¿Quién se acuerda de la gripe A?
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Han transcurrido poco más de 365 días desde que Margaret Chan, directora general de la OMS, vaticinara que la expansión del virus H1N1 se convertiría en una "grave pandemia de consecuencias imprevisibles" para el mundo.
Bruselas, Bélgica.- Un año después del pronóstico catastrofista de la Organización Mundial de la Salud (OMS) acerca del inminente estallido de una grave pandemia global de gripe A, en Europa nadie se acuerda ni cree en los mensajes apocalípticos lanzados desde Ginebra por la organización sanitaria internacional.
Han transcurrido poco más de 365 días desde que Margaret Chan, directora general de la OMS, vaticinara que la expansión del virus H1N1 se convertiría en una "grave pandemia de consecuencias imprevisibles" para el mundo. Trascurridos los meses, el resumen de lo ocurrido es sensiblemente menos preocupante de lo que se aseguraba en un principio.
Por citar sólo un ejemplo: España, como la mayor parte de socios de la Unión Europea (UE), se gastó en 2009 cerca de 98 millones de euros (más de 120 millones de dólares) en vacunas. En julio del año pasado el país compró 13 millones de dosis, pero seis millones de ellas -por valor de 42 millones de euros- fueron destruidas como "superfluas".
De esos 13 millones de vacunas compradas por España, cuatro quedaron almacenados como "reserva estratégica", pero después, tras comprobarse que la cepa de la gripe A no era por lo general mucho más agresiva que la de una gripe estacional normal, fueron donados a la Organización Panamericana de la Salud (OPS).
¿Para qué? La respuesta es difícil de justificar pues, según los expertos, las cepas mutan cada año, con lo cual esas dosis regaladas a la OPS son prácticamente inutilizables.
Pero, no cabe duda, de que los grandes beneficiados por el alarmismo fueron los grandes laboratorios: su primera gran "alegría" se produjo el verano (boreal) pasado, cuando la OMS decidió elevar la escala de peligrosidad del H1N1 hasta la categoría de pandemia global.
Como si de una carrera de obstáculos se tratara, desde Bruselas, Basilea, Londres, París o Nueva York, donde tienen sede buena parte de multinacionales del sector, las grandes empresas farmacéuticas iniciaron su particular carrera en pos del mejor antiviral y, en última instancia, de la "vacuna definitiva".
Sus primeros clientes fueron los gobiernos que no vacilaron en hacer acopio de medicamentos para proteger mejor a sus poblaciones, en una iniciativa a medio camino entre la necesidad puramente sanitaria y las relaciones públicas ante su electorado.
No obstante, a pesar de que se contabilizaron numerosos decesos en los cinco continentes, los expertos determinaron que esos fallecimientos estaban más relacionados con determinadas patologías crónicas de los pacientes, que la gripe A contribuyó a agravar, que con la infección en sí misma. Sí se dieron algunos casos muy específicos de complicaciones, como las que recoge esta semana la revista estadounidense "Annals of Neurology".
Según asegura la publicación especilizada, el H1N1 provocó en 2009 en Estados Unidos una mayor tasa de complicaciones neurológicas en los niños que la gripe estacional, entre ellas convulsiones o encefalopatías. No obstante, los expertos no pudieron establecer un nexo directo entre la gripe A y esas patologías.
El primer varapalo a la OMS por su alarmismo se produjo en junio de este año, cuando el Consejo de Europa aprobó una dura resolución en la cual se criticaba la "falta de transparencia" del organismo sanitario a la hora de tomar sus decisiones y gestionar la crisis del H1N1.
El hecho de que la OMS haya ocultado los nombres de los expertos de su Comité de Emergencia que tomaron la decisión de declarar al H1N1 "pandemia global" provocó la ira de los miembros del organismo paneuropeo con sede en Estrasburgo y especializado en protección de los derechos humanos.
Si hubiese que otorgar el primer puesto a los ganadores en la aparente crisis del H1N1, éste sería de forma incontestable para el Tamiflú de la multinacional suiza Roche. La historia del que se presentaba como "producto milagro" (era uno de los dos únicos que combatían con eficacia la gripe A, según los expertos), es más que curiosa.
Hace cerca de una década, cuando Roche comercializó por primera vez y sólo en Estados Unidos el Tamiflú como producto antigripal, ni los expertos ni el público en general mostraron gran interés.
Cuando en 2004 estalló la gripe aviar y se registraron víctimas mortales el producto inició una escalada imparable al éxito en las estanterías de las farmacias y en los vademécum de los médicos generalistas.
Si el éxito del Tamiflú era ya considerable, la gripe A le concedió estatus de brebaje milagroso. De acuerdo con datos de la propia empresa helvética, en la primera mitad de 2009 las ventas de Tamiflú se triplicaron hasta totalizar 653 millones de euros (930 millones de dólares), en comparación con los 213 millones de euros en el mismo periodo de 2008.