Edad de Oro del grabado mexicano, se exhíbe en el British Museum

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Circulo de Oro 2021
/ 20 octubre 2009

    Como señala en el catálogo la especialista Dawn Ades, desde la independencia los artistas mexicanos habían vuelto siempre los ojos a Europa y esto vale también para los movimientos artísticos del siglo XX: el cubismo, el futurismo y el expresionismo.

    Londres, Inglaterra.- Coincidiendo con la exposición dedicada a Moctezuma, el British Museum presenta del 22 de octubre al próximo 5 de abril una excelente muestra de grabados mexicanos de la primera mitad del siglo XX, la que podría llamarse la Edad de Oro de ese arte en el país latinoamericano.

    Son fondos de su propia colección sacados expresamente de los archivos donde se protegen de la luz e incluyen obras de los llamados "tres grandes" -Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros-, así como de José Rufino, de los artistas del llamado Taller de Gráfica Popular y otras anteriores del gran precursor de ese arte: José Guadalupe Posada.

    Como señala en el catálogo la especialista Dawn Ades, desde la independencia los artistas mexicanos habían vuelto siempre los ojos a Europa y esto vale también para los movimientos artísticos del siglo XX: el cubismo, el futurismo y el expresionismo.

    Pero, tras la revolución zapatista, comenzaron a fijarse en su propio acervo indígena, y entonces se les planteó el dilema de cómo cuadrar las demandas del arte moderno con las del nacionalismo cultural, tema al que se refiere un manifiesto firmado en 1921 por el comunista Siqueiros y dirigido a "la Nueva Generación de Pintores y Escultores Americanos".

    Al año siguiente, en el manifiesto del recién formado Sindicato de Obreros Técnicos, Pintores y Escultores, firmado también por Siqueiros junto a Xavier Guerrero, Fermín Revueltas, Orozco y otros, se produjo un drástico cambio de énfasis y se pasó de los valores formales a los políticos y didácticos.

    Este nuevo escrito abogaba por un arte auténticamente nacional, centrado en las tradiciones indígenas, pero enfocado más al pueblo, a lo colectivo más que a una expresión individual.

    Se condenaba en él la pintura de caballete como "masturbación individualista" y se pedía a los artistas que convirtiesen sus obras en "clara propaganda ideológica para el pueblo".

    Fueron esos los años de auge del gran muralismo mexicano cuyas obras adornan los edificios públicos de la capital.

    Pero si el dominio absoluto de los Tres Grandes fue por un lado una bendición para la generación más joven de artistas comprometidos, ya que encontraron trabajo en aquel programa público, por otro les resultó cada vez más difícil conseguir encargos propios, dado que los maestros lo acaparaban todo.

    De ahí que el arte gráfico fuese para esos jóvenes, admiradores de Posada, una puerta que se les abría de pronto: sobre todo cuando, a comienzos de los años treinta, comenzó a disminuir el atractivo del muralismo para las nuevas generaciones por su asociación con una fuerza política que había degenerado en dictadura.

    En 1937, Luis Arenal, Leopoldo Méndez y Pablo O'Higgins fundaron el llamado Taller de Gráfica Popular, una cooperativa de artistas dedicada a la producción de carteles y grabados a gran escala, muchos de ellos de contenido abiertamente político o sindical, aunque otros, destinados a los coleccionistas.

    Muchos de los carteles y grabados que integran la exposición, de extraordinaria calidad artística todos ellos al margen del mensaje que tratan de transmitir, reflejan las luchas políticas del momento, y no sólo las internas de México, sino el combate global contra el fascismo.

    Algunos de los grabados de Diego Rivera y sus contemporáneos se hicieron para Estados Unidos, donde los artistas mexicanos tenían muchos admiradores y alcanzaron gran popularidad a raíz de la polarización política registrada en ese país en los años treinta.

    La exposición incluye algunas de las famosas calaveras de Posada -entre ellas una de Don Quijote arremetiendo con su lanza contra los embusteros-, así como sátiras de la prensa mendaz mexicana de aquellos años, y denuncias del fascismo, del gran capital, de la industria petrolera, todo ello a base de poderosas imágenes.

    No todo es, sin embargo, político: hay litografías, sobre todo de Tamayo, de contenido más lírico, excelentes retratos y autorretratos de Siqueiros y Rivera, y de este último también un excelente desnudo de su esposa, Frida Kahlo, y otro de la filántropa y coleccionista mexicana Dolores Rivero Patiño, ambos extraordinarios.

    Y hay asimismo retratos en homenaje de Posada, como el de Alfredo Zalce, que representa a aquél rodeado de calaveras, o el que le hizo su gran admirador, Leopoldo Méndez, que le muestra trabajando en su taller de grabado mientras contempla cómo en la calle las fuerzas del orden machacan a un grupo campesinos.

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