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Mineral de Reforma, el pueblo que se derrumbó

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Mineral de Reforma tuvo alguna vez cuatro minas de donde se extraía plata, plomo y zinc. Tuvo escuela, cantina, pista de aterrizaje y hasta tres mil almas viviendo. Recorrimos este trozo del desierto en donde ahora únicamente quedan las ruinas, moscos tesoneros y el recuerdo.

En memoria de don Fausto Ramón Cantú Arocha.

A mi entrada en el Mineral de Reforma me recibe una tortuga de la especie galápago tamaulipeco que va reptando, bajo su caparazón alto y abombado, por la ladera de polvo y piedras, rumbo a la nada o, mejor sería decir, rumbo a lo que queda de un pueblo.

Este es uno de los pocos seres vivientes que aún habitan aquí, después de que en 1958 la mina dejó de funcionar, que paró la mina, que cerró y todos se fueron.

Todos, salvo el enjambre de mosquitos, nubes de mosquitos, que me dan la bienvenida apenas bajo de la camioneta de Humberto Huerta Hernández, alias “El Tigre”, mi guía.

Ya iba para cuatro años que la seca se había instalado acá, que hizo parada acá, que no llovía por acá, llovió y los mosquitos, las tortugas y los, ya de por sí, escasos moradores del sitio se alborotaron, se alebrestaron, se soltaron, dice Humberto.

A lo lejos miro los vestigios de lo que antes fuera el boyante pueblo minero, sus ruinas de adobe y roca, tan solo despojos, cascotes, sosteniendo el cielo, el horizonte hasta sus confines, como si no les bastara sostenerse a sí mismas en pie y sostener el peso del tiempo, que también pesa.

El pueblo es tal y como me lo imaginé, ni más ni menos, pienso mientras miro al galápago alejarse, perderse lentamente entre el monte de tierra pálida y espinos, con el sol, perro sol mañanero, cargado a su concha.

Y pienso que la compasión ha de ser algo así como el deseo de rescatar a una tortuga extraviada en el desierto y llevársela a casa.

Humberto dirá que los turistas que vienen a visitar este desierto tienen vedado sustraer las especies del hábitat, tortugas, aves, las especies.

“Si tienes la fortuna de encontrar una tortuga en el pueblo fantasma es nada más cuestión de verla, tomarle fotos y dejar que siga su camino”.

Los mosquitos, guardianes del Mineral, dando guerra, guerreando los mosquitos.

$!A lo lejos se observan los vestigios de lo que antes fue un boyante pueblo minero convertido en ruinas de adobe y roca.

UN TROZO DEL DESIERTO

Un amigo me había contado de este trozo de mundo refundido entre las montañas de la Sierra La Purísima, a 65 kilómetros de Cuatro Ciénegas, una hora 27 minutos por una brecha infinita, en la región Desierto de Coahuila, a mí me comió la curiosidad y por eso es que estoy acá.

Acá no es destino de turistas esnob, tampoco de hippies ni trotamundos. En cambio, Humberto, mi guía, cuenta de jeeperos, de hombres profanadores del desierto, a bordo de racers, y de investigadores italianos que vinieron al Mineral de Reforma y se metieron hasta los entresijos de sus cuevas-mina, para averiguar de dónde era que provenía el agua que brota en las pozas de Cuatro Ciénegas, el misterio de las aguas de Cuatro Ciénegas.

De vuelta al paisaje: los muros de tierra que hace mucho fueran las casas de los trabajadores del Mineral y sus familias, arquitectura rudimentaria, burda, tosca, ruda arquitectura, dos aguas, ventanitas, al fondo una loma.

Me figuro un museo viviente al aire libre, un parque temático acerca de un pueblo minero que hace mucho quedó abandonado, un pueblo fantasma.

Mientras ando el monte de arbustos filosos con Humberto y José Jaime Espinoza Díaz de León, otro guía que acompaña el safari, me pregunto si esos terrones de adobe hablaran... qué historias me contarían.

Y me da rabia que estos paredones no hablen, que estén ahí nomás para la fotografía, como mudos testigos de algo que fue, pero que ya no es.

$!En algunas cuevas hay rastro de pinturas rupestres, vestigios de civilizaciones antigua.

