NosotrAs: Las feministas que habitamos una ciudad pequeña

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Fuera de las grandes ciudades, el feminismo florece en lo cotidiano, en las complicidades que poco a poco abren caminos

9 abril 2026
NosotrAs: Las feministas que habitamos una ciudad pequeña

Hay ciudades donde decir “soy feminista” se pronuncia sin miedo. Se dice con naturalidad, en voz alta como quien nombra algo propio. Pero también existen los lugares pequeños, comunidades o poblados donde esa misma frase se queda atorada en la garganta o se debe decir con cautela.

No por falta de convicción, sino por las consecuencias.

Recuerdo que durante la mayor parte de mi adolescencia me cuestioné muchas situaciones y comentarios en mi entorno social, escolar y familiar relacionados con el machismo. Las pocas veces que dije en voz alta algo contrario a lo “correcto” o a lo socialmente aceptado, fui señalada y criticada.

Con el tiempo, aprendí a guardar silencio en ciertas situaciones, incluso cuando no estaba de acuerdo.

Me costó mucho decir en voz alta que me consideraba feminista. Aún recuerdo la primera vez que me lo preguntaron: respondí que sí con miedo, sin estar completamente segura de lo que implicaba decirlo.

Después de eso, comencé a educarme sobre lo que realmente significaba.

Ser feminista en una ciudad pequeña no es solo una postura ideológica, es una decisión que se tiene que medir. Aquí, todo se sabe. La gente no solo conoce tu nombre, también tu familia, tu vida, no hay anonimato, ya que TODO se recuerda.

Y en ese contexto, cuestionar lo establecido incomoda. El feminismo muchas veces no se percibe como una lucha por derechos, sino como rebeldía, exageración o una forma de “querer llamar la atención”. Se vuelve algo que divide, que genera incomodidad, que invita al juicio.

Entonces aparece el miedo.

A ser señalada.

A que te etiqueten.

A ser juzgada en voz alta.

A que eso tenga consecuencias reales: en el trabajo, en la familia, en las relaciones.

Porque en estos espacios, el costo social de alzar la voz puede ser más alto. No porque el feminismo lo sea, sino porque el entorno es más rígido, más conservador, más vigilante.

Aquí no siempre puedes cambiar de círculo. Muchas veces, es el único que hay. Y eso hace que cada palabra pese más, que cada postura se piense dos veces.

Y, aun así, el feminismo existe.

Existe en conversaciones en voz baja entre amigas.

En mensajes donde por fin se puede decir “esto no está bien”.

En pequeñas decisiones: poner límites, cuestionar comentarios, no quedarse callada, aunque sea solo una vez.

Existe en la incomodidad.

Porque ser feminista en una ciudad pequeña no siempre se ve en marchas o consignas públicas. A veces es resistencia silenciosa. Valentía discreta.

Es hablar, aunque tiemble la voz.

Y quizás ahí está su fuerza: sostener lo que crees incluso cuando el entorno no lo facilita. Porque el feminismo también es abrir espacios donde antes solo había silencio.

Aunque sea poco a poco.

Aunque sea en voz baja.

Aunque sea mucho o poco siempre hace la diferencia.

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Naneth Reyes Olarte
Licenciada en Derecho con experiencia en derecho familiar, civil y laboral. Ha orientado su formación con estudios en derechos humanos y perspectiva de género, con especial interés en las realidades que enfrentan las mujeres en contextos locales. Desde su experiencia busca ejercer el derecho de manera más justa, accesible y cercana, contribuyendo a visibilizar desigualdades y a general espacios más seguros para las mujeres.

Nosotras es un espacio de colaboración dentro de Vanguardia, para conocer opiniones de mujeres diversas, libres, furiosas, críticas, creativas e incontenibles. .

Históricamente, el “nosotros” dominó la opinión pública. El “nosotras” es un gesto de presencia política. No es solo identidad: es disputa por la voz. Cuando una mujer escribe “nosotras”, no pide permiso para representar; se asume como parte de una conversación colectiva.