NosotrAs y la unidad
Hay una forma de mirar el mundo en la que las diferencias dejan de separarnos y la vida se revela como una experiencia compartida
Hoy mis días se caracterizan por la falta de prisas y horarios. El ir y venir corriendo del trabajo al colegio, a las clases de ballet, a las fiestas infantiles, quedó atrás. Algunos de mis nuevos días salgo al jardín, allí me siento y permanezco en silencio, escuchando todos los sonidos, observando todo el campo visual, observando también mis pensamientos que surgen en forma de imágenes, una tras otra, tras otra... Puedo sentir el aire sobre mi rostro, contemplar los diferentes matices de luz que atraviesan las hojas de los árboles, mi gato que brinca tras cualquier insecto que se mueve, escuchar el ladrido lejano de los perros, el sonido de un carro que pasa fuera por la calle. Al permanecer en esa observación, mi cuerpo se va aquietando a cada instante un poco más y allí, desde esa quietud, queda claramente al descubierto el hilo sutil que de forma mágica y maravillosa une todo aquello que está siendo percibido por los sentidos. En ese instante surge de forma espontánea una profunda paz, un gozo inefable e inexplicable y un inmenso amor y compasión por cada ser humano y cada ser vivo sin distinción. ¡Qué afortunada me siento!
¿Cómo es que algo así puede ocurrir de forma tan simple y espontánea?
Imaginemos un universo donde cada fragmento refleja el todo y la separación es solo una ilusión creada por el pensamiento. David Bohm, físico estadounidense del siglo XX, postuló la teoría del “orden implicado”, según la cual existen en el universo dos órdenes: el orden explicado o explícito, cuya característica universal es la multiplicidad, y el orden implicado o implícito, cuya característica esencial es la UNIDAD. Ambos se encuentran en cada punto del universo y el movimiento entre ambos es la holokinesis.
Bohm utilizó el holograma para explicar su teoría. En un holograma, cada parte de la imagen contiene la información del todo. Lo mismo sucede con la realidad, donde cada punto del espacio contiene la totalidad del universo. Esta concepción sugiere entonces que la separación entre los objetos no es más que una idea, una ilusión o distorsión de la realidad y que la vida verdadera (no imaginaria) empieza cada vez que puedo estar consciente de esa unión en la observación directa a través de los sentidos. No del pensamiento.
La comprensión del “orden implicado” abrió para mí una puerta hacia el entendimiento del verdadero sentido de la vida. Una vida verdadera es aquella en la que es posible vivir cada día al menos un instante de paz y cada instante de paz puede mostrarnos la unidad desde la cual es imposible sufrir una misma o hacer sufrir a los demás. Me pregunto si existe acaso más verdad y más belleza... La pregunta queda abierta y regreso siempre que lo recuerdo a la quietud en la silla del jardín o de cualquier otro espacio de mi casa.