Mejor olvidar a Judas, Anás y a Caifás

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Especial
/ 23 abril 2011

     

    Hoy es el domingo en que los cristianos celebramos la resurrección del Cristo, el judío del cual San Juan dice que su mundo no lo conoció, "el que a los suyos vino y los suyos no le recibieron", y decimos que aparte de no recibirlo, lo procesaron, torturaron y después lo ejecutaron, todo esto en un drama milenario que hoy conocemos como "La Pasión de Cristo", un tema ausente para el pueblo judío, para quienes la justicia es una instancia sagrada con más de tres mil años de antigüedad, al menos desde que Moisés recibió en el monte Sinaí las Tablas de la Ley.

    Y sobra decir que hoy en Israel se jactan de su sistema de justicia, cuya tradición no disminuyó después de la Diáspora, ya que cuando los judíos eran errantes por el mundo, en cada comunidad establecían tribunales rabínicos y, de igual forma, en la actualidad, el Estado de Israel le da tal importancia a la justicia, que la suprema corte de ese país fue edificada en una colina de Jerusalén, por encima de los ministerios y del Knéset (Parlamento), como un símbolo de jerarquía para la justicia en ese país.

    Pero el detalle es que hace dos mil años, en el proceso penal más importante de la humanidad, los jueces del Sanedrín se olvidaron que eran seres humanos antes de impartir justicia y, dado que ellos no podían condenar a muerte, presentaron contra el Nazareno falsas acusaciones para que los romanos pudieran ejecutarlo.

    En la reseña de su libro, "El Proceso de Cristo", el penalista José Luis Romero Apis nos dice que en el histórico juicio se cometieron al menos 96 violaciones a los derechos humanos del Crucificado del Gólgota.

    Lo cierto es que fue arbitraria la consignación del Cristo ante el Sanedrín y el tribunal de Poncio Pilato. Y, aparte de eso, bien sabemos que todos esos personajes languidecen ante la imagen de Judas Iscariote, el apóstol considerado como el más infame de los canallas, el paradigma de la gran traición, el discípulo que se ha convertido en el receptáculo de un fuego de odio que opaca a los villanos del Sanedrín y, con más razón, a los personajes del imperio, los que presumen de haber creado el derecho romano.

    Pero vale decir que aún sus discípulos no eran gente de fiar. Vemos que después de que el Cristo fue capturado en el Getsemaní, sus apóstoles reculan. Es cuando Pedro propone a los demás abandonar al Mesías y decir que ni siquiera lo conocen.

    De ese modo, el Cristo es llevado al palacio de Anás, que ya no era el sumo sacerdote pero que a los judíos les daba más confianza por encima de Caifás, hombre de menos experiencia y de quien dudaban respecto a su capacidad para sostener las dos acusaciones necesarias para hundir al Nazareno; la blasfemia, condenada por los judíos y la sedición, que aseguraba la pena de muerte por parte de los romanos.

    Consumado el propósito del Sanedrín, no debe extrañarnos si acaso hubo gente de otras naciones involucradas en el martirio de Jesucristo. Hay datos de que al mando de Poncio Pilato, en la fortaleza Antonia, había fuerzas que provenían de todo el imperio: nubios del Sudán; pelirrojos de las islas de Bretaña; francos gigantescos de las Galias; alemanes grotescos de melenas rubias, así como los más peligrosos, los traidores que mandó Evaristo desde el más acá.

    Pero vale decir que hoy es Domingo de Resurrección, y lo que menos importa es saber el nombre de los traidores. Mejor es festejar que el Cristo haya salido victorioso de la tumba de José de Arimatea para confirmar la promesa dada a Marta respecto a Lázaro: "Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque esté muerto vivirá". Amén.

    Columna: Reflexiones