LA MINA QUE FUE

En otro lugar, en otro tiempo, don Carlos Gutiérrez Recio, el cronista de Cuatro Ciénegas, me revelará que aquí hubo movimiento: que hubo escuela, cine, cantina, varias tiendas, pista de aterrizaje, más de tres mil almas viviendo, movimiento, entre 400 y 420 trabajadores.

“Tenían pista de aterrizaje. Obviamente no había caminos, entonces los empresarios norteamericanos viajaban de Estados Unidos y ahí se quedaban unos días para ver cómo iba el avance, la producción...

“Las muchachas de sociedad, chicas casaderas de Cuatro Ciénegas, iban a Reforma porque llegaban los norteamericanos, ya fuesen los ingenieros o los empresarios, y hacían bailes. Y entonces iban ellas a divertirse, a bailar allá”.

Esto pasó después de que en 1885 la mina de plata del Mineral de Reforma, bautizada como La Fortuna, fuera descubierta por los Ferrara, una familia de ascendencia italiana avecindada en Cuatro Ciénegas, que mineros, procedentes del centro del país, llegaron acá para trabajar de mineros, para vivir como mineros.

Un diccionario geográfico diría esto del Mineral: que contaba con cuatro minas: La Reforma, La Fortuna, El Rosario y La Bruja, que daban plata, plomo y zinc; que La Fortuna era el yacimiento más importante por su producción de 70 toneladas diarias de material, del cual, reza la leyenda, se sacaban entre 10 y 15 kilogramos de plata por tonelada.

En aquellos tiempos, según las crónicas, el mineral era acarreado en carretas jaladas por 16 mulas de cuatro tiros hasta San Juan de Boquillas, de ahí al camino real que partía de Cuatro Ciénegas, de ahí a Lamadrid y de ahí a Monterrey.

Toda una odisea ese viaje, contará don Carlos Gutiérrez.

“Imagínate, venía la carreta de allá de Mineral de Reforma y tenía que llegar a un ojito de agua, un manantial en El Venado, para que las bestias saciaran la sed porque no iban a soportar.

“Y luego continuaban el camino de Lamadrid donde hay mucha agua... Llegaban a Puerto del Carmen, que hay mucha agua, y ahí iban sobreviviendo los animales por esa ruta. Y así le seguían hasta donde había agua, era una odisea tremenda”.

Andando los días, y tras la construcción del ferrocarril, el mineral ya se transportaba en trenes.

“Nomás lo entrenaban, la palabra es entrenar, mucha gente dice embarcar, como si estuvieras en un barco. Entonces aquí entrenaban el mineral”, dice Carlos Gutiérrez, también fundador de la Asociación Estatal de Cronistas de Coahuila.

Era 1894.

Aquí el lector puede imaginar el trajinar del pueblo, los mineros, las madres, los críos.

Ahora nada, nadie, la nube de mosquitos acechando, los ecos apagados de nuestras voces apagadas.

Don Carlos Gutiérrez Recio platicará más adelante de un sindicato rojo en el Mineral, de trabajadores exigiendo beneficios, de privilegios, prestaciones y sueldos inimaginables conseguidos por los mineros, de una empresa encargada de administrar la mina La Fortuna, Peñoles en sociedad con Grupo México, que agobiada por los reclamos de los empleados y las caras rentas que pagaba a los Ferrara Ferriño, propietarios de la veta, tronó y al final decidió irse, sin previo aviso.

“Eran posrevolucionarios los mineros. Esas gentes traían las ideas fuertes de la defensa, sobre todo de los antiguos movimientos obreros, como Cananea, y por ende eran de izquierda, 100 por ciento de izquierda. Toda esa gente sabía defenderse, tenía conocimiento laboral. Un sindicato honrado, que no se vendía, incorruptible, todos ganaban...

“Ya no pudieron los empresarios, hicieron números de producción y venta, dijeron ‘pues vamos a salir muy raspados, vamos cerrando’. La empresa no les avisó a los trabajadores, a nadie le avisó. Ya para el 58 estaba todo cerrado. Ahí dejaron todo, así como está”.

Así como está, dijo don Carlos.

Un reportaje publicado en la Revista Nomádica, número 100, diciembre 2018, cuenta otra cosa: que el derrumbe del precio de los minerales acabó por derrumbar también al Mineral.

