NosotrAs: Las infancias también migran
La migración deja huellas emocionales en las infancias, que también necesitan ser acompañadas
Cuando se habla de migración, generalmente pensamos en personas adultas. Rara vez pensamos en niñas y niños como personas en movilidad.
Sin embargo, las infancias también migran. Lo hacen cuando dejan atrás su casa, su escuela, sus amistades y empacan para irse con sus padres. Incluso migran sin ellos. Migran cuando aprenden un idioma nuevo para entender lo que sus amistades dicen en la escuela o cuando tienen que explicar de dónde vienen. También migran cuando papá o mamá se tienen que ir, aunque ellas nunca hayan salido de su ciudad.
Migrar no siempre significa cruzar una frontera. A veces significa dejar atrás un lugar conocido, las amistades o una parte de la propia identidad. Migrar también puede implicar dejar de ser únicamente niñas y niños para convertirse demasiado pronto en adultos. Traducen documentos para sus padres, se hacen cargo de trámites, se mantienen hipervigilantes para proteger a los suyos o cargan preocupaciones que no les pertenecen. Las fronteras cambian, pero las infancias obligadas a crecer antes de tiempo existen en todos lados.
Y todo esto puede convertirse en trauma, directo o indirecto.
Desde hace casi cuatro años he tenido la fortuna de acompañar como terapeuta a familias latinas en Estados Unidos. Cada experiencia es distinta. Sin embargo, puedo darme cuenta de algo: los adultos se enfocan en resolver las situaciones del día a día. Es decir, se enfocan únicamente en sobrevivir y dejan las emociones para después. Pero ¿y las infancias? Ellas y ellos no ponen en pausa lo que sienten; simplemente siguen sintiéndolo.
Y es que esas emociones se expresan de una forma u otra. A veces se manifiestan como silencios después de la separación forzada de sus padres, dificultad para dormir al no adaptarse a su nueva escuela o llantos incontrolables por extrañar su lugar de origen. Algunas niñas se vuelven sorprendentemente independientes; otros niños parecen haber olvidado cómo jugar. No porque quieran, sino porque intentan adaptarse a cambios que todavía no saben cómo nombrar.
Por mucho tiempo se pensó que las niñas y los niños eran resilientes “por naturaleza”. “No se van a acordar” o “Pronto se les va a pasar”. Ahora se sabe que la resiliencia no aparece de repente. Se construye cuando hay una comunidad que escucha, acompaña y ofrece seguridad en medio de la incertidumbre.
La pregunta no es cómo evitar que las infancias enfrenten estos cambios, sino quiénes van a estar ahí para acompañarlas cuando los atraviesen.
Las infancias también migran. Cuando se les reduce a simples “acompañantes” en el proceso de migración de personas adultas, se niega su realidad. Escuchar y reconocer estas experiencias no cambia su pasado, pero transforma la manera en que pueden escribir su futuro.