NosotrAs: La revolución de habitarse y cuidar sin olvidarse
Entre la maternidad, la familia y las exigencias sociales, priorizarse también es una forma de resistencia
Escribo desde el centro mismo de un hogar habitado por tres generaciones: soy madre de dos hijas e hija de dos adultos mayores. En esta cotidianidad de cuidados entrelazados, me encuentro constantemente cuestionándome cómo la sociedad contemporánea exige una inmediatez y una perfección profundamente irreales.
Se espera que seamos madres ejemplares, hijas presentes, cuidadoras abnegadas y proveedoras impecables. Pero el nivel de exigencia no se detiene ahí: la cultura del rendimiento exige también encontrar tiempo para proyectar nuestros negocios, dedicar horas al autocuidado, buscar ser una mujer fit y saludable, alimentar nuestros hobbies, mantener una vida social activa y, si acaso el tiempo se acomoda, sostener también el amor de pareja.
Vivimos inmersas en una dinámica dominada por la mirada ajena y el consumo inmediato, donde el entendimiento elemental de que es nuestro derecho ser libres, decidir, respirar y cuidarnos corre el riesgo de convertirse en otra lista de pendientes que, de no cumplirse a cabalidad, genera culpa. Sostener la vida y el bienestar de cuatro personas es una labor titánica que no debería sostenerse desde la autoexigencia desmedida ni el aislamiento, sino desde la corresponsabilidad y una genuina empatía con una misma.
Hoy en día, elijo priorizar mi vida y las distintas facetas de mi desarrollo. Soy una apasionada por la naturaleza y por la constante expansión espiritual e intelectual. Decido ejercitarme no como un mandato estético o una disciplina impuesta desde afuera, sino como un acto de resistencia y supervivencia corporal: mover el cuerpo para sanar, para habitarme y recordar quién soy más allá de mis roles de cuidado. Asimismo, nutro mi mente y sigo estudiando como un acto de consistencia y profundo autocuidado que me permite vivir a la altura de todo lo que soy capaz.
Habitar una ciudad que exige inmediatez de todo y que juzga las elecciones de las mujeres implica enfrentar resistencias constantes. Me pregunto qué tan aceptado es ver a una mujer que se dedica tiempo, pone límites claros y se ama sin culpa. También creo que construir vínculos afectivos sanos implica reconocer la individualidad del otro, acompañar su crecimiento y comprender que el amor no debería representar una renuncia a una misma.
Por eso, proclamo aflojar la autoexigencia, amar la imperfección y reivindicar que cuidarte a ti misma no es egoísmo, sino el pilar de tu propia autonomía. Sé que este esfuerzo lo verán reflejado mis hijas: ver a una mamá que luchó por todos, pero que jamás se dejó de priorizar con disciplina y amor, será el faro que las guíe para no perderse en el ruido del mundo, enseñándoles a buscar siempre su propio bien y el de los demás, desde la empatía y el amor profundo.
Una mujer no tiene que dejar de ser madre, hija, profesional, amante de la vida o compañera para seguir siendo ella misma. ¡Habítate, no te abandones! Porque la revolución más profunda comienza cuando dejamos de olvidarnos de nosotras mismas.