NosotrAs: Sobrevivir en territorio de violencia

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En territorio mexiquense, las violencias limitan la autonomía, el tiempo y el derecho de las mujeres a habitarlo

NosotrAs: Sobrevivir en territorio de violencia

Hay lugares donde las mujeres aprendemos a medir la vida en función del miedo. No porque hayamos elegido hacerlo, sino porque crecer, trabajar, estudiar, maternar o simplemente regresar a casa implica desarrollar estrategias para evitar que algo nos suceda. En algunos municipios de la periferia mexiquense, donde existe una doble Alerta de Violencia de Género, esta realidad forma parte de la cotidianidad de miles de mujeres.

La violencia no siempre aparece como un acontecimiento extraordinario. A veces se instala silenciosamente en nuestras decisiones más simples: avisar que llegamos, compartir nuestra ubicación, evitar determinadas calles, calcular cuánto dinero necesitamos para transportarnos por una ruta más segura o dejar de asistir a algún lugar porque regresar de noche representa un riesgo. Otras veces está dentro de casa, en las relaciones familiares, en la dependencia económica, en la violencia sexual o en las relaciones afectivas donde el control se disfraza de cuidado.

Así aprendemos a vivir.

Desde los feminismos comunitarios y la reflexión sobre cuerpo-territorio podemos comprender que nuestros cuerpos no son espacios aislados de las condiciones sociales, políticas y económicas que habitamos. El territorio también se inscribe en nuestra corporalidad: en el cansancio, en las heridas, en las restricciones, en las ausencias y en las decisiones que tomamos para protegernos. El cuerpo de una mujer que habita una periferia no solamente transita por calles con determinadas condiciones de infraestructura; también carga con las desigualdades, las violencias y las omisiones que atraviesan su comunidad.

Cuando hablamos de doble Alerta de Violencia de Género, solemos pensar en mecanismos institucionales, protocolos, acciones de prevención y obligaciones gubernamentales. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a preguntar cómo se transforma la vida cotidiana de las mujeres que viven en esos territorios. ¿Qué significa habitar un municipio donde la posibilidad de desaparecer o ser asesinada forma parte de las preocupaciones con las que se sale de casa? ¿Cuántas decisiones personales se toman desde el temor y no desde la libertad?

La violencia económica también territorializa nuestros cuerpos. Una mujer que no cuenta con ingresos propios puede permanecer en una relación violenta porque no tiene cómo pagar una renta, trasladarse a otro lugar, alimentar a sus hijas e hijos o sostener un proceso jurídico. La autonomía no se decreta: necesita condiciones materiales para existir.

También existe una violencia que pocas veces reconocemos con suficiente profundidad: la violencia del tiempo. Las mujeres de las periferias invertimos horas en desplazamientos, cuidados, trabajo doméstico, empleos precarios y gestiones institucionales. A ese tiempo se suma el que necesitamos para procurar nuestra seguridad. Esperar a que alguien nos acompañe, tomar una ruta más larga, llegar antes de que oscurezca o avisar constantemente dónde estamos. Nuestra libertad también se consume en esas horas que no aparecen en las estadísticas económicas ni en los diagnósticos de violencia.

Y mientras tanto, la vida continúa. Hay que preparar alimentos, llevar a las infancias a la escuela, cumplir jornadas laborales, cuidar a personas enfermas, resolver conflictos familiares y encontrar espacios para descansar. Las mujeres seguimos construyendo proyectos, sosteniendo hogares y participando en nuestras comunidades, incluso cuando el entorno nos recuerda constantemente nuestra vulnerabilidad.

Pero no debemos romantizar esa capacidad de resistir. Que las mujeres hayamos aprendido a sobrevivir no significa que las condiciones sean aceptables. La resiliencia no puede convertirse en una obligación social ni en una justificación para que las instituciones deleguen en nosotras la responsabilidad de protegernos.

Desde el trabajo social y el acompañamiento a mujeres que viven distintas expresiones de violencia, he comprendido que detrás de cada historia existen condiciones estructurales que no pueden resolverse únicamente con una denuncia, una capacitación o una campaña de sensibilización. Necesitamos intervenciones integrales que reconozcan las condiciones económicas, familiares, comunitarias y territoriales que dificultan que una mujer pueda salir de una situación de violencia.

Una doble Alerta de Género tendría que obligarnos a mirar más allá de los indicadores de incidencia delictiva. Tendría que llevarnos a observar cómo viven las mujeres, cuánto tiempo destinan a cuidarse de la violencia, qué posibilidades reales tienen de acceder a la justicia, qué tan seguras son sus rutas de traslado y qué sucede con quienes no pueden abandonar sus hogares porque dependen económicamente de sus agresores.

También necesitamos escuchar a las mujeres que no siempre llegan a las instituciones, a quienes han normalizado el miedo, a quienes no denuncian porque saben que después tendrán que regresar a la misma casa, recorrer las mismas calles y encontrarse con las mismas personas. Sus experiencias también producen conocimiento y deben formar parte del diseño de las políticas públicas.

No quiero que las periferias sean recordadas únicamente por sus cifras de feminicidio, desaparición o violencia. En ellas también existen mujeres que organizan redes de apoyo, que acompañan a otras, que recuperan espacios públicos, que buscan justicia y que construyen comunidad. Mujeres que se niegan a aceptar que el miedo sea la condición natural de habitar su territorio.

Quizá una de las preguntas más incómodas que debemos hacernos es cuánto de nuestra vida hemos tenido que entregar para mantenernos vivas. Cuántas oportunidades hemos pospuesto, cuántos espacios hemos dejado de ocupar y cuántas libertades hemos negociado porque aprendimos que ser mujer también implica desarrollar estrategias permanentes de supervivencia.

No queremos seguir aprendiendo a sobrevivir a nuestros municipios. Queremos tener derecho a habitarlos. Queremos caminar sin calcular el riesgo de cada trayecto, disponer de nuestro tiempo, construir autonomía económica, vivir nuestra sexualidad sin violencia y regresar a casa sin que la posibilidad de desaparecer o no volver sea una preocupación cotidiana.

Porque nuestros cuerpos no deberían ser el primer territorio que las mujeres aprendamos a defender. Deberían ser el primer territorio donde podamos experimentar la libertad.

@arely_h_maqueda

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Arely Huerta Maqueda
Trabajadora social, defensora de los derechos humanos y especialista en perspectiva de género y atención de las violencias contra las mujeres. Es fundadora y presidenta de Flores de Acero A.C., desde donde acompaña a mujeres en contextos de violencia, particularmente en las periferias del Estado de México. Su trabajo articula la intervención social, el pensamiento feminista y la defensa de los derechos de las mujeres, con especial atención a quienes enfrentan múltiples condiciones de desigualdad. Escribe desde la experiencia territorial y el compromiso con la transformación social.

Nosotras es un espacio de colaboración dentro de Vanguardia, para conocer opiniones de mujeres diversas, libres, furiosas, críticas, creativas e incontenibles. .

Históricamente, el “nosotros” dominó la opinión pública. El “nosotras” es un gesto de presencia política. No es solo identidad: es disputa por la voz. Cuando una mujer escribe “nosotras”, no pide permiso para representar; se asume como parte de una conversación colectiva.