El poder de las redes sociales
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Antes los periodicazos eran tan efectivos que no solo mataban moscas sino famas y carreras de políticos. Sin embargo, existía el freno de la denuncia de calumnia o difamación que hacía que lo que era evidente en el barrio fuera solamente comentado en la plaza y la fuerza de la verdad se diluía en su propia bilis.
El rigor que se exigía en las pruebas de la denuncia, la amenaza de consecuencias futuras para el denunciante y su familia extensa, el interminable procedimiento burocrático judicial hacían que cualquier denuncia prácticamente era improcedente, inefectiva, altamente peligrosa y desalentaba de antemano a cualquier ciudadano que quisiera corregir cualquier acto de corrupción tan visible como el siempre explicable enriquecimiento instantáneo.
La prensa era la única que acumulaba con sus años de oficio la experiencia suficiente para denunciar -solamente cuando era oportuno-, cuando tenía no solo los pelos en la mano sino todos los necesarios ingredientes políticos, sociales, religiosos y económicos (las fuerzas vivas que apoyaban o dejaban colgado de la brocha al reportero).
De esa manera el poder de la verdad, el cuarto poder, el poder de la información -llámelo como Usted quiera- quedaba chimuelo y amordazado. La tan cacareada libertad de expresión que se anuncia como un sagrado sacramento tanto de la democracia como de la libertad humana, en realidad como todas las libertades del hombre, está condicionada a las circunstancias de la vida diaria, siempre es tan importante como el pan de cada día: el empleo, la salud, la seguridad familiar, el presente y el futuro, las relaciones de bienestar y el compromiso con otras personas. Estas son algunas de las muchas circunstancias que norman y restringen la libertad humana, incluyendo la de expresión.
Estas circunstancias limitantes fueron siempre el salvavidas de los políticos corruptos. Las murallas que los volvieron no solo intocables sino extrajudiciales. No estaban sujetos, como cualquier ciudadano, a las caricias del ministerio púbico por más periodicazos y evidencias que les quitaran el maquillaje de honorables.
Nadie se imaginaba que la libertad de expresión pudiera llegar a tener una arma de la verdad gracias a una herramienta cibernética que la libraría de la autocensura de las circunstancias. Hoy vemos con gran sorpresa y satisfacción como las redes sociales están desencadenando la denuncia de la corrupción y como a consecuencia de ello van cayendo regímenes y economías corruptas y explotadoras. Tanto la Revolución de Egipto como el triunfo de Obama son algunos ejemplos.
El régimen de Peña Nieto tiene la misma estrategia y la misma estructura del sistema político del PRI. Sin embargo, no tiene, como antes, el arma de una censura ilimitada que sostenía su poder político. Las redes sociales con sus denuncias se han convertido en un poder moral que ya está muy por encima de los poderes de la mentira que cobijaron durante décadas la corrupción. Una pudrición que logró corromper al mexicano de tal manera que lo convenció de que el robo y la mentira eran lo bueno, y la honradez y el respeto eran lo malo.
Si Usted cree que en México todo está corrupto, asómese a las redes sociales y encontrará al México sano y auténtico que cree en la verdad y la justicia..