Fanny Chambers Gooch: la estadounidense que entró a Saltillo por la puerta de otras mujeres
Una escritora estadounidense convirtió su vida en el Saltillo del siglo XIX en un libro de casi 600 páginas. Pero para comprender la ciudad necesitó a Pomposita, Liberata, Juanita y las mujeres del mercado: maestras, cuidadoras y trabajadoras que rara vez pudieron firmar su propia historia.
¿Quién le explica una ciudad a una persona extranjera?
No basta con señalarle sus calles. Hay que decirle cómo se abre una puerta demasiado pesada, de dónde llega el agua, por qué una mujer no suele ir sola al mercado, cómo se negocia el precio de los alimentos, qué palabras sirven para nombrar el duelo y quién permanece junto a una cama cuando la enfermedad vuelve inútiles los mapas.
Está es la historia de Fanny Chambers Gooch. Como supondrán, no es oriunda de Saltillo en ninguna de sus etapas. Pero sí es un personaje que nos permite, desde los ojos de un gran otro, ver cómo nos vemos. O bueno, cómo nos veíamos. En concreto como una mujer veía a otras mujeres.
Y es por supuesto, una historia enfocada en la mirada y el acompañamiento femenino en la historia. Esa deuda de género siempre insaldable, pero sobre la cual siempre puede hacerse aunque sea un pequeño esfuerzo. Al menos lo intentaremos en esta sección.
Fanny Chambers Gooch llegó a Saltillo en el siglo XIX y creyó que venía a observar un mundo desconocido. La ciudad, sin embargo, también la observó a ella. Entre ambas miradas quedaron una casa de adobe, un patio, la Calle Real, el Ojo de Agua, un mercado gobernado principalmente por vendedoras y varias mujeres que le enseñaron a habitar aquello que al principio sólo podía contemplar como extraño.
En 1887 publicó Face to Face with the Mexicans, un volumen de 584 páginas y alrededor de 200 ilustraciones (las usaremos para dar imagen a este artículo) dedicado a la vida doméstica, educativa, social, comercial, política y cultural de México.
Desde el subtítulo presentó el libro como el resultado de lo visto y estudiado por una mujer estadounidense durante siete años de convivencia y viajes. Esa identificación no era incidental. Fanny reclamaba para sí una autoridad poco común: la de una mujer que miraba, investigaba y publicaba.
También anunciaba el límite de su mirada. No escribió simplemente sobre México, sino sobre México visto por una estadounidense blanca, angloparlante y con recursos suficientes para viajar, alquilar una gran casona y disponer de trabajadores domésticos. Ser mujer le abrió escenas que muchos cronistas varones ignoraron; su nacionalidad, clase y cultura la llevaron a convertir otras escenas en rarezas. Por eso su libro es valioso, incómodo y profundamente humano: preserva vidas que de otro modo quizá no conoceríamos, pero las preserva dentro de las categorías de quien tuvo el privilegio de narrarlas.
Una casa desde la cual mirar
El primer capítulo, “A New Home and New Friends”, comienza en Saltillo. Fanny describe una ciudad de alrededor de 20 mil habitantes, levantada sobre la meseta de Buenavista y rodeada por la Sierra Madre. Registra el Ojo de Agua y las cañerías de barro que llevaban el líquido hasta las fuentes públicas; menciona San Lorenzo, las huertas de los pueblos indígenas cercanos, las fábricas de lana y algodón, la elaboración de rebozos y los sarapes que ya daban identidad comercial a la ciudad.
La Calle Real —actual calle Hidalgo— le permitió superponer el presente y la historia. Imaginó por ella el tránsito de Hidalgo, las tropas estadounidenses, los ejércitos franceses y la restauración de la República. En esa calle contempló, desde su propia posición, la memoria de invasiones y resistencias. Luego escribió que una mujer estadounidense podía instalar pacíficamente allí sus “dioses domésticos”.
La frase es reveladora: después de una historia narrada mediante hombres, ejércitos y banderas, Fanny coloca una casa como punto de entrada.
No se trata de un gesto menor. Buena parte de la historiografía decimonónica entendió lo histórico como aquello que sucedía en gobiernos, batallas y vidas masculinas. Fanny no abandonó esos temas, pero eligió empezar por puertas, ventanas, pisos, techos, utensilios, comida, criados, visitas y conversaciones.
La casa que el grupo alquiló era una antigua mansión de adobe, de una sola planta, construida alrededor de un patio con fuente. Tenía jardín, huerta, corrales, una pila alimentada por manantiales y habitaciones cuyas dimensiones le parecieron desmesuradas. Fanny describió las puertas capaces de permitir el paso de carruajes, los muros de varios pies de espesor, las ventanas enrejadas, los pisos bruñidos con una tierra rojiza y los techos planos que podían convertirse en una amenaza durante las lluvias.
