NosotrAs: La vida no se sostiene sola
Admiramos a las mujeres que pueden con todo, pero pocas veces cuestionamos el costo de las dobles y triples jornadas y la desigual distribución de los cuidados
¿Cómo puedes con todo? ¡Eres una mujer muy fuerte! Frases como las anteriores recibimos todo el tiempo las madres que nos dedicamos a criar a nuestros hijos, atender un hogar y, además, laborar fuera de casa.
Escribo esto con gritos de fondo, la televisión encendida y la lavadora funcionando. Hace poco leí que la mujer que atiende más de dos obligaciones logra un equilibrio difícil, pero tal equilibrio es un mito; no todas las obligaciones podrán atenderse y hay que decidir qué sí y qué no.
En mi caso, logré entender que lo mío es un sistema de descuidos en turno; por ejemplo, hoy: ignorar que mi hija debía llevar un juego de mesa a su escuela y mi hijo quería arreglar un reloj que le queda grande, porque mi nueva pregunta favorita es: ¿lo que omitiré dañará la integridad de alguien? O, en términos más dramáticos, ¿alguien morirá si hago o no hago esto?
Si la respuesta es no, procedo a eliminarlo de mi memoria a corto plazo; sin embargo, no desaparece, sigue estando ahí, anotado en mi agenda, pues lo que no se atiende hoy seguro reaparecerá mañana.
Sabemos que desde hace siglos se concedió a la mujer la encomienda social de la atención del hogar, sobre todo de la crianza de los hijos; incluso se quiso justificar biológicamente al decir que el cerebro femenino brinda la capacidad de ser más emocionales y organizativas. Pero dichos mitos se han desmentido, quedando al descubierto que no son más que una conveniencia social que nos ha ubicado al interior de los hogares, siendo el principal sostenimiento de nuestras familias, particularmente de nuestras parejas.
El desarrollo de la mujer en el ámbito laboral y profesional, sumado a la necesidad creciente de que ambas partes en una pareja contribuyan a cubrir los gastos que implica un hogar, nos ubica a las mujeres en la posición de cubrir dobles y triples jornadas, de las cuales las designadas socialmente no son remuneradas y muchas veces ni siquiera reconocidas.
A lo anterior se le ha llamado carga mental. Y aunque muchas mujeres hemos aprendido a vivir con ella como si fuera parte natural de nuestra propia existencia, no lo es.
Los números también cuentan esta historia. La Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo (ENUT) 2024 del INEGI muestra una realidad contundente: en México, las mujeres dedican en promedio 39.7 horas a la semana al trabajo doméstico, de cuidados, comunitario y voluntario, mientras que los hombres destinan 18.2 horas. Esto ocurre incluso cuando las mujeres también participan en el mercado laboral. De hecho, se encontró que las mujeres realizan, en promedio, 61.1 horas semanales de trabajo total, remunerado y no remunerado.
Entonces, quizá deberíamos dejar de preguntarles a las mujeres: ¿cómo haces para trabajar, cuidar a tus hijos y atender una casa? Y preguntarnos: ¿por qué esperamos que una sola persona pueda hacerlo todo? Quizá no deberíamos admirar tanto la capacidad de una mujer para soportar cargas desiguales y cuestionar por qué esta carga se distribuye de esa manera.
Ante eso surge la necesidad urgente de la corresponsabilidad, ya que “poder con todo” cobra un costo alto; cuando una mujer tiene que distribuir su tiempo entre el empleo, la casa y los cuidados, algo tiene que ceder y con frecuencia somos nosotras mismas: el descanso, el sueño, el ejercicio, las amistades, la sexualidad, los proyectos personales o la posibilidad, simplemente, de no hacer nada.
Por eso digo que, con esfuerzo, he aprendido y sigo tropezando con la necesidad de olvidar más cosas por mi bienestar y elegir cuál batalla quiero librar en el día.