NosotrAs: En el vestido nuevo de Virginia Woolf
Entre redes sociales, apariencias y comparaciones, la necesidad de pertenecer sigue moldeando la forma en que nos miramos y valoramos
Como mujer, hay días, si no es que todos los días, en que me pregunto, como Mabel en El vestido nuevo, de Virginia Woolf, si realmente ese vestido nuevo que tengo en mi clóset está ahí para recordarme lo que soy o lo que quieren que sea.
Me resulta difícil entender cómo es que todavía sigo tratando de aprender a verme a través de los ojos de los demás, cómo sigo viéndome como Mabel: uso el vestido, pero, al llegar a la fiesta, miro a todas las mujeres, comparo mi ropa, mi vida, mi belleza y mi intelecto, para iniciar con el “yo aquí no encajo” y terminar topando con la pared del “solo ocurre en mi cabeza”.
Hoy ya no necesitamos vernos al espejo para sentir algo similar; es suficiente con tomar nuestro celular, abrir redes sociales y ver cómo están inundadas de esta necesidad de mostrar una “vida perfecta” que nos hace creer que nuestra apariencia tiene que estar en constante cuestionamiento: ¿cómo me veo?, ¿cómo me visto?, ¿soy lo suficientemente interesante?, ¿tengo una vida perfecta? Las redes sociales, a pesar de permitirnos conectar y crear comunidades, se convierten en una comparación interminable y toman demasiado espacio en nuestras vidas.
Es por eso que veo a una Mabel más cercana y humana al cambiar un vestido por una fotografía, una fiesta por un viaje, incluso hasta por la cantidad de seguidores. El problema no es querer seguir una tendencia, es creer que nuestro valor como personas está en proyectar una imagen distinta a lo que realmente somos.
Esto nos lleva a la enorme dimensión de clases, que aún está vigente: las diferencias económicas siguen creciendo e influyendo en lo que podemos comprar, a dónde podemos ir, qué experiencias podemos vivir y mostrar en nuestra red, haciendo que estas diferencias sean normalizadas e incluso deseadas.
La necesidad de pertenecer no está solamente en ese gran cuento de Virginia, sino que se vuelve un problema actual, ya que a Mabel no le basta con gustar con su vestido, sino que quiere sentirse parte de algo. Y esa necesidad de no pasar desapercibidas sigue estando a flor de piel. Todas las personas buscamos lugares donde podamos ser aceptadas sin tener que gustar por lo que no somos.
Leer ese texto desde el presente nos hace cambiar la pregunta. En lugar de preguntar si el vestido que usaba Mabel era lindo o feo, debemos permitirnos preguntar: ¿por qué necesitaba que los demás le dieran su aprobación para sentirse cómoda consigo misma?
El vestido cambió, la fiesta y la forma en la que nos miramos también y, aun así, la presión por encajar sigue existente. La verdadera libertad no está en si el vestido nuevo que está en nuestro clóset nos sirve para recordar quiénes somos o lo que quieren que seamos, sino que está en dejar de intentar meter nuestra identidad en uno solo.