NosotrAs: Habitar un cerebro que funciona diferente
Muchas mujeres aprenden a esconder aquello que las hace diferentes hasta descubrir que no necesitan corregirse, sino comprender su propia manera de funcionar
El problema no es que existan mentes diferentes, sino que sigamos intentando medirlas todas con la misma regla.
Tenía 28 años cuando finalmente recibí un diagnóstico claro. Hasta entonces, muchas cosas que vivía parecían confirmar que había algo mal en mí. Tardé años en entender que quizá el problema no era mi manera de funcionar, sino la forma en que había aprendido a compararme con quienes funcionaban distinto.
Como yo, existen muchas mujeres que llegan a la adultez sintiendo que no encajan, preguntándose por qué aquello que para alguien más parece una tarea sencilla, para nosotras puede convertirse en una experiencia maratónica. Aprendemos a esconder síntomas, a esforzarnos el doble y a enmascarar aquello que nos hace diferentes con tal de pertenecer.
Habitar un cerebro neurodivergente tiene impacto en la familia, el trabajo, las relaciones y también en la manera en que nos vinculamos. Por eso, me parece importante nombrar las diferentes formas de procesar los estímulos, las emociones, el aprendizaje y la vida.
TDA, TDAH, autismo, dislexia y otras neurodivergencias nos recuerdan que no existe una sola manera correcta de habitar el mundo. Reconocerlo no significa romantizar la neurodivergencia. Significa dejar de mirar la diferencia como una falla.
Con el tiempo entendí que muchas de las características que me hicieron sentir diferente también son las que hoy me permiten crear, imaginar, conectar y acompañar. Mi sensibilidad, intuición y capacidad de conectar ideas son parte de mí, pero también lo es la hiperfocalización: esa capacidad de sumergirme profundamente en aquello que realmente me apasiona.
Hoy esa forma de funcionar vive también en lo que creo. Me permite diseñar talleres, ceremonias y experiencias únicas, conectando elementos para crear espacios que puedan tocar y acompañar a quien los vive. Mi manera de acompañar a otras personas nace de esa sensibilidad que durante mucho tiempo intenté esconder.
Lo que durante años parecía un defecto hoy puedo reconocerlo como un don: el don con el que me comparto al mundo y con el que puedo ponerme al servicio de los demás.
Tener un cerebro diferente no significa tener un cerebro mágico ni dañado. Significa aprender a conocerlo, cuidarlo y dejar de castigarlo por no funcionar como los demás.
Quizá necesitamos dejar de preguntarnos “¿qué está mal conmigo?” y comenzar a preguntarnos “¿qué necesita mi manera particular de funcionar para florecer?”.
Hoy me enorgullece ser la mujer que entendió que su manera particular de percibir el mundo no era algo que tenía que corregir. Solo era algo que todavía no sabía cómo nombrar.
Tal vez la verdadera inclusión no consista en hacer que todas las mentes funcionen igual, sino en construir un mundo donde cada una pueda encontrar su propia manera de florecer.