NosotrAs: Recuperar el placer que nos negaron

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Después de que la ciencia ignorara el cuerpo femenino, hoy recuperar el conocimiento sobre el clítoris y el piso pélvico no solo es un avance médico, sino un acto de autonomía, placer y reconciliación con el cuerpo

1 abril 2026
NosotrAs: Recuperar el placer que nos negaron

Durante siglos, el cuerpo de la mujer fue estudiado desde el silencio, el prejuicio y la omisión. La anatomía femenina, su sexualidad y su salud íntima quedaron relegadas a un segundo plano, influenciadas por ideas culturales que consideraban al cuerpo femenino como una versión “incompleta” del masculino. No era prioridad. No era tema. No era conversación.

Un ejemplo claro es el clítoris.

En el siglo XVI, el anatomista Realdo Colombo lo describió como “la sede del placer femenino”. Poco después, Gabriele Falloppio también lo incluyó en sus estudios. Sin embargo, reconocer el placer femenino incomodaba a una sociedad atravesada por normas religiosas y morales restrictivas. El resultado: el conocimiento se silenció otra vez.

Durante los siglos XVIII y XIX, el clítoris prácticamente desapareció de la medicina. En su lugar, surgieron prácticas tan extremas como la clitoridectomía para tratar supuestas enfermedades como la “histeria”. Más que ciencia, era control sobre el cuerpo femenino.

No fue sino hasta 1998 cuando la uróloga australiana Helen O’Connell devolvió al clítoris su lugar en la anatomía. Demostró que no es un pequeño punto visible, sino un órgano complejo, en su mayoría interno, que puede medir entre 9 y 12 centímetros y posee más de 8,000 terminaciones nerviosas. Es, además, el único órgano cuya función principal es el placer.

Pero la historia no termina ahí.

Décadas antes, en la década de 1930, la fisioterapeuta Margaret Morris ya había observado algo revolucionario: muchos problemas en mujeres estaban relacionados con la postura, la respiración y la debilidad de músculos profundos, entre ellos el piso pélvico. Su trabajo sentó bases fundamentales mucho antes de que esta área fuera reconocida formalmente.

Hoy sabemos que el piso pélvico cumple funciones esenciales. Cuando pierde fuerza o coordinación pueden aparecer disfunciones como incontinencia, dolor pélvico, dificultad para evacuar o dolor en las relaciones sexuales. Y aun así, sigue siendo un tema poco hablado.

La salud pélvica acompaña a la mujer en todas sus etapas: en la adolescencia, en el embarazo, en el posparto, en la vida sexual y en la menopausia. No es un tema aislado, es parte de la vida.

Hablar de piso pélvico no es solo hablar de músculos. Es hablar de historia, de silencios y de cómo el cuerpo femenino ha sido ignorado incluso por la ciencia.

Desde la fisioterapia, hoy no solo tratamos disfunciones: acompañamos procesos. Abrimos conversaciones. Devolvemos información que debió estar siempre al alcance.

En mi experiencia como fisioterapeuta de piso pélvico, he visto cómo cambia la vida de las mujeres cuando comienzan a conocer su cuerpo. Cuando dejan de vivir desde la vergüenza o el desconocimiento y empiezan a habitarse con conciencia. Entienden que no solo importa estar bien, sino también sentir placer, seguridad y conexión con ellas mismas.

Porque el bienestar no debería estar separado del placer. Y mucho menos, del derecho de cada mujer a conocer y habitar su propio cuerpo.

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Adriana Gomar
Fisioterapeuta egresada de la Universidad del Valle de México, especializada en rehabilitación de piso pélvico y salud integral de la mujer. Cuenta con formación nacional e internacional, destacando su especialidad en fisioterapia pélvica, uroginecológica y sexualidad funcional en Brasil. Su práctica se enfoca en el acompañamiento de mujeres en distintas etapas de la vida, integrando ciencia, educación y sensibilidad para promover el bienestar, la prevención y la reconexión con su cuerpo.

Nosotras es un espacio de colaboración dentro de Vanguardia, para conocer opiniones de mujeres diversas, libres, furiosas, críticas, creativas e incontenibles. .

Históricamente, el “nosotros” dominó la opinión pública. El “nosotras” es un gesto de presencia política. No es solo identidad: es disputa por la voz. Cuando una mujer escribe “nosotras”, no pide permiso para representar; se asume como parte de una conversación colectiva.