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Especial
/ 8 agosto 2013

El no reconocer la victoria electoral de un adversario siempre es un acto polarizante, se pone en duda la decisión de los ciudadanos, se genera descontento

Uno de los indicadores que nos recuerdan que el proceso de democratización de nuestro país está muy lejos de concluir es la propensión de los partidos políticos a no reconocer sus derrotas electorales aún y cuando estas sean evidentes, es difícil encontrar en las últimas dos décadas una jornada electoral que no haya terminado en la impugnación de varias de la victorias asignadas en las urnas, en realidad hoy se da por descontado que algún partido va recurrir los resultados en tribunales, así que en muchos casos la última palabra una elección corresponde a éstos y no al árbitro electoral.

El no reconocer la victoria electoral de un adversario siempre es un acto polarizante, se pone en duda la decisión de los ciudadanos, se genera descontento y resentimiento en una parte del electorado, se mina la credibilidad tanto del sistema electoral, como la de los participantes en el proceso sean estos candidatos o las autoridades encargadas de vigilar la jornada electoral, en cambio, asumir una derrota aún y cuando ésta duela es un acto de madurez, significa reconocer que en democracia no hay vencedores eternos y que en un futuro puedes ser una opción para la ciudadanía.

Como no deseo que mis palabras se malinterpreten voy a clarificar en la medida de lo posible mi punto: en primer lugar creo que todo partido político tiene el derecho de acudir a tribunales cuando éste considere que otros partidos han incurrido en faltas graves a las leyes electorales, dicho de otra forma no espero que los partidos ignoren los atropellos mayúsculos que se han cometido en su contra, lo que sí repruebo es que en automático los partidos acudan a tribunales sin tener pruebas solidas, en los últimos años los partidos han perdido toda la seriedad a la hora de hacer uso de la justicia electoral, una impugnación se ha vuelto un acto mediático, los propios partidos saben que llevan las de perder, pero lo que pretenden es eludir la responsabilidad de la derrota y hacerle creer a sus propios adeptos que hubo factores ajenos al partido que determinaron la derrota electoral.

El último proceso electoral de Coahuila ofrece claros ejemplos del uso mediático de las impugnaciones, tanto el PRI como el PAN saben que los ciudadanos no les dieron el triunfo en varios municipios independientemente del acarreo de votos que realizó el contrario o de los gastos de campaña que erogaron los rivales, ellos impugnan Acuña (en el caso del PRI) o Torreón (en el caso del PAN) para demeritar la victoria del adversario, la razón por las que dichos municipios fueron impugnados es muy clara; la diferencia entre el partido ganador y el que obtuvo el segundo lugar es muy reducida, yo estoy convencido de que si el resultado electoral en Saltillo y Monclova hubiera sido más cerrado dichos procesos también hubieran terminado en los tribunales, de igual forma estoy seguro de que si ellos hubieran ganado en esos municipios nunca se habrían quejado de que el otro partido rebaso los topes de campaña o compró votos en las colonias.

Lo grave es que el no reconocimiento de las derrotas electorales es un mal que aqueja a todos los partidos por igual, en los últimos años hambre mediática se ha impuesto sobre la responsabilidad democrática, para los partidos se ha vuelto más importante el eludir su responsabilidad por la derrota que generar ejercicios de autocrítica con miras a ajustar la estrategia para las próximas elecciones.

Afrontémoslo, prácticamente todas las elecciones tienen incidentes, incluso en países con una larga tradición democrática es difícil encontrar una elección impoluta, lo importante es estar consciente de que no todos estos incidentes ameritan el recurrir a los tribunales, sobre todo cuando un partido se queja de las mismas tropelías que él mismo comete con regularidad. 

En este contexto los ciudadanos y los medios de comunicación debemos de ser más críticos y escépticos con respecto a los partidos que se dicen víctimas de un fraude electoral, así que antes de dar por sentado cualquier alegato es prudente exigir que estos partidos presenten pruebas solidas y suficientes que avalen su dicho, ya que de lo contrario los ciudadanos y los medios de comunicación corremos el riesgo de convertirnos en una marioneta que repita exactamente la historia que los partidos políticos desean contar. Por ejemplo muy pocos en Coahuila han criticado la actitud del PRI y del PAN de ir a tribunales cuando en términos generales se vivió una elección limpia y pareja. Sobre todo porque sí la ambición de los partidos impera y se repite una elección la ciudadanía no gana nada, dicho proceso le va costar a los contribuyentes, los partidos políticos van a utilizar las mismas mañas y muchos individuos van a perder la confianza en el sistema democrático.

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