Su curiosidad produjo observaciones minuciosas, pero también comparaciones constantes con Estados Unidos. Lo mexicano aparece a veces como ingenioso y admirable; otras, como antiguo, primitivo o cómico. La casa es al mismo tiempo espacio material y máquina de producir otredad: todo aquello que no coincide con sus hábitos se vuelve espectáculo.
La otredad, sin embargo, nunca opera en una sola dirección. Fanny llamó la atención porque era extranjera, porque hablaba mal el español y porque transgredía normas locales. Cuando decidió ir al mercado, una multitud la siguió. Ella convirtió a los saltillenses en personajes de su relato; los saltillenses la convirtieron durante unas horas en el acontecimiento de la calle.
Pomposita: la mujer que le dio palabras
Fanny había estudiado gramática antes de llegar, pero descubrió que el español impreso no bastaba para comprender el idioma hablado. Entonces apareció doña Pomposita R., una joven saltillense cuyo apellido quedó reducido a una inicial.
Pomposita no sabía inglés y Fanny apenas podía expresarse en español. Aun así, comenzó a enseñarle mediante gestos, guiños, movimientos y una paciencia que, según la escritora, no cedía hasta que ambas lograban entenderse. Una tarde se sentaron en el patio a hablar de Don Quijote: una conocía la novela en español y la otra en inglés.
Recordaron episodios, se ayudaron con el cuerpo y terminaron riéndose de que la enorme casa se pareciera a la ínsula Barataria gobernada por Sancho Panza.
La escena permite ver cómo dos mujeres producen conocimiento sin compartir idioma. Pomposita no aparece como profesora, traductora ni autora. Sin embargo, desempeñó las tres funciones. Le dio a Fanny el acceso oral que la gramática no había podido darle y convirtió una obra literaria en territorio común.
Al caer la tarde, Pomposita se levantó para volver a casa antes que su esposo, Pancho. No quería que él llegara y no la encontrara. Ahí aparece la disciplina doméstica del matrimonio: una mujer capaz de atravesar lenguas y culturas seguía organizando su tiempo alrededor de la presencia del marido. Antes de marcharse abrazó a Fanny y le pidió que no olvidara que era su “amiga y hermana”.
No hay que reducir a Pomposita a víctima de una norma patriarcal ni convertirla artificialmente en heroína liberada de su tiempo. El texto muestra una agencia situada: podía enseñar, decidir, visitar, cuidar y construir una amistad, pero lo hacía dentro de un orden que esperaba que estuviera en casa cuando llegara su esposo. La contradicción no debilita su figura; le devuelve espesor.
Liberata: dieciséis años frente a la historia
Antes de Pomposita, el libro presenta a Liberata, una joven de 16 años perteneciente a una familia distinguida de Saltillo. Fanny la describe como descendiente de andaluces y recuerda su relación con sus hermanos José María y Benito. Su madre había muerto cuando era niña y José María asumió buena parte de su crianza, incluso la compra y confección de su ropa.
El hermano quería que conociera métodos estadounidenses de cocina y administración doméstica. Traducía recetas de Harper’s Bazar y le pedía que las preparara. Los resultados, cuenta Fanny, podían terminar en platillos incomprensibles debido a traducciones imperfectas. La anécdota parece ligera, pero expone una pedagogía de género: la modernidad extranjera ingresaba a la casa como una instrucción dirigida a una adolescente encargada de convertir palabras en comida.
La fuente directa obliga a corregir una lectura anterior. Liberata no es presentada como indígena: Fanny la vincula con antepasados andaluces. El pasaje siguiente atribuye rasgos asociados por la autora con un origen indígena probablemente a Pomposita, aunque la sintaxis del original resulta ambigua. La cautela importa porque una paráfrasis descuidada puede imponerle a una mujer histórica una identidad que el documento no sostiene.
Fanny contrapuso físicamente a sus dos amigas y después las reunió por su generosidad. Ambas la ayudaron a adaptarse a lo que llamó el extraño orden de las cosas y la introdujeron en los “misterios” de la economía doméstica. La expresión contiene fascinación, pero también distancia: los saberes que para las saltillenses eran cotidianos se convertían, bajo la mirada extranjera, en secretos de una cultura ajena.
El duelo cuidado por mujeres
La relación dejó de ser una curiosidad cultural cuando murió Emma, la hermana de Fanny. La noticia la sumió en un duelo profundo y después vino una enfermedad prolongada. Los demás integrantes de su grupo estaban fuera. Pomposita, Liberata y otras amigas ocuparon su lugar: permanecieron junto a ella de día y de noche, llevaron alimentos, recibieron mensajes, se vistieron de negro en consideración a su pérdida y organizaron una red de atención alrededor de la enferma.
