NosotrAs: Nombrar lo que me duele e incomoda
Cuidar la infancia también significa estar presentes, escuchar y acompañar con amor su manera de descubrir el mundo
Nosotras ¿comprendemos realmente, en el más profundo sentido de la naturaleza, el papel de la mujer en la vida?
Hay algo en la infancia que me recuerda aquello que tantas mujeres han dejado de mirar: que los niños poseen la alegría, la inocencia y la pureza de las aves y las flores.
Para un niño, un bicho, una roca o un cuento pueden contener secretos por descubrir. Los niños necesitan poco para maravillarse y ser felices: presencia, amor y una mirada interesada en su pensar y su sentir.
Quizá por eso, al convivir de cerca con la historia de tantos niños, aparecen preguntas que van más allá de la educación que una escuela ofrece.
¿Comprendemos realmente el papel de la mujer en la vida? Más allá de la maternidad, hablo del sentido de dar vida y de reconocer aquello que necesita ser amado, respetado y cuidado.
Como mujeres, la naturaleza nos dio el obsequio de gestar vida, pero este hecho biológico nos invita a conocernos, a escuchar nuestro cuerpo y nuestro corazón, a reconocer la sensibilidad y fuerza que poseemos y a asumir la responsabilidad que conlleva dar y cuidar la vida, pues somos sus custodias.
Un niño que elige a través de quién llegará al mundo llega lleno de posibilidades y necesita a una mujer que lo reciba sin apagar su espíritu, que construya una vida buena para él, que lo honre y mire con reverencia.
“Los niños han de tener mucha tolerancia con los adultos”: Antoine de Saint-Exupéry
La distracción de los adultos, con sus prioridades en desorden, vuelve invisibles a los niños. Son consentidos, pero abandonados: se les dan juguetes, se les inscribe en toda clase de cursos, pero se les niega la escucha y el tiempo.
Hoy día, los niños tienen jornadas “laborales” más amplias que los adultos. La infancia requiere vivir con lentitud, disfrutando cada instante, sintiendo cada paso, cada marometa que dan, permitiendo el sano y justo crecimiento.
Una infancia plena, construida en un contexto familiar armónico y saludable, brinda a los niños las herramientas para ese adulto en el que se convertirán.
Pero... ¿cómo aprendemos a ser esas custodias de la infancia? Además de nuestras prioridades en desorden, el exceso de confianza al pensar que todas las personas son buenas puede hacernos fallar en nuestra labor como madres y cuidadoras y provocar que salga lastimada esa vida que está bajo nuestra protección.
Entonces nacen nuevas preguntas y culpas: ¿Cómo reparar nuestro descuido? ¿Cómo abrazar a ese niño? ¿Cómo perdonarnos a nosotras mismas?
Aprender de lo vivido, por más que duela, es el camino que nos queda. Intentar sanar amándonos y dando amor.
Y tal vez... cuando comprendamos el papel de la mujer en la vida, nosotras, las mujeres, estaremos allí, atentas, presentes, amorosas y serenas, guiando la infancia de nuestros niños.
Aquel ser tan pequeño y frágil merece y necesita ser cuidado... y nosotras también.