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Pequeños salvajes

Opinión
/ 16 enero 2022
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Es con el paso de los años cuando algunos acontecimientos personales cobran profundidad y belleza, o gracia e hilaridad. Algo se elabora, posterior a la experiencia, cuando uno hurga, que la hace brillar. Los recuerdos nos colocan como observadores de nuestra propia experiencia.

A los 7 años, luego de una intensa lluvia, estoy tirada en el flujo de agua, seguramente mugrosa, que desciende por una calle cercana a la casa de mis padres. No se dan cuenta dónde me encuentro, cómo habrían de hacerlo, es sábado y mi madre descansa luego de una semana dura de trabajo. Mi padre está en el cuarto trasero arreglando algún motor. Ando con otros niños. Colocamos nuestros cuerpos o barcos de papel hechos de hojas de cuadernos, para que desplacen hormigas frente a nuestros ojos. No abandonamos el lugar hasta que el flujo cese. Nunca antes. Nadie se enferma.

A esa edad eso hacíamos cuando llovía, pues en este desierto era y es un acontecimiento extraordinario. No había nada más importante. Era el olor a tierra mojada, los hilos de agua y nosotros en ese diminuto caudal. Ahora pienso -y cómo me divierte-, que éramos absurdos. Un grupo de niños trazando figuras con pies y manos sin que el agua los cubriera ni siquiera la tercera parte de sus cuerpos. Pero allí estábamos, en el pavimento inclinado escuchando los suaves sonidos del agua en movimiento. Nadie era para llegar a interrumpirnos. Eso es de agradecer. Así, ese espacio, por ese lapso, era nuestro reino. Nos dejaban vivir con toda la cantidad posible de bacterias aderezándonos y seguramente entrando por la boca.

Esos momentos excepcionales nos reunían. Todo era escuchar al cielo tronar y entender que al término de la lluvia, cuando nuestros padres dejaran de temer a los rayos, saldríamos disparados hacia la calle que ya teníamos identificada.

Cuando eso sucedía, dejábamos de ir a la casa en donde la pandilla se reunía a escuchar leer a Carlos a Carl Marx mientras usaba una boina para nosotros desconocida. No recuerdo nada en absoluto.

Los colores del mundo son limpios gracias a la lluvia. Antes y ahora. Eso pasa cuando llueve. Viene la garganta del mundo a limpiar. Luego llegan las aves a beber de las fuentes, de las hojas, de los charcos. Y niños y aves son especies buscando los mismos sitios.

Llovía y las flores tomaban colores más intensos. Como ahora. Luego nos daba por escoger algunas con néctar y chuparlas. O hacer perfumes macerando sus pétalos y colocando alcohol que robábamos de alguna de las casas de la pandilla. Por fortuna no recuerdo haber escuchado a ningún padre o madre merodear cerca de nuestros experimentos ni de nuestro mundo de agua.

Era bueno ese olvido del ojo revisor. Hicimos fuego a escondidas, varias veces y aprendimos a quemarnos y a apagar el grito para conservar ese paraíso rojo.

Fuimos lo que se dice, unos desarrapados felices, unos salvajes. Qué nos iba a importar la ropa limpia o los zapatos, era el mundo, la tierra mojada, todo aquello que creciera y causara extrañeza.

Recuerdo llegar a casa, luego de ser metida por la fuerza a bañar para ir a cenar. Recuerdo dormir con el cuerpo feliz entre las sábanas. Esas noches, permanecía encendido en mí el rumor del agua, las risas habitando el momento. Me gustaba la idea de ser una salvaje, aunque no tuviera las destrezas suficientes. Y ahora sé que esa palabra, salvaje, deriva del latín silvaticus, de la cual provienen las palabras selva y silvestre.

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