NosotrAs: ¿Quién hace ese trabajo que nadie cuenta?
En el trabajo, no todas las tareas pesan igual; mientras unas permiten crecer y decidir, otras, realizadas principalmente por mujeres, son necesarias y permanecen invisibles
David Graeber cuestionó los llamados “trabajos de mierda”: ¿por qué generar empleos sin sentido? Pero, desde una mirada feminista, podemos hacer otra pregunta: ¿qué trabajos sí tienen sentido, son necesarios para que las organizaciones funcionen, pero permanecen invisibles?
Mis compañeras de trabajo me llevaron a otra pregunta: ¿qué sucede cuando, dentro de una organización, las mujeres realizan recurrentemente tareas necesarias para que todo funcione, pero que no necesariamente contribuyen a su crecimiento profesional?
En las empresas existen tareas como organizar actividades, tomar notas, preparar reuniones, elaborar reportes, ayudar a compañeros, capacitar, dar seguimiento y resolver pendientes.
Son necesarias, alguien tiene que hacerlas. El problema aparece cuando esas tareas se asignan recurrentemente a las mismas personas y su valor para la organización no se traduce en valor para la carrera de quien las realiza.
La investigación de Linda Babcock y sus colegas sobre las “non-promotable tasks” muestra que estas tareas de baja promocionalidad no se distribuyen equitativamente entre hombres y mujeres.
Y aquí se rompe el mito de la meritocracia: “si trabajas duro, vas a triunfar”. Trabajar mucho no garantiza crecer profesionalmente si no todo el trabajo abre las mismas oportunidades. Si ciertas tareas se asignan recurrentemente a las mujeres, no solamente distribuimos de manera desigual el tiempo, también distribuimos las oportunidades de construir una carrera.
Mientras unas personas acumulan experiencia administrando, coordinando, cuidando y dando seguimiento, otras acumulan experiencia decidiendo, negociando, asignando recursos y definiendo prioridades. Todas trabajan, pero no necesariamente acumulan el mismo capital profesional.
Por eso, quizá el techo de cristal no comienza en la oficina de dirección. Comienza mucho antes, en la distribución cotidiana de las tareas: ¿quién organiza la reunión y quién toma la decisión?, ¿quién prepara el reporte y quién lo presenta?, ¿quién da seguimiento al proyecto y quién decide el presupuesto?
Si queremos organizaciones más justas, necesitamos reconocer quién hace cada trabajo, cuánto tiempo consume y qué oportunidades deja de generar. Necesitamos distribuir las tareas invisibles y abrir el acceso a proyectos y decisiones que permitan crecer.
Por eso, dentro de las organizaciones, los hombres y las mujeres que logran llegar a posiciones de decisión tienen una gran responsabilidad: que el ascenso no se vea reflejado únicamente en un organigrama, sino en las oportunidades que se abren para quienes vienen detrás. Llegar a un lugar de poder puede ser una oportunidad para transformar la manera en que ese poder se ejerce.
Romper el techo de cristal puede ser un acto de resistencia. Abrir una puerta para que otras puedan pasar, un acto de transformación.