A sus casi 96 años, Arturo Berrueto González repite nombres, fechas, vivencias y acontecimientos históricos con una lucidez envidiable. Es una biblioteca andante a la que el tiempo no ha conseguido vencer. ¿De qué no se acuerda el maestro?
Un frío, pero soleado mediodía de viernes de finales de enero, en su oficina-biblioteca, Privada Durango, esquina con Distrito Federal, colonia República Oriente, el profesor Berrueto está trabajando a sus 95, casi 96 años, los últimos detalles de lo que será la cuarta edición, aumentada, corregida y actualizada del Diccionario Biográfico de Coahuila, una de sus más grandes obras, entre ensayos, discursos, artículos y varios libros de historia.
El maestro Berrueto, como lo llaman sus amigos más entrañables y los no tan entrañables, traje oscuro, camisa clara, cabellos nevados y un semblante como roca en el que parece que el tiempo se detuvo en otro tiempo, dice, con cierto dejo de orgullo, pero sin petulancia, que va ya por la cuarta edición de su enciclopedia, un compendio que reunirá alrededor de cinco mil 500 vidas de personajes nacidos por estas tierras desde hace cerca de cinco siglos hasta nuestros días.
–¿Y cómo se siente a sus 95, casi 96 años?
– Muy jodido, muy fregado, pero muy bien porque estamos dejando algo, una herencia, el trabajo realizado. Y ahora estamos dejando libros, que es lo mejor que puede uno dejar.
Que es lo mejor que puede uno dejar, dice el profesor Berrueto, y dirá, que todos los días, sin faltar ninguno, se atrinchera en su oficina-biblioteca, un cuarto mínimo, modesto, de paredes forradas con estantes de madera pletóricos de libros de todos los géneros literarios, a escribir, de su puño y letra, sobre su pequeña mesa de pino, sus memorias en papel.
El profesor está escribiendo sus memorias.
UN MAESTRO DE MEMORIA
En otro lugar, en otro tiempo, el maestro, historiador e investigador José Francisco de la Peña Saucedo, uno de sus partidarios acérrimos, pintará al profe Berrueto como una máquina de producción cultural “impresionante”.
“Es fecha que se resiste a quedarse sentado”.
Con casi 96 años, dos infartos, un desgaste de retina y un oído que ya comienza a apagarse, el maestro Arturo Berrueto González es un dechado de lucidez, inteligencia, fortaleza; una biblioteca caminando que repite nombres, fechas, vivencias y acontecimientos históricos, como si tal cosa.
“Tiene una memoria que ya la quisiera yo, una memoria fotográfica. Es una de sus grandes cualidades”, detalla De la Peña.
El 23 de abril del año pasado, en la celebración de su cumpleaños 95, el maestro develó en público, frente a la cámara de una televisora local, el secreto que le ha mantenido intacto por poco menos de un centenario:
“Comer poquito, beber poquito, dormir solito”, se parafrasea el profesor Arturo, riendo con una risa pícara.
Y enseguida cuenta la historia capciosa, sugestiva, el chiste, de un matrimonio de viejitos que fueron a ver al doctor y éste les prescribió, entre otras indicaciones, una receta de sacrificio: evitar las relaciones sexuales.
“Le dicen ‘oiga doctor, ¿y podemos... lo sexual?, ¿podemos?’, dice el doctor ‘no, de ninguna manera, será un atrevimiento mortal. Así es que... usted va a dormir en un cuarto y usted en otro. No se les olvide ni se les ocurra...’, dicen los viejitos ‘bueno, muy bien’”.
Cayendo la noche y cuando cada uno de los pacientes se hallaba recluido en sus habitaciones, el viejito oyó de repente unos pasos sigilosos que se acercaban y luego unos suaves toquidos en la puerta...
“¿Quién es?”, preguntó el hombre.
Del otro lado alguien respondió, ‘una viejita suicida...’”.
Al final del cuento hay carcajadas estentóreas.
Francisco de la Peña dirá del profesor Berrueto que “el profe” es pícaro, que es travieso.
A cualquiera que lo viera trabajar sentado frente a su mesa de pino, vestido con esos trajes oscuros, corte americano, tan serios, camisas claras, en su oficina-biblioteca-, o dictando una conferencia sobre historia en algún recinto cultural, le costaría imaginarlo de chico, ejecutando, con sus compañeros de aventuras, el plan de tumbar, carrizo en mano, un panal grande de avispas, colgado afuera del bautisterio de la iglesia de San Juan de Mata, en Allende, Coahuila, donde vivían sus abuelos maternos.
