NosotrAs: La rabia y marchar

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De un pequeño mitin a una multitud violeta: la marcha del 8M en Saltillo creció con nosotras. La rabia persiste y dejar de marchar no es opción

8 marzo 2026
NosotrAs: La rabia y marchar

En marzo de 2017, el 8M cayó en miércoles. Sé que era miércoles porque, para asistir al mitin que se convocó, falté a la iglesia.

Me invitaron dos compañeres de Letras. Llegamos a la Plaza Nueva Tlaxcala y había hojas pegadas alrededor de la fuente. No recuerdo qué decían, pero deben haber sido consignas o demandas, porque mi compañere se acercó conmigo, después de leerlas, para comentar algo sobre el aborto y decir que desconocía mi postura. La duda venía de mi historial religioso. “Es decisión de cada quien”, le dije.

Al bajar los escalones de la Plaza, había una bocina y un micrófono. El espacio estaba abierto, podías compartir lo que quisieras, hacer denuncias, contar vivencias, hacer lecturas en voz alta. Una compañera se animó y leyó “Hombres necios” de Sor Juana; yo me atreví a leer “Todas íbamos a ser reinas” de Gabriela Mistral.

Una de las asistentes, una señora chaparrita, vestida de negro, con el cabello corto, tomó el micrófono para contar cuál fue su primer acto de rebeldía ante el sistema patriarcal (dejar de usar velo en la iglesia, un símbolo de reverencia a Dios). Solté un par de lágrimas; yo todavía usaba velo.

Mientras las compañeras hablaban, una chava que iba pasando se nos unió y pidió permiso para tomar el micrófono. Celebró que estuviéramos reunidas, que existiera ese espacio e hizo sus denuncias.

Éramos pocas, no debemos haber sido ni 30. Pero, para mí, que sólo había hablado de feminismo con mis compañeres de Facultad y en el internet, éramos una legión.

La colectividad abraza, respalda. Por primera vez en mi vida, estaba con un grupo de mujeres que les atravesaba lo mismo que a mí, con las mismas inquietudes, las mismas dolencias. Ya no era yo contra el sistema patriarcal, ahora éramos nosotras.

Volví en 2020 (en 2018 y 2019 no tuve oportunidad de asistir a las actividades del 8M); la mecha que se encendió en mí aquel miércoles ardía con fuerza. Sólo que ya no éramos 30.

Era domingo; otra vez falté a la iglesia para ir a una marcha feminista. Salimos de la Plaza Nueva Tlaxcala. Fuimos muchas (y todas). Llevaba mi primer cartel: Nuestras cadenas hay que romper / nuestros derechos hay que defender / y nuestras hijas y sus hijas / gritarán agradecidas: / bien hecho, hermana feminista (una licencia que me tomé con una canción de Mary Poppins).

Recorrimos las calles del centro. Se escuchaban los ecos de las consignas de las compañeras. Gritamos. Exigimos. Tomamos espacio. En colectivA, porque, a partir de ese momento, nunca hemos vuelto a estar solas.

Se respira diferente cuando te sabes segura. Cuando sabes que hay miles de mujeres dispuestas a luchar por ti. A buscarte. A escucharte. A respetar tu proceso y ser pacientes hasta que seas capaz de hablar. Y, cuando lo hagas, a exigir justicia.

La colectividad acuerpa. Te abraza. No saberse sola, salva. La rabia se comparte y aviva la lucha.

La rabia por nuestras desaparecidas, por las víctimas de feminicidio, por sus hijes que se quedaron sin madre, por los abusos, por las violaciones, por el acoso, por los “calladita te ves más bonita”, por exigirnos belleza, por los transfeminicidios, por las hijas que se ven obligadas a cocinar, limpiar y mantener un hogar, porque su mamá no está y “es su responsabilidad por ser mujer”, por las mujeres que no pudieron trabajar, por las que no pudieron estudiar, por las que sí pudieron pero no las dejaron ejercer por deber quedarse en casa a cuidar a sus hijes, por las niñas que son obligadas a parir, por las abuelas a las que casaron a los 14 años con hombres que les doblaban la edad, por las que todavía tienen que escuchar “qué bueno que tu marido te ayuda”, como si la responsabilidad fuera solamente de ella, por las que no lo pueden decir en voz alta, por las que han sido violentadas, por las que se han quedado sin opciones, por las que no podemos salir solas, por las que ya no regresaron y por las que seguimos buscando.

Rabia porque “nos quitaron tanto, que hasta nos quitaron el miedo”.

A excepción de 2021, por la pandemia, he participado en cada marcha a partir de esa de 2020. He evolucionado con ella (ya no uso velo, ni voy a la iglesia). La he visto crecer, cambiar de ruta (iniciando el recorrido desde el Tec Saltillo y concluir en la Plaza Nueva Tlaxcala), dividirse en dos (la marcha que sale del Tec se mantuvo y se organizó una que salía del Periférico Luis Echeverría, en su cruce con V Carranza y concluir en el Congreso del Estado), transformarse.

Por primera vez, desde entonces, este año no estaba segura de marchar. Tras la represión del Estado que vivimos en 2025, las colectivas organizadoras de la marcha que concluía en el Congreso, por seguridad, decidieron no llevar a cabo esa ruta, sino volver a salir desde el Tec Saltillo.

Esta decisión desató una ola de comentarios violentos y transfóbicos que me hicieron desconfiar. ¿Cómo puede ser 8M sin nuestras hermanas trans? Para mí era claro: llegamos todas o no llegamos ninguna. Pero, egoístamente, pensé en mí, en mi seguridad, en mi incomodidad, en mi desacuerdo. No pensé en les otres.

Y no pensé en lo que hemos logrado. Pasamos de ser un puñado de mujeres a una multitud violeta. De ser unas pocas compartiendo nuestras vivencias, buscando empezar a hacer ruido, a hacer retumbar al Estado.

Pasamos de no atrevernos a quitarnos la vergüenza, el miedo, la pasividad. Nos dejó de dar pena gritar y exigir y que nos vieran en las calles, clamando por las que no pueden hacerlo y acompañando a las que sí.

La rabia persiste.

Dejar de marchar no es opción.

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Nairobi Valdez
Lectora, tejedora, narradora de historias y aspirante a poeta. Licenciada en Letras Españolas por la Universidad Autónoma de Coahuila, con un diplomado en Literatura Latinoamericana Contemporánea del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura.
Obtuvo el segundo lugar en la categoría de cuento en el 9° Festival de Arte y Cultura de Cecyte Baja California y participó como ponente en el II Congreso Internacional de Humanidades: Horizontes y desafíos en la investigación interdisciplinaria de la Universidad Autónoma de Nuevo León.
Ha sido maestra de español e inglés en preparatoria abierta. Actualmente, lidera al equipo de redes sociales en Vanguardia, donde también ha publicado artículos sobre la salud mental, el feminismo, la literatura y lo queer. Además, ha tenido la oportunidad de publicar en Semanario, suplemento dedicado al periodismo de investigación.

Nosotras es un espacio de colaboración dentro de Vanguardia, para conocer opiniones de mujeres diversas, libres, furiosas, críticas, creativas e incontenibles. .

Históricamente, el “nosotros” dominó la opinión pública. El “nosotras” es un gesto de presencia política. No es solo identidad: es disputa por la voz. Cuando una mujer escribe “nosotras”, no pide permiso para representar; se asume como parte de una conversación colectiva.