Un aprendiz de reportero
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Lo que es la inexperiencia. Nunca acaba uno de aprender y creo que más en este oficio, donde todos los días se topa uno con situaciones y fenómenos disímiles
No es el caso, por ejemplo, de un obrero que trabaja en una manufacturera; o de la dependienta de una mercería, que viven sujetos, más o menos, a una misma rutina.
Me sucedió cierta vez que fui enviado, con un fotógrafo, a cubrir la explosión de un pocito en Sabinas, justo en el corazón de esa zona de dolor que llaman la Carbonífera, donde habían parecido siete o nueve mineros, no recuerdo exactamente cuántos.
La cosa es que arribamos casi anocheciendo al sitio de la tragedia. Todo era llantos, indignación, ánimos crispados y el eterno reclamo de las familias de los muertos que, cada que se suscita este tipo de accidentes, reprochan al Gobierno su indolencia y falta de voluntad para mejorara las condiciones en que operan los pocitos de carbón, que son prácticamente unos mataderos.
Una semana entera duró el rescate de los cuerpos y, por tanto, nuestra estadía, casi sin dormir, afuera de la mina, donde el olor a muerte flotaba por todos lados en aquella atmósfera tensa.
Por esos días se había desatado el rumor, sin que los periódicos lo dijeran, de que el crimen organizado se habían hecho con el control de los pocitos de carbón en aquella zona.
Y yo andaba siempre con los nervios de punta, sobre todo por la forma en que los parientes de los fallecidos mineros nos echaban de las funerarias, cuando acudíamos para reportear los velorios.
Nos corrían diciéndonos que nos fuéramos a la verg... váyanse a la verg..., y amenazaban con rompernos los equipos a mí y a mi compañero fotógrafo, que hacíamos lo imposible por conducirnos con respeto y diplomacia, pero la gente no aflojaba.
Volvimos otra mañana al lugar de la explosión, todavía atestado de gente. Ya estaba yo muy nervioso, cuando en unas de esas se me acerca una señora por la espalda, seguramente la hermana o esposa de alguno de los caídos, y me dijo con suma desesperación y enfado oiga, los baños ¡están sucios!.
Extrañado, me volví para verla y nervioso, como estaba, contesté: ¿y?, yo soy de la prensa , y me alejé de ella, pensando que yo no era el limpiabaños de nadie.
La mujer aún más encabritada me siguió y se plantó delante de mí, creí que me iba a cachetear, y espetó ¡por eso!, y se marchó sin más. Yo quedé como atolondrado.
Después caí en la cuenta que mi obligación como reportero era haber escrito una nota para el periódico diciendo que los baños portátiles, afuera del lugar de la catástrofe, estaban hasta la madre de mierda y nadie hacía nada por remediarlo, ¿Será?
Días más tarde me encontré con aquella mujer, a la que no había reconocido, y le pedí que me platicara en entrevista la historia de su marido atrapado en el fondo del pozo. No había terminado de decirle cuando la señora enfurecida me mandó prácticamente a la goma, ahora sí viene porque se le ofrece ¿verdá?, váyase, no moleste.
Yo me alejé con la cola entre las patas y pensando: Vaya, lo que es ser un aprendiz de reportero.