NosotrAs: Ser independiente, exitosa y próspera

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Defender los espacios conquistados por las mujeres también implica cuestionar la desigualdad y la cultura del aguante

NosotrAs: Ser independiente, exitosa y próspera

Remedios Varo escribió para uno de sus cuadros: “Una vida inocente, nada de temor, ni de dolor, ni de culpabilidad, el metro cuadrado alrededor es completamente seguro, pero... tantas abejas han entrado y se han puesto a fabricar miel, que ya hay casi un metro y llega a más de medio cuerpo. No sé qué hacer, si siguen quedaré enterrada en miel... adorable manera de morir”.

Pienso mucho en que “el bien de la abeja es el bien de la colmena”. Me aferro a esa idea porque es la forma en que la vida se me hace más ligera: el sentido de comunidad. Llegué a esa conclusión tras años de sostener que mi subsistencia (y más de lo que podía cargar) dependía de mí y solo de mí.

Me tomó muchos años construir la clase de vida que quería: independencia, libertad, algo propio, ganarme mi sustento, ponerme de acuerdo con mis pensamientos intrusivos, abrirme al diálogo con mis discursos internos destructivos, construir mi espacio seguro, habitar cómodamente mi cuerpo y mi mente, que pasó de ser un barrio peligroso a uno con buena iluminación pública, árboles y teatros.

Cuando me levanto a trabajar en las madrugadas, no me motiva el “amor” a mi trabajo, sino lo mucho que amo la vida y, más importante, la vida en mí, que me costó amar de verdad.

La primera vez que tuve miedo de perder mi empleo fue cuando le grité a mi supervisor en una videollamada. Teníamos casi doce horas de diferencia, él es de la India y venimos de culturas muy distintas. Yo era una mujer soltera, sin hijos, mayor de treinta años y sin religión. La plantilla estaba compuesta por veinticuatro hombres, tres mujeres de la India, dos mexicanos y yo. Conociendo mi carácter, había intentado llevar las cosas en paz y dedicarme a lo mío. Decidí que “calladita me veía más linda”.

“Necesitas el trabajo, necesitas el trabajo, necesitas el trabajo”, me repetía mentalmente cada vez que pasaban por alto mis opiniones o las de mis compañeras, cuando se enteraban de que era mujer y pedían hablar con un hombre, cuando asumían que no sabía hacer un trabajo en el cual ya tenía años de experiencia, cuando tenía dudas que nadie respondía y veía que mis compañeros sí recibían soluciones en minutos. La brecha salarial y estar demostrando una y otra vez que podía hacer el mismo trabajo, con la misma eficiencia que mis compañeros, fueron llenando un vaso que terminó desbordándose.

Aquel día yo estaba haciendo el trabajo de ese supervisor, que solía dejarme sus labores para irse a dormir. Lo sabíamos todos porque era común que contestara su celular a mitad del turno con voz adormilada. Si yo hacía alguna de sus labores mal, me exponía como “incompetent agent” (agente incompetente), pero si lo hacía bien, él se llevaba el crédito.

Ese día, una persona importante de la compañía le había mandado un correo con instrucciones urgentes. Al mismo tiempo llegó otro igual de importante. Intenté darle prioridad al caso que vi más urgente, mientras le enviaba mensajes al supervisor para que despertara y se hiciera cargo del que iba dirigido a él. No respondió a mis mensajes ni llamadas. Largos minutos después, su estatus en el chat pasó de ausente a estar en junta con el gerente, molesto por no haber recibido una respuesta inmediata.

Luego me marcó para gritarme que era una incompetente, una inútil, que cómo era posible que no tuviera capacidad de manejar dos correos, que quizás no debería estar ahí, que era pésima en mi trabajo y que no me quedaba claro quién era él ni lo importante que era para la empresa. Ese día dejé de pensar y comencé a gritar, sin poderme controlar. Le dije parte de lo que había reprimido durante meses, le recordé que aquellas responsabilidades eran suyas y colgué la llamada.

Salí al estacionamiento a fumarme media cajetilla de cigarros, uno tras otro, con el corazón en los oídos y el pulso acelerado. Me fui a llorar entre los autos. Había descargado la adrenalina y ahora mi mente estaba pensando en el desempleo. Nadie iba a creerme, era mi palabra contra la suya. Él tenía buena reputación con los altos mandos, más por logros ajenos autoadjudicados que por mérito propio.

Me reproché mi incapacidad para quedarme callada justo aquel día. Lo había logrado por meses, ¿cuál era la diferencia? No sé, uno no decide conscientemente en qué momento va a perder la cabeza, pero al menos le dije parte de lo que había reprimido por mucho tiempo y, a la vez, me sentía tonta por haber permitido tanto.

Cuando regresé a la oficina, el supervisor estaba al teléfono con mi compañero. Tenía una actitud totalmente distinta: se estaba disculpando con él por haber sido grosero conmigo. Me sentí en una pintura surrealista, comencé a reír de incredulidad. Se disculpaba con mi compañero, que nada tenía que ver con lo que había pasado conmigo una hora antes. Mi compañero recibió sus disculpas en silencio.

Decidí hablar con mi jefe. Recibí mensajes de mis compañeras mostrando apoyo y otros de compañeros que me sorprendieron. Tiempo después lo cambiaron de departamento. Al parecer, no era la primera persona con la que tenía esas actitudes. Nunca supe los detalles, yo lo que quería era trabajar en paz. De todas formas, a todos nos terminó reemplazando la IA y ese trabajo se acabó.

Sé que diariamente se vive violencia y desigualdad en el entorno laboral. La cultura del aguante es compleja y no puede abordarse con reduccionismos. No hay una solución inmediata, pero cada lugar que ganemos vale la pena defenderlo. Los lugares que hoy ocupamos fueron apropiados progresivamente con pequeñas acciones por generaciones de mujeres que desbordaron un vaso a la vez.

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Cecilia Vázquez
Actriz, dramaturga, gestora teatral y coleccionista de gatos. Inició su formación escénica en 1998 y, desde entonces, ha participado en más de 35 puestas en escena con diversas compañías, bajo la dirección de reconocidas y reconocidos creadores. Es licenciada en Publicidad, Mercadotecnia y Negocios, así como en Ingeniería en Sistemas.

Nosotras es un espacio de colaboración dentro de Vanguardia, para conocer opiniones de mujeres diversas, libres, furiosas, críticas, creativas e incontenibles. .

Históricamente, el “nosotros” dominó la opinión pública. El “nosotras” es un gesto de presencia política. No es solo identidad: es disputa por la voz. Cuando una mujer escribe “nosotras”, no pide permiso para representar; se asume como parte de una conversación colectiva.