NosotrAs: El emparrillado y el ovoide también son nuestros
Entrar a la cancha es una victoria, pero abrir camino para que otras mujeres también puedan hacerlo transforma el juego
Hay mujeres que ganan campeonatos. Y hay mujeres que, después de ganar, regresan por las que todavía están intentando entrar a la cancha.
Durante mucho tiempo vimos y sentimos que “había lugares que no eran para nosotras”.
Lugares donde la fuerza tenía que ser masculina, donde la competencia parecía tener otro género, donde levantar la voz podía hacernos parecer demasiado intensas y donde querer ganar podía confundirse con dejar de ser femeninas.
Yo elegí un emparrillado y un balón.
Y no solamente encontré un deporte. Encontré una parte de mí que quizá siempre había estado ahí: una mujer que quería competir, esforzarse, caer, levantarse y volver a intentarlo.
El football americano me enseñó muchas cosas. Me enseñó disciplina, estrategia, trabajo en equipo y resistencia. Pero, sobre todo, me enseñó que la fuerza también puede tener rostro de mujer.
He tenido la oportunidad de vivir el deporte desde distintos lugares. Desde ser porrista apoyando a un equipo de hombres que jugaba football hasta ser la cabeza de un equipo femenil que participa a nivel nacional. He sido tres veces campeona nacional y hoy tengo también el orgullo de formar parte del Salón de la Fama Nacional del Football Americano.
Pero con los años he entendido que hay algo que pesa todavía más que cualquier trofeo.
Lo que hacemos con el lugar que conseguimos.
Porque llegar a una cancha y demostrar que sabes y puedes jugar es una cosa.
Conseguir que otras mujeres entiendan que ellas también pueden estar ahí y que comprendan que por lo que se lucha es para nosotrAs y por las pequeñas es otra completamente distinta.
Por eso, para mí ha sido importante impulsar el deporte femenil y llevar también el football americano a la cabina, a los medios y a espacios donde nuestra voz pueda difundirse.
Porque no quiero que las mujeres solamente estén dentro de la cancha.
Quiero que también estén hablando de ella.
Que la dirijan.
Que la narren.
Que la transformen.
Que ocupen los lugares que durante tanto tiempo parecieron reservados para otros.
A veces pienso en todo lo que cambia cuando una mujer simplemente se atreve a jugar.
Una niña puede verla y pensar: “Yo también quiero hacer eso y puedo hacerlo”.
Otra puede descubrir que tiene fuerza.
Otra puede encontrar una voz que todavía no sabía que tenía.
Y quizá esa sea una de las partes más bonitas de hacer algo que amas: descubrir que tu camino puede convertirse, sin que lo planees, en el camino que otra persona necesitaba ver.
He aprendido que no todos los triunfos aparecen en el marcador.
Hay victorias que no tienen medalla.
Cuando se atreve a ocupar una silla.
Cuando levanta la mano.
Cuando entra al campo.
Cuando decide que no va a hacerse pequeña para que alguien más se sienta cómodo.
Y también hay victorias que ocurren cuando, después de haber recorrido un camino, volteamos hacia atrás.
Porque entonces nos damos cuenta de que ya no somos solamente quienes empezamos. Ahora también somos quienes pueden abrir la puerta y seguir. No sé cuántas mujeres llegarán después de mí. Pero sí sé que quiero que encuentren un camino un poco más abierto y sin tanta incertidumbre.
Quiero que una niña que ame el deporte no tenga que preguntarse si ese deporte es “para niñas”.
Quiero que una joven pueda entrar a una cancha sin sentir que tiene que demostrar el doble para merecer estar ahí.
Quiero que nuestras voces sean escuchadas en el campo, en las gradas, en los medios y en todos esos espacios donde todavía estamos construyendo presencia.
Porque no se trata de quitarle el lugar a nadie.
Se trata de entender que también nos corresponde a nosotras.
Y no tenemos que elegir entre ser mujeres y ser fuertes.
Podemos ser ambas.
Hoy, cuando miro hacia atrás y pienso en campeonatos, entrenamientos y todo lo que el deporte me ha permitido vivir, me doy cuenta de que quizá el verdadero premio no ha sido solamente llegar.
Ha sido descubrir que podía hacerlo. Y después entender que no quería ser la última. Quiero ser una de muchas. Porque hay mujeres que ganan campeonatos. Y hay mujeres que, después de ganar, regresamos por las que todavía están intentando entrar a la cancha. Porque si algo me ha enseñado el deporte es que nadie gana completamente sola.
Siempre hay un equipo.
Siempre hay alguien que creyó en ti; en mi caso, principalmente mi familia y mi esposo.
Siempre hay alguien que te tendió la mano.
Y siempre puede haber alguien esperando que tú hagas lo mismo.
Así que sí: el emparrillado y el ovoide también son de nosotrAs.
Y mientras haya una mujer dispuesta a entrar, competir, levantar la voz y abrir camino para otra, habrá una nueva generación que entenderá que nunca debió pedir permiso para estar ahí.