Los animales embravecidos fueron a clavarse en el cuerpo del sacerdote Epifanio Ocampo Mejía, entonces párroco de los Cinco Manantiales y del que el nene Arturo era alumno.
“Tuvo que ir al doctor, le dieron una picoteada y obviamente nos corrieron”, narra el profe Berrueto y se vuelve a reír con una risa socarrona.
EL BARRIO DEL PIOJO
Al profesor Berrueto le gusta recordar su infancia así: que nació en Saltillo el 23 de abril de 1930, que fue el segundo de los tres hijos del gran pedagogo, político e historiador coahuilense, Federico Berrueto Ramón, y de la profesora Luz María González Güitrón, que al principio habitó con su papás y hermanos en el centro, pero que cuando tenía dos años don Federico se mudó con la familia por el rumbo de la ahora Calzada Antonio Narro a una calle que se llamaba Presita, y que hoy lleva el nombre de don Federico porque ahí murió don Federico y por eso a la calle se le puso ese nombre.
“Era un barrio... En primer lugar, mis amigos estaban muy piojosos, y le llamaban El Barrio del Piojo a toda esa parte. Era otra sociedad, otros vecinos...”.
–¿Había plaga de piojos ahí?
–No pos... estaban piojosísimos.
Se trataba de un barrio rústico, bucólico, de plano, dice el profesor Berrueto, un típico barrio del Saltillo de los años 30.
Calles sin asfaltar, y a los vecinos apenas y les daban dos o tres horas de agua al día. Había poca luz y a los vecinos apenas y les daban cinco o seis horas de luz al día.
Para asistir a la primaria Anexa, que a la sazón estaba en el mismo edificio de la Normal de maestros, por la Alameda, el niño Arturo y sus hermanos Ariel y Alicia debían caminar ocho kilómetros diarios, repartidos en dos turnos de clase: dos kilómetros de ida y dos de venida en la mañana, y dos kilómetros de ida y dos de venida en la tarde. Una proeza.
“Los de venida, cuesta arriba, valían por doble”, dice el profesor Berrueto.
De día el camino era una acuarela de magueyales, nopaleras y huertas de árboles frutales.
De noche un hotel cinco estrellas para lechuzas, búhos y halcones...
“Un barrio lleno de huertas, de muchos animales. Había coyotes, mapaches. Era un zoológico en ciernes”.
En tanto la niñez del profe Arturo pasaba, a falta de celulares y videoconsolas, entre los juegos a los que jugaban los chicos de entonces: duelos de trompos, duelos de canicas.
Su diversión, cuenta, era pescar hormigas coloradas, buscar nidos de araña en las nopaleras grandes y lanzar a la hormiga a una lucha casi siempre inútil, estéril, imposible, por la sobrevivencia.
“Salía la araña y la hormiga no se dejaba, se hacía una lucha libre entre la araña y la hormiga. Por lo general la araña ganaba, estaba en su medio...”.
Luego él y sus amigos del barrio se daban gusto robando los duraznos y las peras de las huertas aledañas.
Cosas de chamacos.
Fue precisamente por esas cosas de chamacos que Arturo conoció el cuarto de los esqueletos, una suerte de mazmorra plantada junto a la dirección de la escuela, y en la que se guardaban, entre otras cosas, cuatro o cinco esqueletos sacados de un panteón, que servían de material didáctico en las cátedras de anatomía a los estudiantes de ciencias naturales de la Normal.
–Y usted estuvo en el cuarto de los esqueletos, ¿no?
–Claro que sí, yo era de los desordenados. Era travieso.
Que era travieso dice el profesor.
Hasta que entre travesura y travesura Arturo descubriría una de las tantas facetas de su vida: la de beisbolista.
Después vendría la de periodista, profesor, político, historiador y escritor.
El maestro Berrueto elige contarlo así: que la escuela, con su pequeño patio, tenía un equipito de béisbol de niños que jugaba béisbol pichando, cachando y bateando pelotitas de garra, y ahí fue que aprendió a jugar béisbol.
UN JOVEN TRAVIESO
De su época de estudiante de secundaria Arturo habla poco.
