NosotrAs: Las heridas que la Iglesia no siempre quiere mirar

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La violencia ejercida desde posiciones de autoridad deja heridas profundas cuando el miedo, la culpa y el silencio impiden reconocer el daño y recuperar la autonomía

NosotrAs: Las heridas que la Iglesia no siempre quiere mirar

Hay historias que no se cuentan porque todavía duelen. Hay mujeres que abandonaron sus sueños para seguir un llamado, que aprendieron a llamar familia a una comunidad y hogar a un convento. Pero ¿qué ocurre cuando ese lugar comienza a lastimarlas? ¿Cuando la obediencia se convierte en miedo, la prudencia en silencio y la humildad en anulación?

También hay mujeres que salen de la vida consagrada heridas y con una pregunta que las persigue: ¿qué hice mal para que Dios dejara de quererme? Quizá la primera verdad que necesitan escuchar es esta: Dios no dejó de quererlas.

Tenía catorce años cuando conocí a Dios y mi vida cambió. Hasta entonces soñaba con convertirme en cantante. Había participado en concursos, tomado clases de canto y grabado temas. Sin embargo, cuando sentí aquel llamado, no dudé. A los quince años, pese a la oposición familiar, ingresé a una congregación religiosa.

Llegué ilusionada, sin saber que rasgos de mi personalidad serían vistos como inmadurez. Renuncié a la música regional mexicana que me había acompañado desde niña y a otras partes de mi identidad. Aprendí que había emociones que debía controlar y preguntas que debía formular con cuidado.

Así puede instalarse el abuso de conciencia: cuando una figura de autoridad invade el espacio interior de otra persona, condiciona sus decisiones mediante el miedo espiritual o presenta sus interpretaciones como la voluntad indiscutible de Dios. La persona deja de preguntarse qué es justo y solo busca evitar una reprimenda.

Después de siete años, cuando comenzaba a descubrir irregularidades y me atrevía a compartir lo que consideraba incorrecto, me comunicaron que aquella no era mi vocación, que no era apta para permanecer y que tenía treinta minutos para abandonar el lugar que había llamado hogar.

Treinta minutos. ¿Cómo se guarda en una maleta la historia de siete años, las amistades, las oraciones y la certeza de haber encontrado una familia?

Me fui llorando, humillada y confundida. Incluso entonces interpreté lo sucedido como una prueba de humildad. Insistí en ser escuchada y finalmente pude regresar, con una condición: pasar por una experiencia en tierra de misión, aunque mi salud estaba deteriorada. Acepté porque creía que, si demostraba suficiente entrega, todo volvería a estar bien.

Fue un año de tratamientos médicos y soledad. Regresé, pero los conflictos continuaron. Mi vida espiritual comenzó a llenarse de obligaciones, agotamiento y culpa. Cuando expresaba mis dificultades, escuchaba hablar de falta de voluntad o pereza. Finalmente salí de la congregación. Tres meses después recibí el diagnóstico de una enfermedad crónica. Llegué a pensar que estaba siendo castigada por el cielo.

Con apoyo de mis tíos terminé una carrera universitaria y comencé a reconstruirme. Pero creía que, si regresaba, esta vez sería suficiente. Volví con mayor madurez y la ilusión de comenzar de nuevo.

Sin embargo, regresaron los malos tratos, las etiquetas y las experiencias que reconocí como abuso de conciencia. Intenté dialogar, pero sentía que las decisiones ya estaban tomadas. Escuché señalamientos sobre supuestos malos espíritus y comportamientos que no reconocía como propios. Lloré durante meses deseando dejar de ser yo misma para encajar.

Después de once años, la misma maleta que un día estuvo llena de sueños volvió a acompañarme. Esta vez llevaba inseguridad, ansiedad, culpa e incertidumbre. No salía únicamente de una congregación: salía de una manera de comprenderme a mí misma.

¿Quién acompaña a la mujer que sale de una congregación después de entregar tantos años de su vida? ¿Quién la ayuda a recuperar su autonomía, encontrar dónde vivir, retomar sus estudios o reconstruir su relación con Dios? Hay religiosas y formadoras que acompañan con verdadera entrega, pero el abuso de conciencia no debería ocultarse para proteger a una institución.

El silencio no repara. Una carta de salida no cierra once años de historia. Hacen falta escucha, orientación, atención psicológica cuando sea necesaria, respeto a la privacidad, reconocimiento del daño y mecanismos independientes para atender denuncias. La responsabilidad de una comunidad no debería terminar cuando una mujer deja de pertenecer a ella.

Hoy estoy sanando. Comienzo a comprender que Dios no necesita que me destruya para demostrarle mi amor. Puedo seguir amándolo sin negar lo que sucedió y exigir que quienes hablan en nombre de la fe respondan por sus actos. Para mí, resucitar significa recuperar mi voz, mi música y la confianza en mi propia conciencia.

Escribo por las mujeres que todavía creen que contar lo ocurrido equivale a traicionar su vocación. A las comunidades religiosas les digo: todavía pueden escuchar, investigar denuncias, reparar el daño y acompañar a quienes comienzan de nuevo. No basta con rezar por las vocaciones que llegan; hay que preguntarse qué sucede con las personas que se van.

A quienes se reconocen en estas palabras les digo: no son menos dignas porque su camino haya cambiado. Pedir ayuda no es traicionar a Dios. Reconstruirse no significa renunciar a todo lo que creyeron.

La cruz no tuvo la última palabra sobre Jesús. Y el dolor tampoco tiene por qué tener la última palabra sobre nosotras. Ninguna mujer debería perderse a sí misma para demostrar que ama a Dios. Porque seguir a Cristo nunca debería exigir que dejemos de ser personas para poder ser santas.

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Katia G. Luna
Me ha costado compartir mi historia, pero sé que es parte de una realidad de la que poco se habla. Hoy, Dios se ha encargado de mí. Soy licenciada en Desarrollo e Innovación Educativa por la Universidad La Salle y actualmente me desempeño como coordinadora académica.

Nosotras es un espacio de colaboración dentro de Vanguardia, para conocer opiniones de mujeres diversas, libres, furiosas, críticas, creativas e incontenibles. .

Históricamente, el “nosotros” dominó la opinión pública. El “nosotras” es un gesto de presencia política. No es solo identidad: es disputa por la voz. Cuando una mujer escribe “nosotras”, no pide permiso para representar; se asume como parte de una conversación colectiva.