Ronda la Muerte: "Yo me veo frente a su tumba llorando algún día".

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Opinión
/ 20 noviembre 2010

 Martha Kornblith

"Martha Kornblith: (1959-1997). Poeta venezolana nacida en Lima, estudió comunicación social y letras en la Universidad Central de Venezuela. Formó parte del grupo literario Eclepsidra, en cuyo colectivo "Vitrales de Alejandría" (1994) aparecieron poemas suyos. Su obra poética está recogida en "Oraciones para un Dios Ausente" (Caracas, Monte Avila, 1994). Antes de quitarse la vida había terminado un nuevo cuaderno, que editará Pequeña Venecia".

Esta es la ficha que identifica a Martha Kornblith en la compilación de Julio Ortega, "Antología de la Poesía Latinoamericana del Siglo XXI. El Turno y la Transición". (Edit. Siglo XXI, México, 1997). Valiosos pero duros datos. Más dura aún, en la esfera de la emotividad, la poesía que esta mujer suicida pudo escribir mientras su cuerpo proyectó sombra sobre la tierra.

Ella es ya una poeta muerta, como Virginia Woolf, como Sylvia Plath, como Alejandra Pizarnik y como otras mujeres poetas que decidieron abandonar la vida por razones tan extremas como indiscutibles. Morir fue su destino elegido, aunque ignoro si en la demencial geometría del sino uno elige o es electo.

Hay algo de fatal en sus versos, algo de presagio y de premonición. ¿Es Henry James quien dice: "Uno sabe, de alguna manera, cuál será su final porque nació para ello"? El final de Martha Kornblith estaba en sus poemas como una cifra, legible quizá para la quimérica psiquiatría o para los cofrades: "No hay nada que me duela más / que el dolor de mis padres / por sus padres muertos."

Dolor es la clave, en la poesía de Martha y en la vida de los seres humanos: su presencia entre nosotros ni siquiera necesita de demostración. En unos cuantos versos, Darío lo dice de manera contundente en su poema "Lo fatal": "No hay dolor más grande que el dolor de ser vivo", repitiendo como pocos esa certeza que los antiguos ya conocían y que los aún vivos conocemos, ¿cómo no?

Ronda la muerte en la poesía de Martha Kornblith, y como en el lienzo de Munch -"El grito"-, la vieja angustia ulula entre sus versos: "Ansiábamos entre los muros / un horizonte que no veíamos / como un anuncio que promete / una isla de mares cristalinos", dice en su inquietante "Clínica Monserrat".

Pero no hay retórica en esto, no hay palabrería pseudolírica. Es una mujer dislocada la que habla, una mujer abastecida de dolor suficiente y quién sabe si necesario. Habla, gime una mujer: "En todas las casas / habitará una poeta / -loca además- / como aquellas que sostienen / a duras penas / sus propias biografías desdeñables:", confiesa en su poema "Saga de la familia".

Y, como siempre, es un/a poeta quien nos dice.

Nosotros somos su poema.

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