Y el artículo denominado “El hombre y las minas: entrevistas”, de Giussepe Savino, consigna testimonios de mineros que hablan de jornadas de 16 horas de trabajo en las profundidades de la mina, por sueldos míseros, hablan sobre malas condiciones sanitarias y de seguridad del yacimiento y hablan de accidentes mortales.

$!En sus buenos tiempos, Mineral de Reforma albergó a más de 400 trabajadores mineros.

PERMISO PARA ACCEDER

Retorno al desierto y escucho la voz de Humberto rogando a los dioses, a las almas dueñas de este lugar, nos den permiso de penetrar en el Mineral.

A las almas, a los dioses, repite Humberto, reza una plegaria y prende una vara de incienso.

Rituales del desierto, me digo.

“Pido permiso a los dioses y a las almas de este lugar para andar aquí y que todo salga bien. Gracias, gracias, gracias”, clama Humberto de cara al cielo.

Y yo recuerdo haber leído en una enciclopedia de Coahuila, una mañana que fui de biblioteca, sobre feroces apaches que bajaban de los Estados Unidos a esta región y tenían asolados, atemorizados, a sus pobladores.

Turbas de indios sanguinarios que mataban niños, mujeres, hombres, sin piedad, y por eso pienso que sí, que lo mejor es pedir permiso a los dioses, a las almas, para entrar.

Y entramos...

Lo primero es una casa, como un castillo, una fortaleza, en medio de las ruinas, techos de zinc a dos faldones, ventanales, portal, plantada sobre una terraza natural, con parapeto de piedra, a la que se accede por una escalinata de concreto.

Humberto elucubra que era la casa de los ingenieros, una casa de estilo gringo, según leo en la Revista Nomádica.

Adentro, muros, pisos, techumbres bien acabadas, y encima de los muros nombres, fechas, leyendas, dibujos pintados con saña, seguramente, por manos de modernas tribus urbanas.

El fundador de la Asociación de Historiadores e Investigadores de Coahuila, Carlos Gutiérrez Recio, dirá que esta es la casa más conservada.

“Es la única que han respetado. Eso ocurrió en los últimos cinco años, eh, antes era totalmente respetado. Así como estaba el pueblo abandonado, era respetado”.

Ya luego vino el saqueo, el vandalismo, que los años y las gentes acabaron por desvalijar el Mineral.

Humberto dice que las cosas han mejorado gracias a que el empresario y político cieneguense, don Fausto Ramón Cantú Arocha, fallecido en marzo de este año, compró el Mineral a los campesinos del ejido también llamado Reforma y situado a unos cuatro kilómetros del pueblo fantasma.

“Antes se metían sin permiso, tumbaban la cerca, hacían basura, rayaban paredes... Yo tengo permiso de los dueños, tengo que llegar por la llave del portón con el tesorero del comisariado y ahí le damos una corta...”.

Pero don Fausto se iría de este mundo llevándose el sueño de convertir al Mineral de Reforma en un destino turístico.

“Quiso impulsarlo como un destino turístico y no alcanzó”, dice Humberto.

Allá, más piedras, más adobe, más ruinas, el desierto erizado de ruinas macizas, espesas, que se alzan hasta el cielo celeste como columnas, como agujas, retando al tiempo.

Si estas ruinas hablaran, que no dirían, pienso.

Los amonites, bivalvos, conchas, almejas, peces que Humberto y Jaime han descubierto en sus correrías por este desierto, hablan de un pasado todavía más remoto, de cuando acá era mar, que todo era agua.

A continuación, Jaime recoge del suelo una roca ocre, áspera, puntiaguda, pesada, me la pasa, la piedra cabe perfectamente en la palma de una mano.

Jaime dice que es metal.

Le pregunto a Humberto si me la puedo llevar...

“Pídele permiso a los dioses, di ‘les pido permiso para llevarme esta piedra, como un recuerdo del pueblo fantasma’”.

Con la venia de los dioses guardo la piedra en mi mochila reportera.

Topamos con una cuesta y sobre la cuesta una roca voluminosa, el cadáver de un árbol que murió de pie, como los árboles, y a lo lejos otra casa, estilo gringo, medio oculta por la maleza de espinos, a la vera el cadáver de otro árbol.

Penetramos por una puerta sin puerta.

