NosotrAs: RarAs
La neurodivergencia no se experimenta de forma aislada; comprende distintas combinaciones de la identidad como género, raza, clase social, orientación sexual o discapacidad
Desde niña supe que mi mundo tenía que ordenarse de cierta manera: controlado, perfecto y a mi forma. Siempre rechazando cualquier incomodidad, abrazando la soledad y evitando las interacciones sociales “forzadas”.
Mi intensidad no es una elección, es naturaleza. No encajar no te vuelve especial; te vuelve “rara”. Y eso pesa; no es bien visto. Nombrar es una forma de domesticar lo desconocido. Yo también busqué mi palabra: ¿gay?, ¿antisocial?, ¿justiciera?, ¿problemática?, ¿rara? Esa sí que me pertenece.
No encontrar tu reflejo en nadie es complejo. Es moverte en entornos que te exigen ser de una forma que no entiendes. Es sostener desafíos desmedidos que atraviesan el temperamento, las emociones, el cerebro, la economía y la familia (Black, 2025). Es esforzarte todo el tiempo.
La crisis de mis 40 me regaló, por fin, la respuesta que llevaba años buscando: soy neurodivergente. Un término que nombra a una diversidad de personas con condiciones del neurodesarrollo, como el autismo o el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) (Black, 2025).
A partir de ahí, la narrativa de mi vida se transformó. Entré en un bucle casi infinito de reordenar el pasado, el presente y el futuro (McAdams, 2001). Adopté una nueva tarea: entender la multiplicidad de identidades que coexisten en mí como mujer neurodivergente de diagnóstico tardío.
La neurodivergencia no se experimenta de forma aislada, comprende distintas combinaciones de la identidad como género, raza, clase social, orientación sexual o discapacidad. Estas se combinan para generar experiencias únicas de discriminación, privilegio y desventaja (Carbado et al., 2013, citado en Chellappa, 2026).
Y aunque los estudios muestran que muchas personas intentan ocultar o minimizar aquello que se aleja de la norma —lo que deriva en el enmascaramiento de sus identidades (Chellappa, 2026)— en mi caso ocurrió lo contrario.
Saberme mujer neurodivergente no solo explicó mi experiencia de vida; abrió la puerta a un mundo nuevo para comprenderme. Este reinicio de percepción me permitió quererme desde un sitio distinto: “por primera vez, no me sentí diferente en un mal sentido” (Meldrum et al., 2026). Me regaló la posibilidad de habitarme desde otro lugar.
Estoy convencida de que necesitamos rechazar el pensamiento basado en la enfermedad, que tan a menudo acosa las vidas de las personas diagnosticadas, y abrazar una visión más positiva de quiénes somos y quiénes podemos llegar a ser. (Armstrong, 2010)
No romantizo la neurodivergencia ni sus retos. Pero mi invitación es reconocer la diversidad en cada ser humano. A construir un tejido social menos arbitrario en el que cada talento pueda hallar su lugar apropiado (Armstrong, 2010).
Porque entenderte no es cambiar quien eres. Es, por fin, dejar de pelear contigo.