NosotrAs: Las mujeres que la historia del arte borró
Tres artistas que desafiaron los límites de su época y reclamaron un lugar propio en la historia del arte
A principios del año pasado me interesé por el arte mexicano del siglo XX, y el muralismo se presentaba siempre con los mismos nombres: Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros, con Frida Kahlo como la única mujer que sobresalía. Pero el muralismo se ha contado en masculino y, entre más leía, más claro se volvía que las mujeres también estuvieron ahí, pintando a la par, solo que la historia decidió no dejarles lugar.
María Izquierdo fue de las primeras mujeres en exponer fuera de México, con exposiciones en Nueva York y París en los años cuarenta. Sus pinturas mezclaban lo popular con la fantasía: circos, altares y mujeres de mirada profunda. Aun así, su nombre quedó en la sombra. En 1945, cuando parecía que por fin tendría una gran exhibición en el Palacio de Bellas Artes, fue cancelada. El rumor apuntaba a Diego Rivera, con quien había tenido una relación tempestuosa, quien argumentaba que no tenía capacidad ni técnica para una obra mural. En respuesta, María Izquierdo denunció el sexismo institucional y pronunció su célebre frase: “Es delito ser mujer y tener talento”. Ese mural que nunca se concretó se volvió emblema de la marginación de las mujeres en el arte público.
Lola Cueto encontró en las manos un lenguaje propio. Además de pintar, fue pionera del arte textil en México, rescatando el tapiz y el bordado como formas artísticas legítimas, cuando lo que hacían las mujeres se despreciaba como “artes menores”. Fundó, junto a otros artistas, la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR). Su obra, dedicada y profundamente mexicana, fue durante décadas más conocida como manualidad que como arte, ya que lo que hacen las mujeres se llama artesanía; lo que hacen los hombres son obras maestras.
Leonora Carrington, nacida en Inglaterra y mexicana por elección, llegó a México huyendo de una Europa en guerra y encontró aquí su hogar. Sus obras surrealistas están pobladas de criaturas híbridas, caballos y mujeres transformándose. Desafió las convenciones de su época, pero durante años fue vista como la musa de Max Ernst y después como una figura excéntrica del círculo surrealista, más que como la artista monumental que era. Su ingenio fue reconocido tarde, cuando el mundo del arte ya le había negado durante décadas el lugar que merecía. Hoy sus obras cuelgan en grandes museos, pero ese reconocimiento no le fue regalado: fue peleado y, aun así, su nombre tardó en aparecer junto al de sus colegas hombres en los libros de historia.
Hablar de estas mujeres no es solo hacer justicia al pasado. Es preguntarse cuántas obras siguen ahí, en archivos sin abrir, colecciones sin exhibir, esperando que alguien las nombre. Porque la historia del arte no es un registro neutral de lo que se hizo: es una selección de lo que se decidió recordar, y esa decisión fue tomada por otros durante mucho tiempo. Quizás el mejor homenaje es dejar de preguntarnos por qué no conocemos a más mujeres artistas y empezar a preguntar: ¿a quién más han ocultado?