Pomposita, pese a su juventud, se convirtió en su enfermera principal. La acompañó durante las noches de fiebre y le recordó la promesa de tratarla como hermana. Fanny presentó estos actos como ternura, amistad y disposición natural de las mujeres mexicanas. Una lectura de género puede reconocer el afecto sin disolver el trabajo dentro de él.
Cuidar requiere conocimiento, tiempo, esfuerzo físico y renuncia. Preparar alimentos para una persona enferma, vigilarla durante la noche, sostener su duelo y coordinar visitas son labores. Que se realicen por amor no las vuelve espontáneas ni gratuitas. El libro pudo escribirse, en parte, porque otras mujeres mantuvieron viva a su autora cuando ella no podía sostenerse sola.
Aquí aparece una dimensión más profunda de la mirada femenina. Fanny no sólo observó a las mujeres de Saltillo: dependió de ellas. Su conocimiento de la ciudad no nació de una distancia objetiva, sino de una intimidad construida con traducción, compañía y cuidado. El mundo femenino no fue un capítulo accesorio de su experiencia mexicana; fue la infraestructura que hizo posible la experiencia.
El mercado de las mujeres
En el segundo capítulo, Fanny relata su decisión de ir personalmente al mercado. Pancho, el mozo de la casa, le advirtió que no era costumbre que una señora hiciera esa tarea. Ella lo interpretó como una forma de encierro: quedarse detrás de puertas y barrotes, sin ejercicio ni contacto con la calle, le producía una sensación de opresión.
Su salida alteró el orden habitual. Personas curiosas comenzaron a seguirla y el grupo creció en cada esquina. El mercado era un edificio abierto en el centro de una plaza. Sobre mesas pequeñas y petates, comerciantes —“principalmente mujeres”, precisa la autora— vendían frutas, verduras, semillas y otros productos.
La observación es decisiva para una historia de las mujeres en Saltillo. Mientras los relatos políticos del siglo XIX acumularon nombres masculinos, el mercado mostraba a mujeres ocupando el espacio público mediante el trabajo. Vendían, fijaban precios, preparaban alimentos, atendían clientes, cuidaban niñas y niños y sostenían economías familiares. No eran visitantes de la ciudad: eran parte de su funcionamiento.
Fanny registró bebés debajo de las mesas, sobre petates, a la espalda de sus madres o entre montones de verduras. Su prosa cae aquí en la caricatura racial y de clase: convierte la pobreza y los cuerpos infantiles en espectáculo humorístico. Pero incluso ese pasaje permite ver una realidad que la mirada burguesa no sabía nombrar como trabajo: muchas vendedoras realizaban simultáneamente labores productivas y de cuidado.
Las mujeres del mercado también observaron a Fanny. Tocaron la tela de su vestido, le preguntaron de dónde venía, qué pensaba del país y si tenía miedo de los mexicanos. Cerraban, según ella, con una expresión de compasión por encontrarse lejos de casa. La extranjera acudió creyendo que inspeccionaría un mercado y terminó sometida a preguntas. El objeto de estudio devolvió la mirada.
Fanny aprendió allí sobre tortillas, tamales, atoles, barbacoa y otras preparaciones. Una vendedora cantaba y hacía cruces frente al fuego mientras cocinaba tamales; otras le explicaron recetas. Lo que ella describió como aventura exótica era también una red de saberes femeninos sobre alimentación, comercio y reproducción de la vida.
Juanita, la niña a quien llamó “Little John”
El capítulo tercero introduce a otra figura: Juanita, una trabajadora doméstica de apenas 14 años, casada con uno de los mozos. Fanny, todavía incapaz de comprender bien los diminutivos, comenzó a llamarla Little John y mantuvo el apodo durante el tiempo que trabajó para ella.
Juanita gastó el salario de ambos en tela y ropa para su marido. Sentada sobre el piso, cortó y cosió dos camisas con una precisión que Fanny admiró. También compró zapatos para él mientras ella conservaba apenas un vestido y medio. La autora universalizó la escena como prueba de la abnegación femenina. Vista hoy, habla de una adolescente casada cuyo trabajo remunerado y de costura se volcaba en el cuerpo y la autoridad del esposo.
El episodio más duro ocurrió cuando Fanny le ordenó preparar unos pollos de una manera que el marido había prohibido. Al regresar, él le quitó los animales, la reprendió con furia y la hizo llorar. Juanita pidió perdón y prometió no volver a desobedecer. La pareja abandonó la casa. Fanny relató el conflicto con humor y curiosidad, incluso comparó la escena con un espectáculo. No nombró violencia conyugal, aunque dejó registrados el miedo, la vigilancia y el castigo.
