NosotrAs: La vida propia que nadie nos enseñó a imaginar
¿Qué ocurre cuando el “nosotros” que imaginamos durante años deja de parecerse a la vida que queremos para nosotras mismas?
Como mujeres, buena parte de nuestra vida aprendemos a imaginarla en plural. Desde niñas, muchas crecimos escuchando que algún día encontraríamos a alguien con quien compartir nuestra vida y formar un hogar. Bajo esta premisa, poco a poco, el futuro comenzó a dibujarse desde un “nosotros”. Y quizá, sin darnos cuenta, pocas veces aprendimos a preguntarnos cómo sería imaginarlo desde un “yo”, desde un “yo misma”.
La socialización de género también va dejando en nosotras ciertas formas de estar en el mundo: hacer espacio para otras personas antes que para nosotras mismas. Aquí el mito del amor romántico refuerza estas ideas al presentarnos la entrega y las renuncias como parte natural de amar. Así, algunas veces, terminamos confundiendo el amor con la capacidad de adaptarnos y el compromiso con la obligación de permanecer.
¿Qué pasa cuando no hubo una razón suficientemente grave para irse y, aun así, descubrimos que ese proyecto de vida ya no es el nuestro? O quizá más difícil todavía: cuando nos damos cuenta de que aquella persona, a quien queremos, ya no cabe en la vida que empezamos a imaginar para nosotras. Culpa, por querer algo distinto, por preguntarnos qué queremos y quiénes somos fuera de ese “nosotros”. Como si reconocerlo fuera ingratitud.
También está el miedo a la soledad, que culturalmente asociamos con el abandono, la tristeza, el fracaso o la ausencia. Nos cuesta pensarla como un territorio que puede habitarse sin sentirnos incompletas. Entonces, quizá, no tememos estar solas: tememos la idea que han sembrado en nosotras de lo que significa estarlo.
Reconocer esto y tomar una decisión determinante nos lleva al duelo por un “nosotros”. No solo se pierde a una persona, se transforman rutinas, lugares, conversaciones, planes y una versión del futuro que habíamos imaginado en compañía, incluso si eso significaba aceptar cosas que no nos convencían del todo para sostener el proyecto de vida para el cual nos prepararon.
Después, comienza una tarea para la que pocas veces recibimos herramientas: aprender a habitar una vida que vuelve a ser propia. Volver a preguntarnos qué queremos y qué hacemos con aquello que alguna vez imaginamos en plural. Aprender, quizá por primera vez, a escuchar nuestros deseos sin sentir que tenemos que justificarlos y decidir desde un “yo” que ya no tiene que explicarse en función de un “nosotros”.
Tal vez la autonomía también consista en esto: comprender que no necesitamos una tragedia para elegirnos. A veces basta con reconocer que queremos otra vida. Una en la que podamos elegirnos sin culpa, habitar la soledad sin miedo y descubrir que ser una misma también puede ser un proyecto. No un proyecto en espera de alguien más, sino una vida que, por sí misma, también merece ser elegida.