NosotrAs: El feminismo con s
Desde las voces negras, chicanas y decoloniales aprendemos que el feminismo no es uniforme: la lucha se escribe en plural y crece cuando se atreve a cuestionarse a sí misma
El feminismo se sabe un campo de disputas, tensiones y revisiones constantes porque su historia no es lineal ni homogénea. Recordemos que el feminismo liberal —anclado en las luchas por la igualdad jurídica, el acceso a la educación y el derecho al voto— se presentó como el rostro universal del movimiento. Sin embargo, esa pretendida universalidad ocultaba una verdad incómoda: no todas las mujeres estaban siendo pensadas ni representadas en esa agenda. En las próximas líneas presentaré tres ejemplos de feminismos críticos que ayudaron a revelar las contradicciones del feminismo liberal y a discutir que el feminismo se escribe en plural, con s, de feminismos.
El feminismo negro, articulado por pensadoras como Angela Davis o bell hooks, fue uno de los primeros en evidenciar esa exclusión. Al señalar que la categoría “mujer” no podía entenderse sin considerar la raza, la clase y la historia de la esclavitud. El feminismo negro desmontó la idea de una experiencia única del feminismo. Las mujeres negras no solo enfrentaban el patriarcado, sino también el racismo estructural y la explotación económica. En ese cruce de opresiones, el feminismo liberal quedaba corto, incapaz de nombrar —y mucho menos de transformar— esas realidades complejas.
Por su parte, el feminismo chicano, con voces como Gloria Anzaldúa y Cherríe Moraga, introdujo una dimensión fronteriza, cultural y lingüística que desbordó los marcos tradicionales. Desde la experiencia de las mujeres mexicoamericanas, “aliens”, denunciaron no solo el racismo del feminismo blanco, sino también el machismo dentro de sus propias comunidades. Su apuesta fue radical: pensar desde la herida, desde la mezcla, desde la identidad en constante tránsito, desde la frontera. Así, cuestionaron las categorías rígidas del feminismo liberal y propusieron una política más situada, encarnada y contradictoria.
El feminismo decolonial, en América Latina, ha llevado esta crítica aún más lejos. Intelectuales como María Lugones o Yuderkys Espinosa Miñoso han señalado que el feminismo hegemónico reproduce lógicas coloniales al imponer categorías occidentales como si fueran universales. ¿Qué significa hablar de “mujer” en contextos atravesados por la colonialidad del poder, el racismo y el despojo territorial? ¿Qué pasa cuando las luchas feministas no dialogan con las cosmovisiones indígenas o afrodescendientes? El feminismo decolonial no solo cuestiona al liberal, sino también a cualquier feminismo que no se interrogue sobre sus propios privilegios.
Estas corrientes no destruyen al feminismo liberal: lo incomodan, lo obligan a mirarse al espejo, lo pluralizan, le añaden la s. Le recuerdan que la igualdad formal no basta cuando las condiciones materiales y simbólicas son profundamente desiguales. Le exigen dejar de hablar en nombre de “todas” y empezar a escuchar las múltiples voces y disidencias que lo habitan.
Quizá ahí radique la potencia de los feminismos: en su capacidad de autocrítica. En reconocer que no hay una sola forma de ser mujer ni una sola manera de luchar. Y entender que, si no es interseccional, situado y decolonial, corre el riesgo de convertirse en aquello que dice combatir: un proyecto excluyente y ciego a sus propias jerarquías.