El interior es la penumbra.

$!Después de que Mineral de Reforma quedara abandonado, vino el saqueo, el vandalismo, y la gente terminó por desvalijar el Mineral.

LAS RUINAS

La luz del mediodía, que se ha colado a través de otra puerta sin puerta, revela, con un flashazo de sol, dos viejos estantes de fierro, vacíos, dos vitrinas viejas, de fierro, vacías, el cielorraso de maderos, las paredes roídas por el tiempo.

Humberto cree que aquí pudo ser el laboratorio de la mina, a donde los ingenieros traían los metales para analizarlos, quién sabe, tal vez.

Nos adentramos aún más en el Mineral, el sol rostizando la piel, la nube de moscos pegándose a la cara, los brazos, filtrándose por cuanta caverna humana encuentran: ojos, nariz, oídos, boca.

Parece que se hubieran hecho resistentes al repelente que Humberto trajo y con el cual nos rociamos a nuestra llegada.

Y yo pienso que la terquedad ha de ser algo como esto: una nube de moscos tesoneros, pertinaces, obstinados, jorobando.

Abrumado por la sed y el calor oigo a lo lejos, como en una alucinación auditiva, como en un espejismo, la voz de Jaime, el otro guía, que me está confiando el secreto de cómo sobrevivir al desierto en caso de emergencia, cuando se acabe el agua.

Jaime habla de una planta con una penquita al centro, hasta abajo, que es como un pedacito de caña, cojoyo se llama, y es un salvavidas, un traguito de agua en el desierto, traguito salvador.

Le nombran Guapilla.

“Y fíjese cómo es, grávesela, acuérdese cuál es la planta”, me ordena Jaime.

Y yo que soy de vista corta y flaca memoria presiento que se me va a olvidar, y ya se me olvidó.

Ahora sé que por nada del mundo volvería solo y sin agua al Mineral.

$!Imagen del riel por donde bajaban el material en carritos, como un tren en miniatura.

LOS HABITANTES DEL MINERAL

Arribamos a una cueva horizontal que es como una boca abierta, una bocaza, sobre una roca.

En sus paredes no hay rastro de pinturas rupestres, petroglifos, artefactos ni vestigios de civilizaciones antiguas; flota, en cambio, un olor añejo a estiércol de cabra.

Humberto dice que no hace mucho esta cueva, y otras del Mineral, fueron aprovechadas como majadas, corrales de chivas por los vecinos de ejidos aledaños.

Caminamos entre hileras de ruinas, en eso nos sale al paso una caramuela, un milpiés negro, que refulge con el sol.

Consultando con el doctor Google sabré después que este insecto es inofensivo para el humano, menos mal, que se alimenta de plantas en descomposición, que tiende a enroscarse ante una amenaza, que sale con las primeras lluvias del otoño, pero como acá ya llovió, después de cuatro años de no llover, salió.

Acá no todos los encuentros son tan afortunados.

Antes de venir Humberto me habría advertido acerca de otros habitantes del Mineral que no suelen ser tan simpáticos como una liebre orejona, un correcaminos, un conejo, un zorro gris, un mapache, un tejón o un águila.

“Hay víbora de cascabel, coralillos, alicantes, escorpiones, alacranes”, dijo.

Y a mí se me enchinó el cuero.

Ni pensar en acampar una noche aquí siquiera para fotografiar la vía láctea desde el Mineral.

De pronto, no sé por qué, me intriga el cómo serían las noches de los pobladores de este caserío, después de la extenuante faena en las minas.

Carlos Gutiérrez, el cronista de Cuatro Ciénegas, comparte apenas una estampa, un guiño de la vida nocturna del Mineral.

“Algunos han escrito que ahí había mujeres de la mala noche, no, no es cierto. Como todo mineral, antiguo y presente, estaba prohibido que hubiera ese tipo de... Todas las zonas industriales, antiguas y presentes, están cercadas. Tú puedes ir a Hércules, a Laguna del Rey y está cercado. En Reforma era igual, pero aquellos que fomentaban el vicio ya sabían cuándo les pagaban a los mineros, y a unos 500, 800 metros de ahí ponían sus trailas, 20 o 40 muchachas y cerveza...

