NosotrAs: Cómo se construyó el mito de la madre mexicana

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De Tonantzin al ideal de la madre abnegada, la historia mexicana ha construido modelos de feminidad que vinculan el valor de las mujeres con la maternidad, el sacrificio y el hogar

NosotrAs: Cómo se construyó el mito de la madre mexicana

A lo largo de la historia, la mujer mexicana ha desempeñado un papel muy específico en la sociedad: el de madre y esposa —no cualquiera, sino una buena, abnegada, doméstica, amorosa y con otras muchas cualidades afines—.

Nos remontamos al México prehispánico, con Tonantzin (del náhuatl: to-, nuestro; nantli, madre; -tsin, diminutivo reverencial), término que se traduce como “nuestra venerada madre” o “nuestra madrecita”. Era la diosa de la tierra y la fertilidad.

Miriam López Hernández hace un estudio de las sociedades prehispánicas en La maternidad entre los nahuas prehispánicos y otros grupos mesoamericanos. Un acercamiento desde las fuentes etnohistóricas y la arqueología (2020), en donde concluye que maternar siempre ha sido una de las actividades centrales de la mujer y que esto ha influido en la creación de su identidad de género.

A lo largo de la historia humana, las connotaciones que se le asignan al cuerpo femenino derivan de su poder de reproducción. Esta capacidad marca su identidad desde temprana edad, pues, al comienzo de su educación, se les dirige hacia la maternidad. Así, esta se convierte en una construcción cultural marcada claramente por el género. La vivencia de su sexualidad y de su cuerpo está regida por ella, desde su primera menstruación, sus continuos embarazos, partos, puerperios y periodos de lactancia hasta que llega la menopausia.

De esta forma, nos encontramos ante sociedades en las que las mujeres representaron la esencia de la vida comunal y de la supervivencia del grupo, además de ser las proveedoras del sustento y de la reproducción social.

El peligro al que se exponía la mujer se comparaba con el que vivía un guerrero que luchaba por su grupo, pues ambos servían a su comunidad contribuyendo a su permanencia.

Con la llegada de los españoles, la figura de Tonantzin evoluciona a la Virgen María, figura que sigue presente en la cultura mexicana, perpetuando la adoración a la madre.

Patricia Fogelman hace un estudio crítico de la imagen de la Virgen María en el periodo colonial y de cómo esta figura se vincula con las representaciones de la feminidad en los ámbitos social y cultural.

En buena medida, la literatura mariana es fuertemente cristocéntrica. Casi todas las obras, tanto aquellas que considero fuentes documentales, pero también la literatura contemporánea que elogia a la Virgen, pese al exceso en el tratamiento dispensado a la Madre, lo que buscan es glorificar al Hijo, reforzar su excepcionalidad a partir del momento mismo de su encarnación y de su nacimiento virginal. La alabanza a María, por más estridente que resuene, no deja de ser, por elipsis, una alabanza a la figura de Cristo.

Se ha hecho de Guadalupe un emblema y una bandera del criollismo activo, pero, al dotarla de una imagen modélica para las mujeres, se la ha acompañado de ideas y prácticas tradicionales de sujeción y humildad.

Fogelman afirma que la cultura mariana influye fuertemente en la sociedad y ocupa un lugar central en la creación arquetípica de la mujer.

En el México del siglo XX, la maternidad fue concebida no solo como una experiencia biológica, sino que también fue impuesta como una función social y moral asociada a la identidad femenina.

El discurso dominante —influido por el catolicismo (la imagen de la Virgen María, madre de Dios), la posrevolución y las normas patriarcales— promovía la imagen de la mujer como madre abnegada, pilar moral del hogar y garante de la estabilidad nacional. Esto era apoyado por el tan celebrado Día de las Madres, que fungía como represor de la mujer.

Ser madre equivalía a cumplir el destino “natural” de la mujer, mientras que la ausencia o el rechazo a esta función se interpretaban como una falla moral o social, dando paso a la “mala madre”.

La maternidad idealizada se representaba como un espacio de plenitud y sacrificio, invisibilizando la ambivalencia, el deseo, la frustración o la soledad que también la acompañan.

El proyecto nacionalista del México posrevolucionario buscó construir un nuevo ciudadano y, con él, un nuevo modelo de mujer.

Las instituciones educativas, los programas sociales y los medios de comunicación promovieron una figura femenina subordinada al ideal de madre-esposa, destinada a sostener las tareas domésticas y la moral social.

El Estado se apoyó en el discurso maternalista para justificar la exclusión de las mujeres de la esfera pública: se les reconocía un papel fundamental, pero limitado al hogar. En ese contexto, la literatura y las artes también reproducían esta imagen de madre virtuosa, protectora y silenciada.

Durante la época circulaban diferentes revistas femeninas que buscaban guiar a las mujeres por “el buen camino”; es decir, se les aconsejaba cómo ser buenas mujeres, madres y esposas. En La mujer ideal según las revistas femeninas que circularon en México. 1930-1950, se presentan diferentes revistas, entre ellas Paquita, en donde se aseguraba que la mujer debía tener otras prioridades antes que a sí misma: “La mujer es para todos, y ella es la que, para llegar al maravilloso triunfo hogareño, sacrifica en todos los momentos del día sus propias predilecciones para acatar las de los suyos, aherroja la vanidad femenina que tanto cuesta mantener, renuncia a la coquetería y al solaz, para comulgar la dura pesadumbre, la escasez, la amargura...”.

En este tipo de publicaciones se evitaban o se abordaban muy poco los hechos históricos que acontecían entonces; por el contrario, se reafirmaban los roles de género estereotipados, donde la mujer era poco más que “madre de” o “esposa de”, y las revistas se esforzaban en enseñarles cómo cumplir con estos roles, “educándolas” para desempeñar el papel que la sociedad les había otorgado.

Martha Santillán, en Discursos de redomesticación femenina durante los procesos modernizadores en México, 1946-1958 (2008), nos muestra con gráficas cómo las élites políticas y hegemónicas se empeñaban en mantener a la mujer mexicana en el hogar, desempeñándose como madre y esposa. Afirma que, durante estos años, si la mujer quería desempeñar un papel en la sociedad más allá del impuesto, debía luchar contra el discurso opresivo presente en la sociedad, la cultura, la política y la educación.

Octavio Paz, en El laberinto de la soledad, tiene un término para referirse a la figura de la madre y de la patria sufrida, violada, corrompida y abnegada: la Chingada.

Con base en esto, nos damos una idea de lo que la mujer mexicana ha enfrentado a lo largo de la historia: la presión por ser una “buena esposa y madre”, proveniente de todos los medios posibles, desde lo educacional hasta lo político; las pocas oportunidades de trabajo y de participación en la sociedad, y hasta la falta de autonomía sobre el propio cuerpo.

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Paloma González
Licenciada en Letras Españolas. Literata y artista plástica.

Nosotras es un espacio de colaboración dentro de Vanguardia, para conocer opiniones de mujeres diversas, libres, furiosas, críticas, creativas e incontenibles. .

Históricamente, el “nosotros” dominó la opinión pública. El “nosotras” es un gesto de presencia política. No es solo identidad: es disputa por la voz. Cuando una mujer escribe “nosotras”, no pide permiso para representar; se asume como parte de una conversación colectiva.