NosotrAs: Cuando el arte dice lo que ellas callan
En el aula, el arte puede convertirse en un espacio para que las adolescentes exploren, expresen y descubran el valor de su voz
Soy maestra de Artes en secundaria. Durante años he entrado al salón pensando qué voy a enseñar: color, composición, dibujo, música, expresión. Con el tiempo entendí que mi clase podía ir más allá de una técnica artística. El arte también podía acercarme al mundo de mis alumnas y a las realidades que atraviesan mientras aprenden a ser ellas mismas.
Ser adolescente nunca ha sido sencillo. Ser mujer y adolescente tiene, además, sus propios desafíos.
En el salón convivo con chicas que construyen su identidad mientras reciben mensajes sobre cómo deberían verse, comportarse, hablar o vestir. Algunas son muy seguras; otras todavía están descubriendo quiénes son. Algunas hablan mucho y otras encuentran refugio en el silencio.
Detrás de cada una existe una historia que, como docentes, no siempre conocemos. Hay problemas familiares, inseguridades, rechazo, violencia, miedo y presión social. Pero también hay sueños, amistades, música y una enorme necesidad de expresarse.
Ahí es donde el arte puede hacer algo extraordinario.
Lo descubrí especialmente en Cartografías del Alma, un proyecto con mis estudiantes en el que partimos de algo sencillo: representar mediante el arte aquello que forma parte de nuestra historia. Un lugar especial, una persona importante, una canción, una emoción, una pasión.
Las obras comenzaron a decir mucho más de lo que esperaba. No porque las alumnas tuvieran que contarme sus secretos ni exponer situaciones personales. Todo lo contrario: ellas decidían qué querían expresar y hasta dónde hacerlo. El arte les daba esa posibilidad.
Eso cambió mi manera de entender mi materia. No quiero que una alumna salga de mi clase pensando solamente que aprendió a dibujar o combinar colores. Quiero que descubra que aquello que piensa y siente puede transformarse en una obra y que su manera de ver el mundo merece un espacio.
Como docentes debemos aprender a escuchar sin invadir. Podemos hablar de emociones, identidad, respeto, límites, violencia y convivencia sin pedir a una adolescente que revele una experiencia dolorosa. Porque acompañar también significa respetar los silencios.
A veces pienso que durante generaciones se enseñó a muchas mujeres a guardar demasiado: a no incomodar, a aguantar, a cumplir expectativas, a quedarse calladas. Quizá por eso me importa tanto que mis alumnas encuentren otras posibilidades.
No puedo saber todo lo que sucede en la vida de cada chica ni resolver desde una clase las realidades que enfrenta. Pero sí puedo ofrecerle un espacio donde pueda crear, cuestionar, imaginar, sentirse capaz y descubrir su propia voz.
Porque cuando una adolescente comprende que lo que piensa, siente y crea tiene valor, quizá también comienza a comprender algo mucho más importante: que ella también lo tiene.