NosotrAs: Cruzar el charco
Dentro de un sistema donde las mujeres son invisibles, el mayor acto de rebeldía puede ser elegir cuidarse
Crecí escuchando las historias de mis padres de cuando vivieron en el extranjero antes de que naciera. Al escucharlos, supe que mi sueño era explorar el mundo y crecer profesionalmente como lo hicieron ellos. Nunca imaginé recorrer calles con paisajes únicos, ni conocer los clásicos pubs ingleses, o que llegaría a redescubrirme al salir de casa.
Adaptarse a un nuevo sistema educativo implicó un gran desafío. Son exigencias distintas y métodos de estudio nuevos. Incluso estar lejos de casa y de mi red de apoyo significó grandes retos emocionales. Sobrellevar estas situaciones es complejo para cualquiera, pero lidiar con ello teniendo TDAH resulta doblemente agotador.
Se nos exige a las mujeres ser fuertes y resilientes, pero se minimizan nuestras emociones constantemente. Sumado a esto, las personas neurodivergentes solemos presentar desregulación emocional, experimentamos nuestras emociones intensamente. Me encontré en un espacio exigente que prioriza la productividad y la excelencia, invalidando la carga emocional que conlleva ser estudiante extranjera. No sabía con quién comunicarme para pedir apoyo. Mi familia tenía sus propios compromisos, mis amigos en casa lidiaban con otros problemas, y las amistades que acababa de hacer no me conocían lo suficiente.
En mi familia la expectativa era grande. Las noches en mi departamento no eran para descansar, estudiaba y me obligaba a entender cada tema a la perfección. Me llevó días enteros comprender un solo término, y era difícil leer un artículo científico con la mente dispersa. Además, estaban los retos del día a día. Aprender a usar el transporte público, organizar mi economía, gestionar el tiempo... Mi prioridad era crecer académicamente, no mi bienestar emocional.
Me di cuenta de que los hombres son los principales sujetos de estudio para definir trastornos, dejando a un lado la inmensa variabilidad que existe entre los seres humanos, especialmente en nosotras. El TDAH en las mujeres es distinto, pero al no encajar con el molde masculino, solemos pasar desapercibidas. Como neurodivergentes, aprendemos a camuflarnos y a adaptarnos para cumplir con expectativas sociales que se nos imponen. Al reflexionar, entendí que la disparidad de género no es un problema exclusivo de nuestro país, sino una falla sistémica global.
Las exigencias de mi entorno solo alimentaban un ciclo destructivo de autoexigencia. Es cansado encajar en moldes sociales que atacan mi salud mental a cambio de validaciones. Dentro de un sistema donde somos invisibles, mi mayor acto de rebeldía es elegir cuidarme. Abrazar mi neurodivergencia y validar mis emociones no es un fracaso, sino una forma de vivir plenamente. Quizá el mundo aún no está diseñado para nosotras, pero ahora sé que no vale la pena sacrificarme por complacer al resto.