Desobedecer sin perder la brújula
En el contexto de la marcha del 8M en Saltillo, la tragedia no está en la diferencia, sino en olvidar quién es el adversario
La figura de Antígona se ha convertido en uno de los símbolos más poderosos de resistencia moral en la filosofía política, el derecho y el pensamiento feminista. En la tragedia Antígona, escrita por Sófocles, Antígona decide desobedecer el decreto del rey Creonte, quien prohíbe enterrar a su hermano Polinices. Por eso, mientras su hermana Ismene duda, teme y prefiere obedecer para sobrevivir, ella decide actuar aunque sabe que será castigada.
Cuando Antígona es descubierta y condenada a muerte, Ismene cambia de postura y declara que quiere compartir la culpa y el castigo con su hermana, pero Antígona la rechaza y le responde que no puede reclamar el mérito del acto si no tuvo el valor de hacerlo cuando era el momento.
Ismene encarna esa prudencia que muchas veces se presenta como neutralidad, esa aparente “apoliticidad” que en realidad termina sosteniendo las reglas del poder. Antígona, en cambio, encarna otra posibilidad, la de quienes se atreven a obedecer a la conciencia antes que al poder.
En el ajetreado marco de la marcha feminista del 8m, esta lectura me hace pensar en Antígona y también en Ismene. No porque el feminismo necesite heroínas perfectas, sino porque se ocupan mujeres reales y humanas enfrentadas al peso del poder y a sus propias contradicciones.
Algo parecido ocurre en nuestras luchas feministas. En el camino aparecen desacuerdos, tensiones, decisiones que podemos o no resolver, pero la tragedia no está en la diferencia, sino en olvidar quién es realmente el adversario. Son más las cosas que unen a Antígonas e Ismenes que las que las dividen. Al final ambas poseen la misma sangre, pertenecen a la misma familia porque son hermanas, de la misma manera que las mujeres, aunque de maneras diversas, experimentamos situaciones que nos oprimen, discriminan y violentan bajo una misma estructura patriarcal.
Las marchas feministas nacieron de ese impulso. No del acuerdo absoluto ni de la unanimidad, sino de la convicción profunda de que la injusticia no puede aceptarse como destino. Por eso duele cuando el camino se confunde. Cuando el miedo, las diferencias o las coyunturas nos hacen perder de vista el horizonte común.
Por eso hoy, más que nunca, necesitamos volver a mirar la brújula. Ajustarla si es necesario. Volver a las bases, recordar las causas. Porque esta lucha no empezó con nosotras y tampoco terminará con nosotras.
Como profesora, desde hace tiempo mi brújula han sido, además de mis hijas, mis alumnas. A quienes llevamos una parte de nuestra vida en esta lucha, a veces el cansancio nos alcanza y el desgaste es demasiado profundo. Pero su energía, su coraje, su juventud, su valentía nos hace continuar, nos regresan al centro y nos recuerdan por qué iniciamos, por qué no nos fuimos y por qué no nos vamos.
En lo personal me llena de esperanza saber que las mujeres que hoy tengo el privilegio de acompañar no solo en las aulas sino en las calles, serán quienes sostengan y amplíen esta lucha. Serán quienes cuidarán y acompañarán a mis hijas y a todas las generaciones que vienen detrás.
Están listas para ajustar la brújula y sembrar más semillas Antígonas, de esas que obedezcan a su conciencia, más que al poder. Y cada vez que alguien se atreve a cruzar esa frontera, lo imposible empieza a cambiar de lugar.