NosotrAs: ¿Recuerdas la primera vez que te acosaron en la calle?
El acoso callejero es una forma sistemática de violencia que restringe nuestra movilidad y nos recuerda que la ciudad aún no nos pertenece
En México, las mujeres, niñas y adolescentes hemos tenido que abrir paso en espacios que históricamente no fueron pensados para nosotras, pues desde el inicio de la historia se nos ha relegado principalmente al espacio privado, es decir, al hogar y las tareas de cuidado, mientras que los hombres han sido reconocidos como los legítimos ocupantes del espacio público.
Aunque hoy participamos activamente en la vida pública, ese avance no se traduce aún en condiciones de igualdad. Podemos caminar solas por la calle, pero enfrentamos acoso y violencia en los espacios públicos, recordándonos “que los espacios aún no nos pertenecen del todo”.
Una de las manifestaciones más cotidianas y, a la vez, más normalizadas de la violencia de género es la que ocurre en los espacios públicos, es decir, en las calles, aceras, transporte público o parques. Esta se presenta mediante actos que nos incomodan, agreden, excluyen o limitan nuestra libertad de movilidad, a través de insultos, tocamientos en contra de la voluntad de la víctima, acecho, acoso sexual, violación, violencia feminicida, trata y explotación sexual, así como comentarios alusivos a la sexualidad o el cuerpo de las mujeres.
Según la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (INEGI, 2021) el 46 % de las mujeres mexicanas han sido agredidas en el espacio público al menos una vez en su vida.
A pesar de que las mujeres representamos el 51.7 % de la población mexicana (INEGI, 2021), es decir, más de la mitad de la población, el espacio público sigue privilegiando a quienes históricamente han estado en una posición predominante: los hombres.
En consecuencia, las mujeres nos sentimos inseguras en estos entornos, lo que no solo afecta nuestra presencia en la vida pública, sino que también refuerza una división simbólica: los hombres dominan los espacios públicos, mientras que las mujeres se ven obligadas a desplazarse hacia los privados.
El acoso callejero es también una forma de acoso sexual; se ejerce, en su mayoría, desde el anonimato de los agresores y en lugares donde las víctimas se encuentran en una situación de vulnerabilidad, sin posibilidad de resguardarse o acceder a mecanismos de protección. Esto hace casi imposible denunciarlo, pues esta violencia esta tan normalizada por la sociedad y las autoridades que con frecuencia las víctimas suelen enfrentarse a preguntas que las responsabilizan: ¿Qué hora era? ¿Cómo ibas vestida? ¿Ibas sola? Reforzando la idea de que el cuerpo y la presencia de las mujeres en el espacio público están a disposición de los hombres.
Por ello, es urgente establecer sanciones efectivas contra los agresores, así como mejorar los mecanismos de prevención, atención y denuncia. Pero lo anterior no es suficiente si no se acompaña de una verdadera capacitación de las autoridades como primeros respondientes, asegurando que actúen conforme a protocolos de atención adecuados que protejan a las víctimas.
Porque movernos libres y sin miedo es un derecho y no un privilegio. Nuestros cuerpos no deben adaptarse a las calles; las calles deben adaptarse a nosotras.