NosotrAs: La infidelidad en las comedias románticas
El deseo femenino incomoda cuando las mujeres dejan de ser musas para convertirse en quienes eligen
Desde que comencé a trabajar en mi tesis de licenciatura fui consciente de una crítica en redes sociales sobre la habitual infidelidad en las películas románticas dirigidas hacia mujeres. Esta narrativa provocó el desdén de creadores digitales hacia estos filmes, juzgando la obra, a sus protagonistas y hasta a las espectadoras, concluyendo que “todas las películas exitosas tienen cuernos y es la fantasía de las mujeres”.
No estoy de acuerdo con ese mensaje; sería rebajar la complejidad del mundo emocional de una mujer, pero sí me parecía importante saber de dónde nace este patrón y el demérito masculino.
El cliché de la protagonista infiel es una vieja calca del arquetipo cortés donde ella está aprisionada en un mal matrimonio y es cortejada por el caballero que se desvive por ella. ¿Por qué gusta?
Creo que los tópicos en la literatura y el cine han moldeado la forma de amar. Ya lo dijo Roland Barthes en El discurso amoroso: “la cultura de masas es máquina de mostrar el deseo”. Coincido en que no deseamos inherentemente, lo fabricamos a través de películas, libros, canciones y lenguaje, lo que me lleva a pensar: ¿quiénes han dictado esa cultura?
La poesía en los siglos XVI y XVII —como toda empresa intelectual— era una actividad masculina. En la lírica cortesana, los escritores varones utilizaban iconos femeninos para enaltecer su imagen y reputación literarias, y no exactamente para representar a la mujer (Boyce & Olivares, 1993).
Con este ejemplo podemos tantear el terreno respecto al amor: por mucho tiempo hemos sido el objeto pasivo del deseo; nosotras no deseamos, nos desean; no perseguimos, nos dejamos perseguir para después caer.
Tal vez, la mujer infiel en el arte nos regala (y regaló a lo largo del tiempo) la sensación de libertad y elección: ellas eligen a quién amar, dejan de ser objeto para convertirse en sujeto y es un lugar satisfactorio porque ya no somos las musas, somos las que desean, estamos paradas en un terreno que nos pertenece.
(Aclaro que puede ser una sensación de falsa libertad, pues ser cortejada por otro también cae en el antiguo rito del amor romántico, pero eso es tema para otro texto).
¿Y el desagrado?
Tengo la intuición de que es solo cuestión de dominación/poder. Si la mujer elige de quién enamorarse, aun estando en una relación, está retando al papel activo del hombre en el amor; ya no es ella el objeto y, la verdad, al patriarcado le cuesta reconocernos como otra cosa que no sea objeto.
Creo también que desmeritar las comedias románticas y sus arquetipos viene de una misoginia enraizada: todo lo que tenga que ver, aparentemente, con el mundo “femenino” es blanco de burlas y considerado menor.
Me es importante cuestionar bajo qué parámetros se mide el valor de una obra, comprender el motivo de su disfrute y por qué es tan desagradable ver a una protagonista hacer lo que se espera que solo hagan los hombres.