Fantasmas de la ópera
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Ovacionadas por la alta sociedad de París, decenas de musas del canto se sucedieron en la escena de la imponente Opera Garnier hasta el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Sólo un puñado de ellas han pasado a la posteridad como figuras míticas de aquella época dorada.
Madrid, España.- Sus nombres son Lina Cavallieri, Rose Caron o Geneviève Vix, entre otras estrellas legendarias, y aunque sus ecos ya no resuenan en las galerías de mármol bruñido que mandó erigir el emperador Napoleón III, el público parisino no las ha olvidado.
A falta de poder escuchar de nuevo a sus antiguas divas bajo su cúpula pintada por Marc Chagall, la ópera ha optado por rescatar las vestimentas, la joyería y los tocados más deslumbrantes con los que conquistaron a su público.
Durante varios meses de este 2011 se exhiben los testimonios mudos de más de medio siglo de ópera, desde 1875 hasta 1939, en la ciudad que se ha ganado el apelativo de capital cultural mundial.
LOS "LOCOS" AÑOS VEINTE
Abre la muestra el vestido con el que la soprano francesa Geneviève Vix (1879-1939) interpretó a Salomé durante el período de los "locos" años veinte, momento de efervescencia en que el teatro musical llenaba cada noche, mientras que Josephine Baker, con otro estilo y en otros escenarios, lograba el mismo efecto en el histórico cabaré Folies Bergère.
Cosidos a mano, recamados con pedrería y adornados con filigranas, prendas como las que la belga Fanny Heldy (1888-1973) lució en "El Barbero de Sevilla", de Rossini, o en "La Bohème", de Puccini, fueron protegidas durante décadas en los imponentes almacenes del palacio concebido por el arquitecto Charles Garnier.
Casi un siglo después de haber sido confeccionadas por los artesanos de la propia ópera, los trajes, accesorios y fotografías han vuelto, así, a un ala del edificio que se puede visitar para despertar la memoria de esas estrellas del canto.
Cada una de ellas tenía indudablemente su estilo: Cavallieri (1874-1944) y Vix eran "casi modelos, más conocidas por su plástica que por su lírica", según Christophe Ghristi, comisario de la exposición. "Tenían el 'chic' de insinuar su cuerpo bajo el vestido", apostilla.
A las intérpretes de la tragedia clásica como Rose Caron (1857-1930) o Lucienne Bréval (1869-1935), las define en cambio por su "nobleza natural".
Las fotos que se conservan de ellas, en las que reproducen posturas de estatuas antiguas, ilustran su "arte de vestir el drapeado".
EL OCASO Y LA GLORIA DE LAS CANTANTES DE OPERA
Algunas cantantes, más jóvenes, supieron prolongar su carrera después de la Segunda Guerra Mundial, como la mezzosoprano Hélène Bouvier (1905-1978), que copó rápidamente los papeles de Carmen, Dalila o de la "ópera-bouffe" "Geneviève de Brabant".
Otras, como Germaine Lubin -la gran wagneriana de los años treinta-, ascendieron a la cúspide para luego caer en desgracia, acusadas de colaboracionismo con los nazis.
El caso de Lubin es el más flagrante, porque la rubia de ojos azules que encarnó a las grandes heroínas de Wagner pasó por la cárcel tras la liberación de Francia y, aunque fue absuelta posteriormente, su carrera quedó maltrecha para siempre.
A pesar de pertenecer a épocas diferentes, a todas ellas les une su paso por la Opera Garnier, desde donde fueron catapultadas a la categoría de "divas" de la lírica.
Ese término, explica Ghristi, es sin embargo "inapropiado" puesto que al contar la Opera de París con su propia compañía de canto hasta 1973, las obras presentadas fueron más que nunca el resultado de un trabajo de equipo entre el elenco de intérpretes.
El repertorio que llevaban a escena, extremadamente amplio, obligaba a las integrantes de la compañía a conocer una multitud de roles, puesto que debían ser capaces de suplirse unas a otras.
Esas artistas no podían además cantar en otra ópera sin el permiso de la institución, una cláusula contractual que hizo que se las definiese a menudo con el proletario título de "trabajadoras de la lírica".
Fueron una media de treinta cantantes habituales en la compañía a finales del XIX y casi de medio centenar el siglo siguiente.
