NosotrAs: Sa, la niña que no fue
Durante años se llamó romance, pero era abuso
Las luces, cámaras y escenarios sustituyeron las aulas y el recreo para la infancia del espectáculo en los años ochenta; los juegos se convirtieron en ensayos, y éstos en jornadas alejados del hogar. Una de ellas, a quien llamaremos Sa, aunque su historia sea de dominio público, no solo cambió las aulas por micrófonos, sino que el reflector ocultó la oscuridad de una habitación, resguardada por un pacto no escrito donde su inocencia fue la mercancía más codiciada.
Su inocencia fue arrebatada por un hombre de casi 40 años. La asimetría de poder era tajante: la autoridad de la industria y el poder del productor frente a una niña de 14 años, quien debió ser protegida. En su lugar, la historia se convirtió en una escena de novela rosa, un romance precoz, cuando lo que en realidad existió fue un abuso nombrado hasta el 8 de marzo de 2022, Día Internacional de la Mujer, cuando Sa, ahora una mujer, logró poner nombre a lo que le había sucedido.
El trauma resurgió tras las declaraciones de su agresor: “fue un noviazgo consensuado”, dijo, amparado en décadas de un silencio que operó como consentimiento colectivo. Sin embargo, esta mujer, con más herramientas emocionales que aquella niña, decidió poner fin a la romantización de las portadas de revista.
Su voz gritó lo que todos sabían y quisieron ocultar: no fue un romance, fue un abuso. No fue consentido; él era una figura de autoridad que imponía su presencia frente a una menor de edad que le debía su carrera.
Sa logró con su testimonio, su lucha y su imagen pública, nombrar la violencia. La interrogante ineludible es ahora: ¿qué pasa con las niñas, adolescentes y mujeres que no cuentan con estos recursos?, otras voces siguen sin ser escuchadas y escucharlas no es negociable, es imperativo. Proteger a las infancias es urgente; proteger a las mujeres también lo es. El caso de Sa no es excepcional: es apenas el más visible.
Esta mujer no deja su lucha. Su agresor evadió durante años sus obligaciones judiciales: el pago de una indemnización, una disculpa pública y la publicación del extracto de la sentencia dictada en su contra. Su indolencia prolongó el dolor en su víctima y, recientemente, fue detenido por su renuencia a acatar la sentencia judicial.
Sí, Sa alcanzó una victoria simbólica, jurídica y mediática, respaldada por una sentencia que le dio la razón, pero su perpetrador insiste en eludir su responsabilidad, frente a ella y frente a la sociedad. Es ahí donde radica la urgencia de este análisis. La otra indolencia, la de la autoridad para con las mujeres sin reflectores, nos debe doler a todos. No se trata solo de un pago pendiente o de una disculpa que no llega: se trata de un patrón que, en la sombra, sigue arrebatando a las mujeres su derecho a la justicia y la dignidad.