Confiesa, en otro rapto de picardía, que le está vedado contar algunas cosas...
Al fin se anima:
Berrueto está recordando que por aquellos años habían aparecido en Saltillo dos o tres lugares donde se congregaban “mujeres alegres profesionales”, como diría Dostoyevsky, o “mujeres pagadas”, como diría Nabokov, y entonces el municipio decretó que los jóvenes no podían entrar a esos lugares, para evitar que se perdieran.
Cierto día que el profesor pasaba con sus amigos frente a “El Egipcio”, un lupanar que despachaba a unas cuadras de la Alameda, Benjamín, uno de los muchachos, tuvo la ocurrencia de infringir aquel mandato de la autoridad y penetrar furtivamente en el salón.
“Ahí había ocho o 10 muchachas, decían que muy malas, pero estaban muy buenas... Vamos ahí y que ‘ten cuidado con la policía, a ver, asómate bien, a ver la calle aquella, no, no hay nadie’, y ya empezamos a entrar, la música a jale y jale. En eso sale Benjamín corriendo y nosotros ‘¿qué pasó?, ¿la policía?, ¿la policía?’, dice ‘no, es que ahí está mi papá’”.
De vuelta la carcajada.
Entonces el maestro Berrueto había tenido algunas noviecitas de mano sudada, de esas noviecitas de ir a tomar un refresco al corazón de la Alameda, en una rotonda, cinco o seis mesitas con sus asientos, propiedad de una señora mayor llamada doña Fina, pero de ahí no pasaba.
“Ahí llegábamos y les invitábamos una coca a las muchachas y ya nos divertíamos”.
Muy distinto a lo que se vivía en las aulas y pasillos de la Escuela Normal de maestros, donde se practicaba una disciplina, –relata el profesor Arturo–, de la época cuaternaria.
“No podía usted hablar con una muchacha en los salones porque lo castigaban, lo mandaban al cuarto de los esqueletos”.
En cambio, al internado de señoritas de la Normal, que funcionaba en la calle de Xicoténcatl, en el centro, y que había sido fundado en 1912 por don Venustiano Carranza para asistir a las estudiantes que provenían del norte del estado, le canjearon el nombre por el de “penal de Xicoténcatl”, debido a la fama que cobró el rigor carcelario con que eran tratadas las residentes.
“Muchos teníamos novia en el internado y era costumbre dar gallos de cumpleaños. Ni remotamente las dejaban salir”.
La excepción fue el día en que a la novia de Berrueto le concedieron permiso para salir con él, a noviar.
Excepción que le costaría un susto a Berrueto y a la muchacha.
“Pasé por ella en la mañana, fuimos al Morillo y anduvimos caminando por los alrededores de la ciudad. Se hizo tardecito, cenamos y ya cuando regresó no la quisieron recibir. Pos me la tuve que llevar, tuve que cuidarla pa que no pasara nada”.
–¿Y a dónde se la llevó?
–No pos... ya se me olvidó...
La estudiante y el joven Arturo causaron expulsión ipso facto de la Benemérita, y solo por la influencia que don Federico, el padre de Berrueto, tenía ante los directivos de la Normal, fueron dispensados.
“Era muy estricto el director, un profesor José Rodríguez González, constituyente de 1917, gente de Carranza, y eso lo distinguía mucho. Un señor ya grande, de 80 años. Don Pepe, le decíamos, originario de Ocampo, Coahuila”.
–Su papá lo regañó, ¿no?
–No pos dijo “ten cuidado con lo que haces”.
Y cuando alguien le pregunta al profesor Berrueto si era aplicado y sacaba buenas notas en a Normal como aprendiz de maestro de escuela, simplemente dice que “unos éramos muy duchos en ciertas materias, otros dominaban otras”.
Al final de la carrera, luego de ser evaluado por tres rigurosos sinodales durante tres horas, Arturo aprobó su examen profesional por unanimidad.
ARTURO EL BEISBOLISTA
Otro no tan frío viernes a mediodía, Berrueto está posando para la cámara de Semanario con la foto a blanco y negro de un joven alto, sonriente, vestido de cachucha, un guante en la mano izquierda, el uniforme de los Chiefs de Oklahoma: es el maestro Arturo.
Era 1951, el profesor tenía entonces 21 años y estaba recién egresado de la Normal y recién ingresado como lanzador en el béisbol amateur.
