NosotrAs: Cuando aprendemos a callar nuestra sexualidad
Lo que aprendimos sobre nuestra sexualidad puede marcar la forma en que vivimos, sentimos y hablamos de ella
Hay cosas que aprendemos a callar antes de conocerlas y hablar de ellas.
Aprendemos que hay preguntas que es mejor no hacer, partes de nuestro cuerpo que es mejor cubrir, deseos que no deberíamos expresar y experiencias que, por vergüenza o miedo, es mejor guardar para nosotras mismas. Sin darnos cuenta vamos aprendiendo que nuestra sexualidad es un tema del que podemos hablar, siempre y cuando no hablemos mucho de ella.
Crecimos escuchando más advertencias que explicaciones: “cuídate”, “no hagas eso”, “no está bien”. Pocas veces nos enseñaron que teníamos derecho al placer o a conocer nuestro cuerpo más allá de la reproducción. Y cuando faltaban explicaciones, otros referentes ocupaban ese espacio: las novelas, la pornografía, lo que escuchábamos de otras personas.
También aprendimos lo que se esperaba de nosotras por ser mujeres: ser femeninas, pero no provocativas; tener pareja, pero no demasiadas. Mensajes contradictorios sobre cómo debía vivirse nuestra sexualidad.
Estos mensajes no desaparecen al crecer. Pueden influir en cómo vemos nuestro cuerpo, vivimos nuestras relaciones y entendemos nuestra sexualidad. Podemos sentir culpa por desear, vergüenza por preguntar o miedo a ser juzgadas.
Callar nuestra sexualidad no es solo evitar hablar de sexo; también puede ser no expresar lo que queremos, desconocer nuestros límites o sentir que nuestro deseo debe justificarse.
Si aprendimos a callar, también podemos aprender a hablar. Hablar de nuestra sexualidad no quiere decir que tengamos que contarle todo a todo el mundo. Significa poder conocer nuestro cuerpo, reconocer lo que sentimos, expresar lo que queremos y también aquello que no queremos. Significa que poner límites no nos hace difíciles, que sentir deseo no nos hace menos dignas y que disfrutar de nuestra sexualidad no debería ser motivo de vergüenza.
Implica cuestionar algunas de las ideas con las que crecimos. Preguntarnos cuáles realmente nos representan y cuáles seguimos repitiendo. Reaprender nuestra sexualidad puede ser un acto de libertad: dejar de vivirla desde el miedo al juicio y comenzar a vivirla desde el conocimiento, el consentimiento y la decisión propia.
Quizá después de todo valga la pena detenernos y pensar en nuestra propia historia. En todas las veces que sentimos vergüenza, que callamos una pregunta, que escondimos un deseo o que dudamos si podíamos decir que no. ¿Cuánto de lo que hoy pensamos sobre nuestra sexualidad realmente lo elegimos nosotras y cuánto aprendimos a pensar así?