NosotrAs: Ser sáfica en una sociedad heteronormada
Entre roles impuestos, prejuicios y desvalorización, las mujeres que aman a otras mujeres enfrentan barreras que van más allá de lo íntimo: son sociales, culturales y estructurales.
Sinceramente, estoy cansada del “qué dirán”, de tenerme que ocultar para evitar ser juzgada, de evitar espacios para cuidar mi integridad de posibles agresiones homofóbicas y de buscar la forma de “verme lo suficientemente sáfica”.
Cuando salí del clóset con Nidia, mi mejor amiga, entendí que, como mujer, el sistema patriarcal heteronormado no solo me oprime, también dictamina cómo debo llevar mi vida; pero siendo sáfica, mi mera existencia desafía ese mandato.
La palabra “sáfica” proviene de la poeta griega Safo de Lesbos, quien escribía sobre el amor entre mujeres. Hoy se usa como un término que engloba a mujeres a quienes les gustan otras mujeres (lesbianas, bisexuales, pansexuales).
Si bien el amor romántico entre mujeres ha existido siempre, no ha sido socialmente aceptado. Se espera que una mujer se case con un hombre, forme una familia y cuide de ello, pero ¿qué pasa cuando nuestra existencia va en contra de lo que se espera de nosotras? Así, la vida se vuelve más compleja: es imposible cumplir con las expectativas existentes para una mujer heterosexual siendo sáfica.
A pesar del esfuerzo para que el amor entre personas del mismo género sea aceptado, la sociedad insiste en imponer roles heteronormados en relaciones entre mujeres. Se espera que una sea “el hombre”, repitiendo patrones para que el vínculo sea aceptado. Por eso, una relación entre una mujer más masculina y otra más femenina resulta más “aceptable”. Sin embargo, en las relaciones sáficas no hay hombres: hay mujeres que se aman.
Partiendo de esto, podríamos decir que Judith Butler tenía razón al señalar que los roles masculinos y femeninos no están fijados biológicamente, sino que son construcciones sociales. A esto se suma la “heterosexualidad obligatoria”, término acuñado por Adrienne Rich. En su obra, explica que para el sistema patriarcal, la única orientación sexual “normal” o “válida” es la heterosexual. En consecuencia, se asume que todas las personas se sienten atraídas por el sexo opuesto y quienes se salen de esta norma “están equivocados”.
Me cuestiono si la sociedad saltillense será lo suficientemente abierta para aceptar a quienes no encajamos en la heteronorma. El hartazgo no solo viene de cómo la sociedad nos ha invisibilizado, también es porque las mujeres sáficas somos, en mayor medida, desvalorizadas y cosificadas, reduciendo a veces nuestra existencia a un objeto para satisfacer fantasías sexuales.
A pesar de la violencia y los prejuicios, las mujeres sáficas existimos porque resistimos. No hay nada de malo en amar a otra mujer. Está en nosotras identificar y nombrar las violencias que vivimos día con día para que sean sancionadas y, eventualmente, erradicadas. También implica dejar de replicar roles de género en nuestras relaciones. Como sociedad, nos corresponde dejar de asumir que todas las personas son heterosexuales y aceptar la diversidad, pues nunca sabemos a quién de nuestros allegados dañamos con la homofobia externalizada o internalizada.