NosotrAs: Ser madre en duelo
En el Día de Concienciación sobre la Muerte Gestacional, Perinatal y Neonatal, una reflexión sobre las maternidades invisibilizadas y la importancia de reconocer y acompañar su duelo
Gestar deja huella. Parir deja huella. Y despedir a un hijo también.
A lo largo del tiempo que he dedicado a escuchar a madres que han vivido la muerte de un hijo durante el embarazo, al nacer o poco después, hay algo que puedo asegurar: el amor es inmarcesible. No he conocido maternidades que me hablen con tanta claridad de la fortaleza como aquellas que han tenido que aprender a maternar a un hijo que ya no pueden sostener entre sus brazos.
Hubo un embarazo. Hubo un cuerpo que cambió para recibir otra vida. Hubo ultrasonidos, nombres, planes, miedos, conversaciones y un futuro imaginado mucho antes del nacimiento. Y un día, todo eso se encuentra con la muerte.
Entonces ocurre algo profundamente doloroso: mientras el cuerpo de la madre todavía habla de haber creado vida, el mundo comienza a pedirle que deje de hacerlo.
El cuerpo puede seguir sangrando, doler después del parto. Puede haber una herida de cesárea, contracciones, cambios hormonales e incluso leche en los pechos. Escuché a una madre decir: “Mi cuerpo lloraba leche”. El cuerpo no entiende de silencios sociales: acaba de gestar, de parir. Sin embargo, esa mujer vuelve a casa con los brazos vacíos y se espera que continúe con su vida. Como si nada hubiera sucedido. Como si no hubiera nacido también una madre.
Hay maternidades que se vuelven invisibles porque ya no existe una presencia física que las haga evidentes ante los demás. A veces no hay fotografías. No hay cumpleaños que celebrar como dicta la norma ni historias escolares que contar. Y, en ocasiones, ni siquiera existe reconocimiento de la pareja, la familia, los amigos, el trabajo o las instituciones.
En su lugar aparecen frases que hemos normalizado: “eres joven”, “ya tendrás otro”, “al menos fue pronto”, “Dios sabe por qué hace las cosas”. Tal vez buscan consolar, pero el dolor no siempre necesita explicaciones. Mucho menos necesita que le digan que aquello que ama es reemplazable.
Un hijo que llega después no sustituye al que murió. Y guardar silencio tampoco hace desaparecer su existencia.
Quizá acompañar sea algo más sencillo y, al mismo tiempo, más difícil: reconocer.
Reconocer que ese bebé existe. Que esa mujer es madre. Que tiene derecho a decir su nombre, recordarlo, incluirlo cuando habla de sus hijos y llorarlo incluso muchos años después.
Acompañar es permanecer sin apresurarla. Preguntar antes de asumir. Escuchar sin corregir. Pronunciar el nombre de su hijo sin miedo a “recordarle” algo que nunca ha olvidado.
También necesitamos mirar nuestras instituciones. ¿Qué ocurre con la madre que acaba de parir y vuelve a casa sin su bebé? ¿Deja de necesitar recuperación física? ¿Deja de ser puérpera? ¿Deja de ser madre porque su hijo murió? ¿Por qué nuestros cuidados y licencias parecen pensados únicamente para maternar hijos con vida?
Visibilizar estas maternidades nos obliga a aceptar una realidad incómoda: también se puede parir y despedir al mismo tiempo. Hay cunas que quedan vacías, leche que llega para un bebé que ya no está físicamente y brazos que tuvieron que aprender, demasiado pronto, a soltar.
Una madre nunca “supera” a un hijo. Quizá aprende a vivir de otra manera con su ausencia. El dolor cambia de forma, pero nada exige borrarlo de su historia.
No he conocido a madres más fuertes que aquellas que tuvieron que despedir a sus hijos demasiado pronto. Pero fortaleza no es exigencia. No deberían continuar como si nada hubiera pasado ni cargar, además, con nuestra incapacidad para reconocer su dolor.
Si queremos hablar de una sociedad que cuida, tendremos que aprender a cuidar también el sufrimiento que no podemos —o no queremos— comprender.
Porque esos hijos e hijas existen.Porque esas mujeres siguen siendo madres.Y porque hay maternidades que continúan con una parte de su corazón en el cielo.
@investigando_duelo_perinatal