NosotrAs: El mundo es demasiado grande para la caja que nos dieron
Para una atleta olímpica, salir de la caja ha sido desobedecer la orden de elegir y evidenciar que el problema nunca fue soñar, sino el tamaño de la vida que se nos permite
A las mujeres se nos ha enseñado a elegir.
Entre vida personal y trabajo. Entre el amor y la ambición. Entre complacer a los demás o ser fieles a nosotras mismas. Entre construir un hogar o construir sueños.
Como si querer demasiado fuera egoísta. Como si para ser aceptadas tuviéramos que hacernos chiquitas.
Crecimos aprendiendo que había sueños que sí nos pertenecían y otros que resultaban incómodos. Que las aspiraciones eran dignas de celebrarse, siempre y cuando no alteraran el orden ni salieran de lo esperado.
Pero hay algo profundamente injusto en pedirle a una mujer que elija una sola versión de sí misma, cuando las que habitan en ella son infinitas.
No deberíamos vernos obligadas a elegir entre ser hijas, hermanas, parejas o madres y, al mismo tiempo, ser atletas, profesionistas o cualquier cosa que deseamos ser.
No deberíamos pedir perdón por ambicionar. No deberíamos sentir culpa por soñar. No deberíamos reducirnos para satisfacer a los demás.
Se nos sigue diciendo, de una u otra forma, que querer mucho es exagerar. Que al priorizar un sueño, se descuida todo lo demás. Que salirnos del guion es un incumplimiento de nuestro deber.
He intentado salirme de la caja una y otra vez. He perseguido un sueño que por mucho tiempo no parecía encajar en la idea tradicional de lo que una mujer debe ser, postergando “deberes”, redefiniendo prioridades y negándome a elegir una sola versión de mí misma. He querido competir en lo más alto sin renunciar a todo lo demás que también me habita.
Claro que falta mucho por hacer: condiciones justas, sistemas de cuidado reales y una sociedad que deje de admirar a las mujeres que “pueden con todo” mientras les sigue dejando caer todo encima.
No pretendo ignorar mi privilegio ni transmitir que querer es poder, sino reconocer que el problema nunca ha sido el tamaño de nuestros sueños, sino el tamaño de la caja en la que históricamente se nos ha querido meter.
Una caja demasiado chica para una mujer que ya entendió todo lo que puede ser.
Por eso, cada vez que una mujer se resiste a elegir una sola versión de sí misma, no está fallando en adaptarse. Está abriendo espacio para que también se adapten los demás.
Que se adapten a la idea de que una mujer puede desear una vida plena, ambiciosa y suya. Que entiendan que se puede amar y lograr, cuidar y crecer. Que acepten la posibilidad de habitar muchos sueños sin sentirse culpable por ello. Que reconozcan que una mujer jamás tendría que abandonar su voz.
Porque explorar y explotar nuestro potencial no debería ser un privilegio, ni un acto de rebeldía, ni una anomalía. Debería ser la regla.
Dejar de preguntarnos si nos van a dejar ser tanto y empezar a vivir como si nunca hubiéramos nacido para ser menos.
Porque no somos excepción. Somos posibilidad.