Mientras sus excompañeros de la escuela habían sido asignados a diferentes plazas, en diferentes lugares, Arturo, como si hubiera vuelto sobre sus pasos a la época de su infancia, se vio irremediablemente seducido por el rey de los deportes.
Berrueto prefiere condensar así su récord de deportista: que fue a la selección Saltillo, que ganaron el campeonato estatal y luego el de zona, que de ahí pasaron al nacional, representando a Coahuila.
“En el nacional quedamos bien y a 15 de Coahuila nos eligieron para la selección nacional amateur”.
De ahí los convocaron para representar a México en el XI Campeonato Mundial de 1951.
Era el preámbulo de la fulgurante trayectoria del lanzador saltillense Arturo Berrueto, cuyo resplandor sería más bien efímero, fugaz.
Berrueto había logrado un buen desempeño en la justa mundialista, tanto que los americanos se lo llevaron a jugar béisbol profesional.
“Y me fui a jugar béisbol profesional”, cuenta.
Y cuenta que viajó a Oklahoma, a Luisiana y a Virginia.
“Estuve tres años allá con los güeros. Era muy jovencito. Recuerdo que nos hicieron una recepción muy buena en el Country Club de Oklahoma. Éramos cubanos, mexicanos, había de todo”.
Ese día, cuando él y otro paisano salían del centro deportivo, una turba de muchachas gringas, estudiantes de una preparatoria cercana, los acorraló y una de ellas les soltó en español una pregunta que a Berrueto lo dejó helado:
“Que si traíamos mariguana. No, ¬le dije¬ nosotros no le hacemos a la mota’. Estamos hablando de 1952. Ya desde entonces empezaban las drogas a hacer mella en Estados Unidos. A mí me sorprendió que había ya una predisposición del pueblo americano por las drogas”.
–¿Cómo les fue con los americanos?
–Nos fue muy bien jugando, tuvimos buenos números, buenos resultados, subimos una categoría al año siguiente. Y tuvimos algunas novias también, güeritas, muy bonitas muchachas...
Dice el maestro Berrueto y recita de memoria algunas estrofas dispersas de una canción que le trae recuerdos: “Peregrina”:
“Peregrinas de ojos claros y divinos, –aquella canción, ¿se acuerda?–, y de radiante cabellera como el sol. Peregrina que dejaste tus lugares, los abetos y la nieve y la nieve virginal...”. Esa es una canción muy bonita”, dice.
–¿Paseó mucho?
–No había tiempo, se jugaba todos los días en las noches. Era salir de jugar a las 11:00 de la noche, cenar y a dormir. No hay parranda, no hay nada.
El maestro Berrueto había soñado despierto con ser un gran beisbolista. Su corazón decía que sí, pero su brazo derecho no quiso: una dolencia permanente le marcó el out en home para siempre.
“El brazo ya no quiso, había lastimaduras que ya no se compusieron. Me dolía mucho lanzar. Como empiezas a buscar... yo tiraba por arriba del brazo y por un lado, me dolía menos, por abajo menos, entonces empieza uno a buscarle lo más adecuado para que no moleste, pero se pierde la velocidad, se pierde el one up que le llaman los americanos, que es el movimiento de tu cuerpo para lanzar. Ya no jugué. Descansé un año o dos de tomar una pelota a ver si se corregía, no. Volví a sentir lo mismo”.
Alejandra, una de las hijas de Arturo, quien lo ha acompañado durante estos mediodías de charla, muestra un viejo álbum con los viejos recortes de periódico que Luz María, la madre del maestro, armó mientras él brillaba como lanzador en sus primeros juegos.
“Pitcher paró de cabeza a la selección de Nuevo Laredo el pasado domingo ante más de cuatro mil fanáticos que se dieron cita en el Parque Cuauhtémoc”, se lee en uno de los recortes.
–Se sintió frustrado por ya no poder jugar, ¿no?
–Sí.
El profesor Arturo regresó a su tierra.
ARTURO, EL POLIFACÉTICO
Sus compañeros de la Normal, que ya eran maestros todos, habían sido contratados de maestros en Tamaulipas, San Luis Potosí, La Laguna y Saltillo.
En esa época Arturo fue invitado por el periodista, político y abogado Roberto Orozco Melo a integrarse como reportero deportivo a la plantilla del Heraldo del Norte, un rotativo de gobierno.
