NosotrAs: ¿El feminismo murió?
Los feminismos nunca han sido una sola voz. Han sido una conversación larga, incómoda y a veces contradictoria entre mujeres y disidencias que buscamos transformar el mundo.
“Del feminismo siempre se dice que ya murió o que acaba de nacer”, escribió la filósofa española Amalia Valcárcel. La frase condensa una paradoja que atraviesa la historia del movimiento: cada generación feminista parece enfrentarse a la misma sospecha. Cuando las mujeres nos organizamos, incomodamos; cuando incomodamos, alguien anuncia que el feminismo se agotó.
Sin embargo, el feminismo no es una ola pasajera. Es uno de los movimientos políticos más persistentes de la modernidad. Desde el siglo XIX, cuando las primeras feministas exigieron derechos civiles y educativos, hasta las movilizaciones masivas contra la violencia de género en América Latina, el feminismo ha sido una fuerza transformadora que cuestiona las estructuras más profundas de la desigualdad.
Pero el feminismo no es solo un movimiento político. También ha construido, a lo largo de décadas, un marco teórico, metodológico y epistemológico que ha transformado la forma en que entendemos el mundo. Las epistemologías feministas nos han recordado que el conocimiento no es neutral, que las experiencias situadas importan y que las desigualdades atraviesan incluso la producción de saber.
Por eso, la formación feminista sí importa. Leer teoría feminista, estudiar su historia y comprender sus debates es fundamental para fortalecer los movimientos sociales y evitar simplificaciones. La formación política permite reconocer genealogías, entender estrategias y situar nuestras luchas en procesos históricos más amplios.
Sin embargo, defender la formación feminista no puede convertirse en una nueva forma de jerarquía dentro del propio movimiento.
Con la jornada reciente, se ha discutido sobre la importancia de las marchas del 8 de Marzo, si el paro del 9 de marzo “Un día sin nosotras” ha perdido impacto o si las juventudes carecen de formación política. Sin embargo, vale la pena preguntarnos si estas lecturas no reproducen un viejo reflejo adultocéntrico: la sospecha permanente hacia las jóvenes que se organizan.
La historia de los movimientos sociales está llena de ese gesto. Cada nueva generación es acusada de superficial, radical, exagerada o ignorante. Y, sin embargo, muchas veces son esas mismas generaciones las que terminan empujando las transformaciones más profundas.
En México, muchas de las movilizaciones feministas más potentes de los últimos años han sido impulsadas precisamente por adolescentes y jóvenes. Las colectivas universitarias, las denuncias públicas, las intervenciones artísticas, los performances y las campañas digitales han politizado la violencia de género en espacios donde antes reinaba el silencio.
Las juventudes no están despolitizadas. Están politizando desde otros lenguajes.
Las redes sociales, el arte, la denuncia pública y la organización horizontal son hoy también formas de acción política. A veces lo que incomoda no es la supuesta falta de formación, sino que esas formas de hacer política desbordan los marcos con los que las generaciones anteriores aprendimos a nombrarla.
Desde una mirada interseccional, además, conviene preguntarnos si el impacto desigual de ciertas acciones colectivas responde realmente a una falta de conciencia política o más bien a condiciones estructurales. No todas las mujeres pueden parar. Muchas enfrentan precariedad laboral, trabajos informales o sobrecarga en el trabajo doméstico y de cuidados no remunerado que les impiden sumarse a ciertas acciones. Reducir estas complejidades a una supuesta falta de formación puede invisibilizar desigualdades profundas.
Esto no significa que el feminismo esté exento de críticas. Todo movimiento político necesita procesos de autocrítica y reflexión constante. Pero también es cierto que los discursos que descalifican a las jóvenes feministas han sido utilizados con frecuencia por sectores conservadores para desacreditar las luchas por la igualdad.
Cuando el feminismo comienza a incomodar, siempre aparecen voces dispuestas a declarar que las nuevas generaciones “no entendieron nada”.
Quizá el reto no sea corregir a las jóvenes que se acercan al feminismo, sino preguntarnos si estamos dispuestas a reconocer que el movimiento nunca ha tenido una sola forma de hacer política.
Las feministas que nos precedieron abrieron caminos fundamentales. Gracias a ellas hoy existen derechos que hace apenas décadas parecían impensables. No cabe duda que en nuestro estado, las feministas tienen toda una historia de la cual aprender. Pero las generaciones más jóvenes también están transformando las formas de nombrar las violencias, de ocupar el espacio público y de imaginar futuros más justos.
El feminismo, los feminismos, nunca han sido una sola voz. Han sido, más bien, una conversación larga, incómoda y a veces contradictoria entre mujeres y disidencias que buscamos transformar el mundo.
Tal vez el desafío no sea vigilar a las jóvenes feministas, sino revisar nuestros propios privilegios generacionales, cuestionar nuestros propios sesgos y mantener abiertos los puentes entre generaciones y diferentes interseccionalidades.
Porque si algo demuestra la historia es que el feminismo no muere. Se transforma. Y casi siempre lo hace gracias a quienes llegaron después.