Cosa muy de ver era aquella amable viejecita, blanca y sonrosada, de negro siempre hasta los pies vestida, con su chal, señorita ella de misa y comunión diaria, entrando en aquellos villanos callejones habitados por gente de mal ver y peor vivir
Entre pistas de baile, rusos blancos y noches interminables, el Kumbala fue más que un bar; fue un espacio de encuentro y cultura que vive en la memoria un Saltillo más pequeño, más íntimo, más seguro.
Dos siglos de historia caben en estos muros. Lo mismo guardaron las plegarias de un cura que los apuntes de una estudiante; lo mismo contuvieron cuerpos presos que ideas en fuga. El Centro Cultural Vito Alessio Robles ha sido todo eso: casa, cárcel, refugio y escenario de lo inolvidable.
El Saltillo antiguo se murió y nadie lo veló. Lo disfrazamos de progreso: le pusimos bardas, cámaras, slogans y hashtags. Lo que alguna vez fue comunidad es ahora fraccionamiento cerrado. Lo que fue cielo idílico, ahora nubes de ceniza. ¿Cuánto más tiene que arder esta ciudad para que dejemos de nombrarlo con nostalgia?