A partir de aquí, la vida de Arturo transcurre como en esas películas mexicanas de la Época de Oro, en las que aparece un calendario hojeándose en cámara rápida y, superpuestas, las imágenes, en cámara rápida, de las vidas de los protagonistas.
Arturo trabajando como director en el Centro de Seguridad Social del IMSS.
Arturo casado con María Elena Córdova, su primera esposa, cinco hijos, dos hombres, tres mujeres.
Arturo, funcionario del PRI.
Arturo, tesorero en la administración del entonces alcalde de Saltillo Roberto Orozco Melo.
Arturo, secretario general de la CNOP municipal.
Arturo en una de sus mejores facetas: la de alcalde de la ciudad a sus 40 años.
Era 1970, los tiempos del gobierno del ingeniero Eulalio Gutiérrez Treviño.
En ese entonces, platica Berrueto, Saltillo era un pueblo chico, un pueblito, que no pasaba de tener más de 70 mil almas.
Coahuila, el tercer estado más grande del país, apenas y contaba con 700 mil habitantes.
Y en todo el territorio nacional vivían solamente 30 millones de mexicanos.
“Coahuila estaba solo, todas las praderas del norte estaban solas. Había uno que otro rancho ganadero. Chihuahua estaba igual y Sonora igual”, rememora Arturo.
El gobierno de la República lanzó entonces una campaña, en pro de la explosión demográfica, para poblar el país.
La anécdota es algo más que jocosa:
“En la calle de Abasolo había la publicidad del gobierno que decía ‘Haga patria, tenga hijos’. En esa misma calle estaba una fábrica de colchones de una familia Charles que ponía en la publicidad de los colchones, ‘Haga patria en los colchones El Progreso’”. Bueno, aprovecharon...”.
–¿Fue difícil su alcaldía?
–Muy difícil. Le digo a don Eulalio, que ya había sido alcalde, ‘¿me va a ayudar?’. Sí me ayudó de muchas maneras, pero con dinero no, había que trabajar y sacarlo.
Las arcas municipales estaban sin plata, y a diario llegaban solicitudes de las 50 o 60 colonias que había en Saltillo por aquella época.
Algunas acusaban falta de agua, otras pavimento, otras alumbrado, otras no tenían drenaje.
El profesor Berrueto inventó algo que se llamaba Obras por cooperación, y que iba de que los vecinos, salvo las viudas y los inválidos, costearan, con su dinero, los arreglos en sus barrios.
Y funcionó...
“Hubo dos, tres amigos que me ayudaron. ‘A ver, estudia esa colonia que tiene 15 manzanas, ¿qué capacidad económica tiene?, ¿qué puede pagar?, ¿puede pagar agua y puede pagar pavimento? A ver, quiénes son los líderes de la colonia, el sacerdote, el de la tienda, el maestro. Vamos a juntar a los líderes, a invitarlos...’. Ese trabajo a mí me da mucha satisfacción porque fue un trabajo que... la gente pagó, nosotros no pusimos más que nuestra presencia y nuestra honorabilidad”.
Habla Francisco de la Peña, a quien recién el maestro distinguió con el prólogo de las nuevas memorias de su padre el profesor Federico Berrueto Ramón:
“Fue un alcalde extremadamente honrado y honesto. Yo pienso que es de las vidas excepcionales en Saltillo”.
En total se realizaron 129 obras en todas las colonias.
“De agua, drenaje, alumbrado, banquetas, cunetas. Cosas urbanas que ayudaban a mejorar. Fue una buena experiencia... Le dimos un empujón a Saltillo muy grande. Fue una experiencia muy bonita la de los barrios. Cuando terminé, la siguiente administración continuó haciendo obras cooperativas. Los comités muy socialistas, les llamábamos Comités de Barrio”.
De aquel entonces sobrevive una fotografía de la inauguración de una obra por cooperación.
En el festejo, con vecinos y confeti, aparecen en primer plano el gobernador Eulalio Gutiérrez y su esposa Margarita; María Elena, la esposa del maestro Arturo, y el maestro Arturo.
–¿Habría comidita y todo?
–Tamalitos y champurrado, era lo que podían hacer.