Éste es uno de los límites más claros de narrar el mundo femenino desde ojos femeninos: compartir género no elimina las diferencias de edad, clase, raza, nacionalidad o poder. Fanny podía reconocer la desigualdad entre Juanita y su esposo y, al mismo tiempo, ejercer autoridad patronal sobre ella y convertir su sufrimiento en una anécdota para el lector estadounidense.
La mirada de una mujer no es necesariamente feminista. Pero puede dejar visibles habitaciones, labores y violencias que otra mirada decidió no considerar históricas.
Una mujer que observa también puede producir otredad
En el prólogo, Fanny reconoce que llegó como extranjera y que sus primeras impresiones cambiaron con la convivencia. Quería corregir el desprecio con el que muchos estadounidenses hablaban de México y promover una relación más respetuosa entre ambas repúblicas. Dedicó el libro a sus amistades mexicanas y afirmó que el contacto cercano le había revelado la cultura de los hombres y el corazón afectuoso de las mujeres.
La intención era conciliadora, pero su lenguaje conservó jerarquías. México aparece como civilización que debe ser descifrada; las prácticas populares, como supervivencias primitivas; las mujeres pobres, indígenas o trabajadoras, como tipos pintorescos. Su relato discute la hostilidad estadounidense y reproduce, a la vez, parte de la estructura que convierte al otro en objeto legible para Occidente.
No necesitamos absolverla ni cancelarla. Necesitamos leer la relación de fuerzas que hizo posible el libro. Fanny era una mujer limitada por las normas de su época, pero también una viajera con dinero, servicio y acceso editorial. Pomposita y Liberata podían enseñarle Saltillo; Juanita podía trabajar para ella; las comerciantes podían darle recetas. Sólo Fanny pudo reunir esas experiencias, firmarlas y venderlas como conocimiento.
Ahí reside la paradoja documental. El libro reduce a varias mujeres a un nombre, una inicial, una edad, una relación doméstica o una descripción corporal. Al mismo tiempo, evita que desaparezcan por completo. Sin Fanny quizá no sabríamos que una adolescente llamada Liberata experimentó con recetas estadounidenses; que Pomposita usó Don Quijote para atravesar una frontera lingüística; que Juanita cosía con extraordinaria habilidad; o que el mercado de Saltillo estaba sostenido principalmente por mujeres.
Leer a Fanny hoy exige invertir parcialmente la dirección de su mirada. No preguntarnos sólo qué vio la extranjera, sino quiénes hicieron posible que pudiera ver. No quedarnos únicamente con la autora, sino buscar a las traductoras, cuidadoras, trabajadoras y vendedoras que quedaron alrededor de su firma.
¿Quién escribió realmente esta ciudad?
Face to Face with the Mexicans es una fuente excepcional para conocer la vida cotidiana del Saltillo decimonónico, pero no es una ventana transparente. Es una mirada situada, atravesada por el afecto, la curiosidad, el privilegio y el prejuicio. Su mayor valor no consiste en decirnos exactamente cómo era la ciudad, sino en permitirnos observar el encuentro —y la desigualdad— entre una mujer que pudo narrarla y otras mujeres que le enseñaron a hacerlo.
La historia de Fanny también abre una investigación pendiente. Los padrones, registros parroquiales, protocolos, expedientes judiciales y directorios de la época podrían ayudarnos a reconstruir los apellidos de Pomposita y Liberata, sus familias, domicilios y trayectorias. El problema no es sólo encontrar datos: es reconocer que los archivos fueron diseñados para registrar propiedades, autoridades y linajes con mayor precisión que amistades, cuidados o conversaciones entre mujeres.
Fanny conservó la casa, el patio, la Calle Real y el mercado. Conservó también, aunque de manera incompleta, a las mujeres que le tradujeron Saltillo. Pomposita le dio palabras. Liberata compartió con ella la intimidad de una familia. Las comerciantes le mostraron una economía femenina a plena luz del día. Juanita dejó ver el costo de una obediencia que la narradora todavía no sabía llamar violencia.
Entre todas produjeron una memoria.
¿Lees con regularidad Historias de Saltillo y quieres leer las fuentes directas? Puedes consultar Face to Face with the Mexicans, de Fanny Chambers Gooch, publicado en Nueva York por Fords, Howard & Hulbert en 1887.
La edición facsimilar está disponible en Internet Archive; los pasajes relacionados directamente con Saltillo se encuentran en el capítulo I, páginas 33 a 59; el capítulo II, páginas 60 a 83; y el capítulo III, páginas 84 a 101. También puedes revisar “Fanny Chambers y las mujeres saltillenses (1879-1884)”, publicado en la Gazeta del Saltillo de enero-abril de 2025, página 3, que reúne una traducción de los pasajes sobre Pomposita y Liberata.
Para conocer la trayectoria biográfica y la cronología documentada de la escritora, puede consultarse la semblanza “Fanny Chambers Gooch Iglehart” de la Texas State Historical Association.