llamamos Trastornos de la Conducta Alimentaria no es una patología puramente individual, sino la cristalización de esa violencia histórica instalada en lo cotidiano.

Aprender a comer sin culpa se vuelve entonces un gesto de insubordinación. Mona Chollet (2020) señala que la tiranía del peso somete a las mujeres a una vigilancia interior perpetua, convirtiendo la nutrición –un acto vital y placentero– en una fuente constante de ansiedad y castigo. Romper con esa vigilancia implica desmantelar el dispositivo que evalúa nuestro valor social según el volumen de nuestra materia.

La cuerpa es el lugar primordial donde se inscriben las diferencias y las jerarquías de género. Reclamar la corporalidad implica nombrar la incomodidad: asumir que el peso no determina nuestra autonomía y que habitar la carne, con sus pliegues, volúmenes y ritmos, es un acto pleno de resistencia. Habitar la cuerpa sin pedir disculpas por el espacio que ocupa es el primer paso para disputar nuestra libertad.

Esta opresión no es una abstracción, pues se encarna en cifras alarmantes. En México, los casos de Trastornos de la Conducta Alimentaria se han disparado un 300 % en la última década (2016), y estudios de la Secretaría de Salud revelan que más del 80 % de las niñas y mujeres adultas sienten insatisfacción con su cuerpo (2022). La báscula opera como un dispositivo de neutralización: mientras consumimos nuestra vitalidad intentando encogernos, el sistema gana nuestra pasividad.

Frente a esto, la responsabilidad primera y más urgente recae en nosotras: reapropiarnos de la carne que habitamos, rehusarnos a la tiranía de la mirada ajena y asumir la aceptación del propio cuerpo no como una condescendencia, sino como una insubordinación política.

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María del Carmen Ortiz Hidalgo
Licenciada en Historia, asistente de investigación en El Colegio Mexiquense A.C. y profesora horas clase en la Universidad Autónoma del Estado de México. Me apasiona analizar cómo el poder y la memoria atraviesan nuestra subjetividad y lo cotidiano. Cuando no estoy entre aulas o archivos, me encuentran entrenando para mi próximo medio maratón. Escribo desde el hábito de correr y de habitar un cuerpo en constante movimiento: convencida de que la corporalidad no es un territorio para encoger, sino una fuerza política para conquistar nuestra autonomía.

Nosotras es un espacio de colaboración dentro de Vanguardia, para conocer opiniones de mujeres diversas, libres, furiosas, críticas, creativas e incontenibles. .

Históricamente, el “nosotros” dominó la opinión pública. El “nosotras” es un gesto de presencia política. No es solo identidad: es disputa por la voz. Cuando una mujer escribe “nosotras”, no pide permiso para representar; se asume como parte de una conversación colectiva.