SU DON DE GENTE
“Arturo es de las personas que tratas y que te da gusto tratar, porque tienen una cultura y un don de gentes que te llena, que te satisface. Es sencillo, modesto, de trato fácil, tú te acercas con él y él cumple como persona, con todos. Tiene con todas las gentes ese trato muy cordial, amable. Y si queremos buscar un político honesto, vertical, íntegro, eficiente, conciliador, Arturo es esa persona. Es un político de los pocos que yo recuerdo que predica con el ejemplo”, dirá el exmagistrado José Fuentes García, quien conoce al maestro Berrueto desde hace casi 60 años.
A Berrueto, coinciden los políticos de hoy, se debe la modernización del Saltillo de principios de los 70, modernización que le dio la construcción del bulevar Felipe J. Mery, conexión de la avenida Urdiñola, también construida por él, con la calle Antonio Cárdenas; la reubicación del rastro municipal, que representó, por años, un problema sanitario, la instauración de 201 aulas en escuelas, el cambio de alumbrado público de luz incandescente a luz mercurial, un adelanto para ese tiempo, además de la edificación de espacios deportivos que aún prevalecen, como el parque de béisbol Abraham Curbelo, en la colonia Guayulera.
Apenas un bosquejo, un guiño de su gestión como alcalde.
“Hizo obra como ningún presidente municipal. La gente le tenía tanta confianza que pudo sortear con éxito la falta de recursos económicos. Un peso lo hacía dos o tres con la cooperación de los vecinos que se beneficiaban con la obra...”, declara el abogado José Fuentes.
SU SUEÑO TRUNCO DE SER GOBERNADOR
Sobre su vida familiar de entonces dice el maestro Berrueto:
“Iban a la escuela mis hijos y yo tenía que llevar el chivo. Dicen en la pastorela, ‘mando el sol, mando la luna, mando el cielo estrellado’, manda el chivo pa la casa cabrón...”.
En medio de la conversación sobreviene una confidencia inesperada del profesor Berrueto: “Pos yo quería ser gobernador, dije ‘claro que yo voy a ser’”.
–¿Y qué pasó?
–En esa carrera para llegar... se nos atravesó una araña negra, y nos mandó a que nos formáramos en la cola otra vez.
–¿Quién era la araña negra?
La respuesta es un silencio retador y luego nada.
Pero el licenciado Fuentes afirma que Arturo hubiera sido el gobernador por excelencia.
Una biografía de los años posteriores del profesor Berrueto diría esto: que en 1980 casó en segundas nupcias con Marisa Ramírez Ramírez, matrimonio del cual nacieron dos varones; que fue diputado local, que volvió como presidente al PRI para organizar y dirigir campañas políticas, que trabajó como oficial mayor de gobierno y asesor del ejecutivo del estado, que de ahí fue asignado a Pensiones y luego al Consejo Editorial, donde publicó más de 400 títulos de libros de distintos autores y diversos temas.
“Tiene una carrera política importantísima que nunca se le subió a la cabeza. Esa es otra de las grandes cualidades de Arturo: la sencillez. Luego algunos gobernantes se van a la nube y para bajarlos... No es el caso de Arturo”, apunta Francisco De la Peña.
En 1999 el maestro sacó a la luz su Diccionario Biográfico de Coahuila, una de sus aportaciones intelectuales más relevantes, que va ya por la cuarta edición, cinco mil 500 personajes, desde el año de 1550; y a ha escrito, entre otras obras, Murguía, Paradigma de la lealtad, La huella del Benemérito en Coahuila y Juárez y Vidaurri.
“Ese diccionario, yo pienso, le hace justicia a todos esos personajes que pasaron por nuestro estado cumpliendo con una función y que fueron ejemplares, que nos dieron, con su trabajo, un ejemplo a las generaciones que les sucedimos”, dice el ingeniero agrónomo Raúl Martínez Hernández, otro de los amigos más afectuosos de Arturo.
–¿Qué lee?, la pregunta es para el profesor Berrueto.
–Ahorita no leo nada porque no veo, he perdido mi vista, tengo un aparato con el que oigo Vanguardia.
Hoy, a sus casi 96 años, Arturo es presidente del Colegio Coahuilense de Investigaciones Históricas, y suele viajar por todo el estado para presentar libros o impartir alguna plática sobre historia.
Y los desayunos de los martes con su selecto grupo de amigos políticos, en la mesa de un conocido restorán del norte de la ciudad, son una verdadera cátedra cultural del Profesor Arturo.
