NosotrAs: Reír hasta la revolución
Reír también es resistencia. Esta es la historia de cómo la payasería libera, rompe el miedo y devuelve a las mujeres el derecho a ser y jugar sin permiso
La risa en las mujeres ha ocupado un segundo y hasta tercer plano en una sociedad en donde tenemos que resolver, ser fuertes, ser resistentes, porque somos mamás, parejas, hijas, hermanas, cuidadoras, y nunca aparece la palabra humana, la que ríe, la que se equivoca, la que se resbala, la que no tiene por qué estar todo el tiempo maquillada, sin un granito, con el cabello impecable y lista para los demás.
Cuando era niña, podía pasar horas jugando, hablando sola, o eso era lo que se podría pensar, pero en realidad hablaba con ellos: los personajes de mis historias. No requería de barbies y muñecas, podía usar un labial, los perfumes o la escoba y el trapeado. Un día eran hermanas o alumnos de la escuelita, y ahí estaba yo, pasando mis tardes en el patio o la recámara.
La vida me da ese regalo: conocer el teatro. Y soy sincera, lo viví, pero había algo que no me dejaba ser. Aunque lo disfruté a mi manera, seguía sintiendo que algo me faltaba; sabía que quería expresar, hablar, contar historias, pero... ¿qué me faltaba?
Y años después, a mis 20, mi mamá (aprendimos juntas a romper paradigmas... gracias, mamá) me enseñó un anuncio del periódico: ¡Un taller de Clown! Leí lo que decía, de qué se trataba y claro que llamó mi atención. Pero lo que más me llamó fue cuando uno de nuestros maestros nos enseñó un video donde muchas narices rojas de diferentes países, sin importar el idioma, se comunicaban mediante la risa y el juego.
Soy payasa. Decirlo me costó algo de tiempo y años de transitar por el camino del humor, la risa y la comedía. Tuve grandes referentes en mis inicios, maestras que me enseñaron la belleza de la payasería, y lo que terminó por conquistarme fue cuando una de ellas dijo: “¡El ridículo no existe!” Ahí solté miedos, me liberé, por fin encontré mi lugar, mi barco en el que navegar.
La payasería me mostró este mundo donde el ridículo no existe, donde mi mayor vulnerabilidad es mi súper poder. Me enseñó a compartir mis tragedias y que enredarme más y más, y tontamente en el fracaso, está bien, es divertido e incluso liberador. Así nació LOLA, mi payasa.
Vivir sin miedo a equivocarme o intentarlo, porque sí, es todo un proceso de desaprendizaje, en un sistema que nos quiere ver siempre perfectas. Yo decido, soltar, vivir y reír a carcajadas, abrazando mi vulnerabilidad y compartirla con los demás, contando historias, siendo payasa.
Soy payasa y estoy muy orgullosa de serlo. Quiero seguir jugando, bailando, ver con el corazón, entregarme como humana y reír a carcajadas, dar volteretas en el piso y escuchar niñas del público acercarse a mí y decirme: “Cuando sea grande quiero ser payasa como tú”.
Y termino con esta frase que mi sobrina, de pequeña, compartió hace algunos años: “Riamos hasta la revolución”. Reír en estos tiempos es un acto rebelde y revolucionario, pero espero que se convierta en una actividad cotidiana, parte de nuestra vida, donde todas podamos ser libres y no tengamos que pedir permiso, ni callar nuestro corazón ardiente por ser.
Nos quiero libres y riendo.