“En ese entonces Cuatro Ciénegas se alimentaba de mujeres de la Laguna, hasta la fecha, lo que es San Pedro, Francisco I. Madero, no tanto las cabeceras, ahí hay muchos ejidos, y de ahí venían las muchachas. El vicio estaba al día”.

Durante la excursión he visto cómo Humberto va recogiendo la basura que se encuentra botada por el camino y la lleva a su camioneta: un envase de cerveza, una botella vacía de agua purificada.

“Tratamos de dejar el lugar mejor de como lo encontramos”, dice.

El sol en el cenit. Humberto, Jaime y yo ascendemos por una loma resbaladiza, alfombrada de arbustos puntillosos y gordas rocas.

Humberto señala a mitad del cerro una pileta de concreto, como los costados de un barco, que antaño servía para lavar el mineral.

En el fondo de la pila, piedras, el agua de las últimas lluvias.

“Aquí estaba el riel por donde bajaban el material, en carritos”, relata Humberto y apunta con el dedo el sitio donde antes hubo un riel y donde antes hubo carritos.

Más tarde me pasará una fotografía a blanco y negro donde hay un riel, unos carritos, como góndolas de un tren miniatura, y unos mineros, supervisando la acción.

Ahora ya no hay más riel ni carritos ni mineros.

Los carritos se los robaron, el riel, nadie sabe.

“Otras gentes han entrado para acarrear. Había vigas, fierro, vagones, rieles, madera. Muchas cosas valiosas había. Han saqueado. Desde que está solo...”, dirá Gutiérrez Recio.

Desde arriba del cerro diviso una panorámica de postal, el pueblo de Mineral de Reforma todo, con sus ruinas todas.

Escalamos...

Como a mitad de la loma damos con una de las bocaminas del Mineral.

La entrada tiene forma como de pentágono.

Parado en el exterior vislumbro la oscuridad y las entrañas rugosas del túnel.

Humberto dice que pocos forasteros han llegado hasta acá, y de sus clientes turistas nadie conoce el lugar, por lo extremo del sendero.

En uno de estos tiros, el de la Mina La Fortuna, fue que los exploradores italianos del equipo La Venta se aventuraron a bajar a más de 500 metros de profundidad para investigar el misterio del agua que alimenta a Cuatro Ciénegas.

Eran los albores del presente siglo.

El túnel donde ahora estamos es una caverna rojiza y húmeda, efecto de los óxidos de los metales, en contacto con el agua que escurre de las montañas, como resultado de las lluvias recientes.

Más allá es la oscuridad total.

Humberto dice que lo más que ha logrado penetrar en la gruta han sido 100 metros y nada más, pero que su profundidad es mucha.

Un día, don Carlos Gutiérrez caminó todo el túnel, unos 800 a 900 metros, y encontró huellas de puma.

Cuando estoy en la cueva me viene a la mente la imagen del letrero herrumbroso que vi a la entrada con el dibujo de una calavera y la inscripción “PELIFRO”.

Prefiero salir.

$!Una casa de adobe que se mantiene de pie, pero que se ha convertido en el retrato del abandono del Mineral.

MÁS RUINAS

Humberto y Jaime me traen ahora a otro hueco en la montaña.

Es un túnel rectangular de algunos 15 metros de largo donde hay un antiguo mueble, una repisa, una vitrina, vaya a saber.

Humberto especula que aquí fue el comedor de los trabajadores, en otros documentos leeré que no, que era un altar.

Descendemos el cerro.

Humberto conduce hasta una llanura de suelos cobrizos, colorados, que da la impresión de estar en otro planeta, en otra dimensión sumergida en El Mineral.

Aquí no hay espinos ni seres que se mueven, solo un lunar de agua bermellón, la falda del cerro, un árbol y una barranca, roja, de fotografía.

Humberto piensa que aquí tuvo lugar algún proceso metalúrgico propio de las minas, de ahí el color escarlata de la llanura, la hondonada.

El recorrido finaliza con la visita a otras ruinas, más esqueletos de abobe, los colectivos o bohardillas de piedra donde vivían los trabajadores solteros y donde hoy, si acaso, moran sus fantasmas...

Reportero del Semanario Vanguardia. Ha incursionado en el género del reportaje, la crónica y el perfil, en el abordaje de distintos temas, sobre todo con un enfoque social. Es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Autónoma de Coahuila

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