“Nunca nos falta plática porque siempre hay un tema, desde los temas actuales, que él los recoge y los relaciona con los pasajes históricos, que eso enriquece mucho, tanto la plática como la toma de decisiones después, porque lo que somos hoy es por lo que fuimos ayer”, dice el exgobernador Enrique Martínez y Martínez, quien siendo muy joven trabó amistad con Berrueto cuando el maestro era presidente municipal.
Martínez relata un incidente que le ocurrió al maestro Arturo hace algunas semanas en el desayuno y que a Enrique lo dejó boquiabierto.
“Oímos un golpe seco, el maestro caído con toda su corpulencia, es un hombre alto, corrimos, ‘¿qué le pasó al maestro?’. Algunos compañeros estaban ahí levantándolo. Se levanta el maestro, nomás se da una sacudida y dice ‘vamos a desayunar, porque se nos enfría’. Siguió caminando con esa forma que tiene de ser siempre vertical. Es un hombre que en su sencillez tiene su grandeza”.
La primera vez que el ingeniero agrónomo Raúl Martínez, antiguo amigo del maestro, trató con el profesor fue a finales de los setenta, cuando Berrueto era oficial mayor de gobierno y se trasladó a La Laguna para resolver un conflicto entre la Federación Nacional de Estudiantes de Escuelas Agropecuarias, de la que Martínez era presidente, y los transportistas, debido a los altos cobros en las tarifas.
“Me llamó mucho la atención que era un funcionario muy atípico, muy fuera del funcionario de aquellos años que se sentían como hechos a mano, que en su estatus de funcionarios no bajaban con la gente, y él todo lo contrario. Platicamos en un ambiente de mucha cordialidad y se llegó al arreglo de que el estado iba a participar con el municipio y los empresarios para que hubiera esa consideración en las tarifas de transporte. Esa manera sencilla y humilde de vivir indudablemente que es el reflejo de esa formación que le dio su padre, el maestro Federico. Yo en lo personal lo he procurado desde entonces a la fecha. Recuerdo que me daba consejos...”.
–¿Qué le aconsejaba?
–Que antes de ser cualquier cosa tenía que ser buen estudiante. Me decía, “si eres un dirigente estudiantil tienes que ser buen estudiante, porque si no eres buen estudiante tu vida como líder va a ser demasiado corta, y segundo, entonces sí defender los intereses del estudiantado, pero algo muy importante, tienes que predicar con el ejemplo”.
Esas palabras, dice Martínez, lo marcarían para siempre.
SIN MIEDO A LA MUERTE
Arturo está repasando pacientemente su vida en unas fotografías donde aparece a los tres meses, el torso desnudo, envuelto en el velo de novia de su madre; Arturo y su hermano Ariel vestidos de charros, Arturo con sus amigos en el lago de la Alameda, –“la bola de vagos”, dice–, Arturo en su graduación de la Normal; Arturo beisbolista con sus compañeros peloteros, Arturo en su boda con María Elena, Arturo muchos años después pronunciado un discurso en el Hemiciclo a Juárez, Arturo montando guardia ante la tumba de su padre en la Rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón Santiago, Arturo comiendo con políticos en Palacio de Gobierno, Arturo en una cena con Marisa, su actual esposa, y Arturo en Austin con el presidente Lyndon B. Johnson de los Estados Unidos, “una foto histórica”, revela.
“Aquí estoy yo y Roy Butler, que era el alcalde de Austin, por aquí está mi señora, aquí está la señora Butler, también. Este viejo Johnson fue el que acompañaba a Kennedy cuando lo mataron. Él era vicepresidente y en el avión donde viajaron, después de certificar la muerte de Kennedy, protestó como presidente. Él me contó que uno de sus mejores recuerdos fue cuando se casó en Texas y vino a pasar la luna de miel a Saltillo, se hospedó en el Camino Real”.
–¿Cuándo ha llorado usted?
–Cuando murieron mis padres, cuando murió mijo Arturo. Son penas grandes, la muerte de mi esposa María Elena... Cuando la muerte nos priva de un amor, de un cariño que compartimos por muchos años.
–¿Cuántos años más quisiera vivir?
–Los que diga “El Güero Chuy”.
–¿Tiene miedo a la muerte?
–Fíjese que no. Ya he tenido infartos, dos, he estado muy cerca de la muerte. La he tenido tan cerquita que le digo “quiúbole, ¿cómo andas?”.
