Revolución, vida y muerte
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Trueba no se creyó el cuento de un grupo variopinto de héroes cuyo ánimo justiciero los llevara a destruir la dictadura de Porfirio Díaz y el régimen del usurpador Victoriano Huerta.
México, D.F..- Desengañado de la versión simplista de la Revolución Mexicana inculcada por sus profesores, José Luis Trueba Lara aporta en "La vida y la muerte en tiempos de la revolución" (Taurus, 2010) una nueva lectura sobre ese tramo de la historia acotado a partir de 1910 y los hechos iniciados por Francisco I. Madero, fecha y acciones sacralizadas por la historia oficial como el principio de un nuevo régimen.
Trueba no se creyó el cuento de un grupo variopinto de héroes cuyo ánimo justiciero los llevara a destruir la dictadura de Porfirio Díaz y el régimen del usurpador Victoriano Huerta.
No le fue difícil preguntarse por qué la mayoría de las batallas más sangrientas no ocurrieron contra el ejército de Díaz ni contra las fuerzas de Huerta, sino entre los mismos revolucionarios.
En 1910, los ricos de México, en su mayoría extranjeros, no imaginaban la hecatombe social en puerta. Las mujeres de la clase alta vestían la moda de París y su energía juvenil la dedicaban a la búsqueda del mejor "partido" para el matrimonio. Los varones se ocupaban de los nacientes y lucrativos negocios para llevar con lujos la doble vida del burgués: la familia y el burdel.
Los mexicanos pobres del campo y la ciudad la pasaban mal: nacer, vivir y morir no era una bendición. Los partos logrados eran un milagro, pues los hijos nacían a cielo abierto o en las alcobas de las viviendas miserables. Mujeres y niños se veían forzados a trabajar y contribuir a la economía familiar. La mayoría de campesinos y jornaleros eran casi esclavos. Los léperos y las léperas de la ciudad participaban de las promesas del nuevo siglo, pero su existencia era oprobiosa.
A la desigual situación social siguió una cruenta guerra, de 1913 hasta el asesinato de Carranza, la violencia trastocó la vida cotidiana. El ritmo de la biología fue sustituido por el horror del infierno; la existencia se redujo a muerte y ansias de huir; miles de mexicanos abandonaron el país. La gente escapaba de las zonas de guerra y las familias se desmoronaron. La matazón y las escenas macabras se extendieron por gran parte del territorio.
La guadaña se cargó a los mexicanos de la "bola" y los que permanecieron hacinados en ciudades y pueblos fueron víctimas mortales de epidemias devastadoras como las salmonelas y la influenza española.
Una vez finalizadas las hostilidades, los caudillos sonorenses intentaron moldear la vida de los mexicanos, pues "la revolución debía regenerar a la sociedad y dar paso a un hombre nuevo, un mexicano a la altura del nacionalismo revolucionario". Para ello, Obregón y Calles promovieron la eugenesia y así influir en los criterios de procreación.
Para los sacerdotes de la nueva religión política era inaceptable que un sifilítico, un tuberculoso, un imbécil o un criminal heredaran sus taras a los hijos de su revolución.
Engendrar era un asunto cívico, un problema para el destino de la patria; en este contexto se presentaronde modo encubierto las campañas a favor de la eugenesia con el combate a tres males: alcoholismo, consumo de drogas y prostitución.
El propósito estatal de perfeccionamiento de los factores hereditarios también contempló llamados a efectuar exámenes prenupciales y el control natal y, sobre todo, la lucha por conquistar la vida y la conciencia de los niños. Los partos de los desfavorecidos por fin tuvieron lugar en los hospitales públicos.
Gran parte de las medidas fueron rechazadas por la población en sus primeros años, pero algo constatable en el tiempo es que la enconada batalla por la educación o por la conciencia de los niños fue ganada de manera rotunda por el Estado laico a la Iglesia.
Y ello quizá sea el único signo alentador de los tiempos de la Revolución.