NosotrAs: Y la guardia que nunca termina
Ser veterinaria y maternar significa navegar en dos mundos que exigen tiempo, presencia y entrega, pero pocas veces ofrecen las condiciones para conciliarlos
Ser mamá y ser veterinaria es vivir con dos estetoscopios puestos todo el día. Uno para mis pacientes y otro invisible para mis hijas.
Cuando me convertí en mamá entendí que la profesión que tanto amo no está diseñada para nosotras. La veterinaria no para. Una cesárea de emergencia a las dos de la mañana, un paciente hospitalizado que no puede quedarse solo, una familia que llora porque su compañero se está yendo. Y en casa, dos niñas que también lloran, que también me necesitan y que no entienden de guardias.
Nos enseñaron a cuidar, a cuidar los animales, a los clientes, a nuestra familia. Pero nadie nos enseñó a cuidarnos a nosotras.
La culpa es doble: culpa si me quedo en la clínica, culpa si me voy temprano para alcanzar el festival escolar. Es esa culpa que solo conocemos las mujeres que trabajamos y maternamos al mismo tiempo.
En este gremio todavía se escucha que si eres mamá ya no vas a poder con la cirugía, con las desveladas, con la fuerza que se necesita para manejar a un perro grande. Yo tuve que demostrar lo contrario, contestando las tareas entre consultas y corriendo al pediatra entre pacientes.
No lo cuento para romantizarlo. El doble esfuerzo no debería ser una medalla, lo cuento porque somos muchas.
En México, más del 60% de quienes estudiamos veterinaria hoy somos mujeres. Pero muchas terminan abandonando la clínica porque no hay redes de apoyo, ni licencias dignas, ni horarios que nos permitan maternar sin renunciar.
De niña yo no soñaba con elegir entre ser mamá o la medicina veterinaria. Soñaba con curar, soñaba con mi bata blanca y con mi familia. Por mucho tiempo nos hicieron creer que teníamos que escoger: o eres buena madre o eres buena doctora. Yo me negué a esa mentira y, aunque el camino no ha sido fácil, seguimos de pie y firmes.
Estudiar lo que amas no te hace menos mamá, ser mamá no te hace menos profesional. Al contrario, ser mamá me hizo mejor veterinaria. Entendí el miedo de unos papás cuando su hijo está enfermo, porque ahora sé lo que es mirar a tu mascota, a tu compañero, y sentir que se te va la vida cuando algo no anda bien. Me hizo más empática, más paciente y más firme para poner límites.
Si estás leyendo esto entre pañales y apuntes, entre biberones y libros de anatomía, quiero decirte que ¡sí se puede! Que el sueño de esa niña que querías ser sigue siendo válido, que no tienes que renunciar a tu vocación para ejercer tu maternidad, ni a tu maternidad para ejercer tu vocación.
Si esta columna le llega a una colega que está criando y curando al mismo tiempo, quiero decirle: ¡No estás sola! No estás haciendo poco. Estás haciendo el trabajo de dos guardias y lo estás haciendo bien.
Y como siempre me lo dijeron mis padres: “El no se puede no existe” y “Querer es poder”. Nosotras queremos, nosotras podemos.