Las artistas más cotizadas negociaban papeles más deseables o exigían ser avisadas con mayor antelación, prerrogativas que se conocían bajo el nombre de "caprichos".
Ese sistema de trabajo en grupo, en contraposición con los "cachés" de los profesionales líricos actuales, condicionaba el tipo de espectáculos presentados, pero favorecía un espíritu "de tropa unida" que generaba óptimos resultados, opina Mathias Auclair, uno de los artífices de la muestra.
La producción colectiva es una de las señas de identidad de una forma de hacer ópera -hoy en día Viena es una de las pocas que aún cuenta con una compañía fija- que para Auclair puede definir todo una "edad de oro" del género (1875-1939), aunque "con muchas evoluciones".
La ruptura principal la introdujo Jacques Rouchet, director de la institución entre 1914 y
1944, al apostar por nuevas obras y encargar innovaciones escénicas radicales, como el uso de las proyecciones cinematográficas durante los espectáculos. Hasta entonces, los cambios habían sido, si no menores, menos bruscos.
La Opera Garnier, que reemplazó a la Salle Le Peletier después de su incendio en 1973, abrió sus puertas con gran pompa y con el anuncio de una nueva era para la escena musical en la ciudad, aunque en realidad mantuvo el repertorio de gran ópera "a la francesa" que imperaba en su predecesora.
Curiosamente, y a pesar de los celos del teatro lírico de convertirse en una suerte de conservatorio del canto francés, fue la austriaca Gabrielle Krauss (1842-1906) quien estrenó el edificio de Garnier con "La Juive", de Fromental Halévy.
La primera bocanada de aire fresco llegó con los "grandes compositores" como Richard Wagner o Giuseppe Verdi, con sus respectivas corrientes, que se sumaron a las de la escuela francesa de Charles Gounod o Jules Massenet.
Las nuevas dimensiones del palacio, apoteosis arquitectónica de la fiebre "haussmanniana", obligaron desde el principio a adaptar los decorados y los trajes.
Predominó hasta los albores del XIX la estética de "gran espectáculo", caracterizada por exóticas prendas como en "Aida" o "Salambo", donde el despliegue de joyas y colores desataba la imaginación.
"La ópera era una enorme máquina a finales del XIX porque era una estructura de producción de grandes espectáculos; funcionaba como Hollywood entre las dos guerras, con muchos colaboradores tanto dentro como fuera de la casa", explica Ghristi.
Los talleres, trasladados hoy en día a la ópera de la Bastilla, conservan el carácter fabril de sus predecesores: estudios de bordado, de confección de trajes, de pelucas, de zapatería y de joyería y serigrafiado.
TALLERES DE COSTURA PARA LAS DIVAS
La ópera ha decidido mantener la producción interna de su vestuario, al convertirse con el tiempo en un conservatorio de técnicas muy específicas que se remontan el siglo de la revolución industrial.
"¿Quién haría si no los tocados de plumas tal y como los vemos aquí?" se pregunta Auclair. El ritmo de fabricación obliga, sin embargo, a externalizar parte de la producción, tal y como se hacía históricamente.
Son esos encargos externos los que hicieron que algunos de los grandes talleres de costura de la capital lograsen estampar su firma en decenas de modelos que exhibían las cantantes sobre el escenario.
Aunque algunos de los más destacados han salido ahora del olvido, varios miles de trajes -que vistieron a las Cármenes, a las Gwendolinas o a las reinas de Saba más aplaudidas de la historia-, permanecen bajo tierra, en los pasadizos en los que el escritor Gaston Leroux imaginó a Erik, el célebre fantasma de la ópera.
DESTACADOS:
* Sus voces convirtieron el Palacio Garnier en uno de los templos mundiales de la lírica, y ahora esa institución ha querido rendirles un homenaje.
* Cada una de ellas tenía indudablemente su estilo: Cavallieri (1874-1944) y Vix eran "casi modelos, más conocidas por su plástica que por su lírica", según Christophe Ghristi, comisario de la exposición. "Tenían el 'chic' de insinuar su cuerpo bajo el vestido", apostilla.
* La ruptura principal la introdujo Jacques Rouchet, director de la institución entre 1914 y 1944, al apostar por nuevas obras y encargar innovaciones escénicas radicales, como el uso de las proyecciones cinematográficas durante los espectáculos. Hasta entonces, los cambios habían sido, si no menores, menos bruscos.