Trova norteña

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Es la historia de siempre, un amor que se fue
Raúl Ramírez García
Por definición la música norteña se hace con acordeón y bajo sexto; se les suele agregar una tarola, un tololoche, y algunas veces la batería, y el saxofón. Su repertorio está conformado por boleros rancheros, corridos, polka, valses, redovas y chotis. Su temática va desde el amor y el desamor, los corridos, la melancolía por la tierra y la familia. Es la música de Los alegres de Terán, Los clarinetes de Linares, Los rancheritos del Topo Chico, Los Relámpagos del Norte, y su continuación: Los Bravos del Norte; Carlos y José, Mario Saucedo, Lorenzo de Monteclaro, Juan Salazar, y dos mujeres: Chayito Valdéz y Chelo Silva, entre otros muchos.
Agarrada a las bandas de viento de francesas durante el efímero imperio de Maximiliano, entró una música totalmente nueva en tierras mexicanas: las polkas, las contradanzas y el vals. En el porfiriato llegaron al noreste en las diligencias postales y los carruajes de hacendados. Con esta nueva música viajaba el acordeón. Hasta antes de él hacíamos música con saxofón, flauta, clarinete, guitarras, contrabajos y violines. Los primeros acordeonistas reprodujeron, a su entender, la música de las casas donde se contrataban orquestas típicas. De ahí surgió la apropiación de las contradanzas, los chotises, los valses y aquel universo nuevo y llamativo que atrajo la atención de los músicos del pueblo. El resultado fue la hibridación musical que hoy conocemos como Música ranchera, o Trova norteña, que no se popularizó en la región sino a través de la radio estadounidense. Para entender este fenómeno habría que recordar dos sucesos históricos. Por una parte, hacia 1927 se desató la guerra cristera cuyo escenario nuclear fue el bajío. En estados como Aguascalientes, Guanajuato, San Luis Potosí, y Zacatecas se persiguió a los mexicanos que defendían su derecho a profesar su religión. El segundo fenómeno fue la gran depresión estadounidense. La conjugación de ambos lanzó a algunos norestenses hacia EUA, a donde, por supuesto, llevaron sus costumbres, su comida y su música. De tal magnitud fue la llegada de mexicanos al sur estadounidense que hacia 1928 inició la programación radiofónica en español al interior de los Estados Unidos. Esta música habría de asentarse en tierras estadounidenses con la instauración del Programa Bracero, en 1942. Muy pocos años adelante, en 1948, Arnaldo Ramírez, apodado Mr. Falcon habría de fundar el sello Falcon Records en Mc Allen, Texas. En ese sello Jesús Maya y Timoteo Cantú grabaron una de las canciones inaugurales del género: No me vengas a llorar.
En México, quienes se quedaron continuaron el juego de la alquimia sonora. Los músicos sumaron y restaron instrumentos, probaron sonidos, acordes, armonías, aunque sin conocimientos teóricos musicales, hasta quedar satisfechos con el resultado. Es decir, dieron con el vehículo sonoramente armonioso que representara sus dolores, angustias, temores y esperanzas. A partir de este punto se dio paso a la innovación. Tres fueron los cantantes a quienes se les despertó el gusanito: Juan Salazar, Pedro Yerena y Juan Montoya. Con las mismas herramientas con que contaban los cantantes de corridos, de polkas o los valses, los tres, cada uno por su lado, aportó a nuestra cultura norestense un nuevo sub género: el bolero norteño.
Hacia la primera mitad de los años ochenta apareció una nueva evolución. En Los cardenales de Nuevo León fue donde advertí el cambio de un modo claro. Si en su primer álbum, de 1984 llamado “Los cardenales de NL”, se mantuvo en la línea tradicional de acordeón, bajo sexto, más tololoche, y batería, conservando el sonido acústico con sabor campirano, en su segundo LP, de 1987, llamado “Los cardenales de NL Volumen 2” cambian el sonido acústico por una voz electrónica. El cambio fue radical, pues, si bien conservaban el ritmo norteño, el resultado fue más proyectado para el gusto nacional que para los coterráneos. Así la trova norteña dejaba de ser el cúmulo de prácticas, códigos, sonidos y letras, que brindó identidad a millones de obreros y campesinos mexicanos durante casi un siglo.
Si bien quedó el acordeón, aunque no siempre el bajo sexto, se incorporaron guitarras y bajo eléctrico y una batería electrónica. Este nuevo sonido, brillante y espectacular como era el propósito, abrió las puertas a Límite, por ejemplo, Lupillo Rivera, o Boby Pulido. Los nuevos representantes del norteño de los que se hablará en otra entrega.